SACERDOTE CATÓLICO
Muchos pueden preguntarse: ¿Cuál es la enfermedad más dañina en nuestro mundo actual? Y podemos encontrar varias respuestas. Pero la dolencia, que puede destruir la capacidad, tanto física como emocional del hombre moderno se llama tristeza.
Es lo mismo que desaliento o sus sinónimos, según el ambiente donde nos encontremos. Varias personas que me encuentro han dicho: “Estoy achicopalado, estoy triste, estoy con depresión, estoy depre”. Incluso escuché decir: “Padre Eslaquit, ore por mí, que estoy daun”. Después supe lo que significaba esa palabra (down en inglés, significa abajo).
Es la tristeza o como le llame usted, la mayor arma que tiene el enemigo para aniquilarnos. Leí, hace poco, algo muy curioso: que se encontró el demonio con Jesús, y el diablo le dijo: “quítame todas las armas que tengo, solamente déjame una, la tristeza, que con ella, yo puedo hacer todo lo que quiera, pues pulverizo las ganas de vivir”.
Por eso, recuerda las frases del apóstol San Pablo: “Estén siempre alegres en el Señor, se lo repito, estén alegres y tengan buen trato con todos. El Señor está cerca. No se inquieten por nada; antes bien, en toda ocasión presenten sus peticiones a Dios y junten la acción de gracias a la súplica. Y la paz de Dios, que es mayor de lo que se puede imaginar, le guardará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4,4-7).
La alegría es uno de los frutos del Espíritu Santo (Gálatas 5, 22). Y los frutos del Espíritu Santo, son los mismos sentimientos de Cristo. Alegría es el gozo del alma. Por eso entonamos con júbilo: “Yo tengo gozo en mi alma y en mi ser, aleluya, Gloria a Dios”.
La alegría en el espíritu, no es lo mismo que la alegría humana. Existen personas que manifiestan estar alegres, porque están eufóricos, pero es algo superficial. El apóstol, insiste: “…es en todo momento que no debemos angustiarnos por nada, aún cuando venga el fracaso, las dificultades, la muerte de seres queridos, el desempleo, el sentirse traicionado, vivir la soledad. Es cuando debemos entonar himnos de acción de gracias y de alabanza que nos proporcionará la paz de Cristo”.
No es la paz del mundo. No es el quedar callados, ni tampoco el silencio, porque internamente hay tormentas y ansiedad; sino la verdadera paz, que es la tranquilidad del alma, producto de tener a Dios como lo primero en nuestra vida, que llega a nuestro corazón, sobrepasando todo conocimiento.
Cuidemos nuestros pensamientos, porque de la mente brota lo que llega al corazón, y del corazón pasa a la boca y de los labios a la acción, “reducimos a cautiverio todo pensamiento para obediencia de Cristo: (2 Corintios 10-5)”.
En esta etapa de nuestra historia, más que nunca, estamos llamados a ser testigos fieles de la Palabra de Dios. Anunciarla sin distorsiones, luchar por vivirla, aunque nos cueste, nos incomode, y provoque malestar y eso traiga problemas.
Mantenerse firmes en Jesús, antes que congraciarse y hacerse cautivo del mal, es el desafío. Jesús nos conforta: “Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando por causa mía, los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo” (Mateo 5, 10-12).