La historia latinoamericana está llena de caudillos y dictadores. En México, Porfirio Díaz; en Nicaragua, Anastasio Somoza (padre e hijo); en Chile, Augusto Pinochet; en Argentina, Juan Manuel Rosas y Juan Domingo Perón; en Cuba, Fidel Castro; sólo para mencionar a algunos. Junto a estas figuras decididamente fuertes y avasalladoras han existido otras —más débiles y menos impresionantes— que, si bien con una clara vocación dictatorial, no han querido definirse abiertamente como tales por miedo a la reacción internacional, pero ejercen un tipo de caudillismo populista mal disfrazado de democracia. Entre éstos se puede ubicar a Daniel Ortega y al actual presidente de Venezuela, Hugo Chávez.
El dictador encarna en su propia persona todo el poder del Estado. Es alguien que como decía Luis XIV, se ve a sí mismo como el Estado (Lé Etat c´est moi). El origen de la dictadura se remonta a la época de la República romana cuando los cónsules designaban dictadores con poderes absolutos para resolver situaciones de extrema dificultad que demandaban un inmediato restablecimiento del orden. Pero éstos eran dictadores temporales. En Latinoamérica los dictadores son caudillos que arrebatan el poder y luego reorganizan el aparato estatal con sus allegados —que son en realidad los que hacen posible su permanencia en el poder— para garantizarse su perpetuidad. Los dictadores no renuncian. Sólo se van cuando son derrocados, asesinados o mueren de muerte natural. Hay dictaduras de derecha —como la de Augusto Pinochet— y de izquierda, como la de Fidel Castro. Pero ambas se caracterizan por el autoritarismo y el atropello a la libertad.
Los dictadores son caudillos que propician un permanente culto a su personalidad por medio de intensas campañas políticas que los presentan como indispensables salvadores de la humanidad. En su origen, el caudillismo y la dictadura en Latinoamérica resultaron del vacío de poder que dejó la independencia de España y la falta de una clase política local suficientemente fuerte, independiente, capaz de asumir con beligerancia y responsabilidad el destino de nuestros países. Esta situación dejó el camino libre a líderes militares que aprovechándose de la fragilidad e inestabilidad de los gobiernos, asaltaron el poder y se proclamaron salvadores de la patria.
A causa de ciertas circunstancias históricas concretas, no todo caudillo se convierte en un dictador. En el caso de Daniel Ortega, la presión política y económica que ejerció la comunidad internacional con Estados Unidos a la cabeza, la contrarrevolución y la situación geopolítica de Nicaragua, le impidieron la creación de una dictadura de izquierda que en lenguaje marxista se llama Dictadura del Proletariado. La única alternativa que tenía Daniel Ortega para conservar su liderazgo político así como los beneficios económicos resultantes de su paso por el poder era ofrecer elecciones libres.
Este caudillo fue prácticamente obligado a dimitir de sus aspiraciones dictatoriales. Sin embargo, su vocación no cambió. Desde la oposición ha sabido aprovechar cada una de las oportunidades que se le han presentado —incluyendo la comisión de delitos de sus adversarios— para llegar a controlar tres de los cuatro poderes del Estado y crear condiciones que le permitan recuperar el Poder Ejecutivo sin lo cual no puede sentirse realizado. Las circunstancias son ideales. El pacto con Arnoldo Alemán le ha facilitado las cosas. El Consejo Supremo Electoral y la Corte Suprema de Justicia están bajo su total control. Es ahora o nunca. Hasta la muerte de su principal opositor, Herty Lewites, le es favorable. Coincidencias de la vida. También poco antes del triunfo de 1979, el asesinato del líder democrático de mayor arrastre, el doctor Pedro Joaquín Chamorro, resultó cómodamente ideal para Ortega. Y en esta posición claramente ventajosa, el caudillo sandinista espera las elecciones presidenciales en noviembre.
El caudillismo es una forma populista e irrealista de plantear soluciones a las necesidades sociales de los pueblos. El ofrecimiento de subsidios y de condonaciones de deudas hecho por Daniel Ortega el 19 de julio; el culto a su personalidad reflejado en su histriónica llegada a la plaza de La Fe montado sobre un caballo blanco y con la Bandera Nacional de Nicaragua como capa; el facilismo irresponsable con que presenta soluciones a situaciones complejas, son señales inequívocas no sólo de alteraciones emocionales sino también de que el caudillismo sigue siendo su estilo ideal de política y de gobierno.