Escena de la ópera Don Giovanni. (LA PRENSA/B.Picado)

La noche bufa de Don Giovanni

La delicia nocturna de la música de Amadeus Mozart es inseparable del dramma giocoso de la ópera Don Giovanni. La maravillosa señal está dada desde que el director musical Juan Manuel Arana asoma la cabeza para indicarnos que con su leve meneo, con su asentimiento, queda inaugurada la grandiosa noche en la cual se puso […]

La delicia nocturna de la música de Amadeus Mozart es inseparable del dramma giocoso de la ópera Don Giovanni. La maravillosa señal está dada desde que el director musical Juan Manuel Arana asoma la cabeza para indicarnos que con su leve meneo, con su asentimiento, queda inaugurada la grandiosa noche en la cual se puso la ópera bufa en dos actos con libreto de Ponce, el poeta amigo del creador de su música. Es que el batutista oculto en la fosa es el estratega de todo ese derroche de motivaciones cuando sube y baja el tono, cuando se interpone para darle sentido al acto de las transiciones o ser el símbolo sonoro de las pausas en el escenario.

Quizá por su temperamento festivo e informal poco apto para honrar las severidades del drama en lo que Gluck fue tan categórico y reverente —no puede prescindirse de sus reformas— maestro de la tragedia lírica, Mozart no fue tan afortunado cuando quiso su ingreso a la tragedia cantada y ello quedó demostrado con la pesadumbre que le produjo el escaso acierto de su Clemenza Di Tito con la cual soñó ponerse, en lo musical dialogado, la corona de Leopoldo Segundo. 1787 fue el correspondiente al estreno de Don Giovanni en Praga pero entre ese año y 1791 —premiere de Clemenza— anduvo siempre latente la amalgama del rubor, del estupor, de las frases cáusticas de sectores de la monarquía. Eran los últimos años de su vida, pero si algo puso salero y gloria en la misma recta final llena de sinsabores, fue precisamente este Don Giovanni considerada por muchos como la más genial de las óperas en el género, puesta por los más acuciosos y entendidos encima de Elixir de Amor, de Gaetano Donizetti, también flor ejemplar del deleite bufo que ya quisiéramos ver en el Teatro Nacional Rubén Darío para llenarnos de su ocurrente frontispicio

Siendo de noche con el testimonio de una luz en mengua, acomodada para ser su lumbre la auspiciante de las malicias, el personaje más llamativo en el comienzo es Leporello (cuántos títeres, serviles como él, transcurren en los ambientes de la vida real). Llamativo por los desbordes de su risible y en el fondo desastrosa incondicionalidad. Expone su actuación el porte crítico de la actuación, valiéndose de la recurrencia jocosa que nunca tuvo ni la más aparente formulación dramática. Quién eso idealizó destacándose sobre el propio protagonista fue Fulvio Villalobos, un bajo barítono que mantuvo estable la atención y curiosidad de la concurrencia por ser con su gestualidad y el timbre apropiado de su voz, el unificador de los exigentes requisitos de ser —a la vez— cantor y actor. El vocalista luciendo las galas de su tesitura y las habilidades paralelas del movimiento corporal. De poco o nada sirve en la ópera ser tan bueno cantando y ser tan malo actuando. Su “guardia” en la casa del Comendador, posteriormente revivido por la forma pétrea y desquiciante de una estatua, ofrece una de las mejores escenas en el trayecto de las bien calculadas tres horas, veloces y nunca reveladoras de ningún hastío por cuanto las tantas argucias van poniendo dibujos de variados colores anímicos en el paisaje en el cual el visto más a menudo es el protagonista, el infame conquistador de almas fuertes y débiles, indómito desde la cúpula del Don Juan que para eso lo hizo el poeta. Según confesión propia, José Antonio Chacón ha interpretado 26 veces ese papel, evidentemente difícil de realizar. El infame por quién pregunta la “rellenita” “prima Donna”, Doña Elvira en el aria más tierna y piadosa de la obra. El aria “Bella Donna”, tantas veces oída en las versiones dispersas, separadas de la conjunción operática. En la obra, inspirada en el Convidado de Piedra, de Tirso de Molina, Donna Elvira es la noble dama de Burgos pero en el momento de ser seguida a través de tantas preciosas arias era Raquel Ramírez. Hay en esa “Bella Donna” un pequeño pero denunciador archivo de las proezas del protagonista. En las bodas de los aldeanos, sorprenden, conmueven las posiciones ultrajadas del rudo Masetto y de la ingenua Zerlina. El dúo en el cual esta coquetea con Don Giovanni cuando de su voz sale resonando por todo el teatro, fortalecida por su excelente acústica la frase “dame la mano vida mía”, en la cual fácilmente se produjo la transferencia de un frágil corazón. Otra aria Conoces al traidor mantiene el clima esa vez cargado de tensión, una vivencia anímica poco frecuente en Don Giovanni que permite comprobar los saltos, los traslados, los brincos, los contrastes sicológicos, las injurias, las maldiciones. Presentíase a la Camerata Bach y a los músicos invitados dentro del propio escenario amenizando los bailes súbitos por ser los compases tan festivos que nunca desabrigaron la sensación de estar en una fiesta donde el vestuario, las capas, los sombreros, las máscaras hicieron volver a la época, sentirse en ella, imaginar cómo fue, quedando para el final una drástica deducción moral: “Así muere quién tanto daño ha hecho”.

La Prensa Literaria

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