Desde hace ocho años, con el triunfo de Hugo Chávez en Venezuela, y luego con la elección de varios gobiernos de izquierda, se habla de un nuevo auge de esa corriente política latinoamericana. En Washington y otros círculos internacionales se empezó a discutir qué consecuencias traería esto a un continente donde los mecanismos democráticos y la ortodoxia macroeconómica de libre mercado se habían convertido en la norma.
Organismos como la Cepal y numerosos estudios del BID, el BM y otros, muestran que las desigualdades sociales, los altos índices de pobreza, la mala distribución del ingreso persisten a pesar de dos décadas de reformas económicas y el crecimiento se mantuvo modesto en comparación con el de Asia. Esas razones están entre las causas objetivas del repunte de la izquierda, según aceptan hoy numerosos analistas.
Sin embargo, los acontecimientos de los últimos meses refuerzan la noción de que eso que se llama la izquierda latinoamericana es un fenómeno heterogéneo; más bien debe hablarse de las izquierdas latinoamericanas. Además, es evidente que la ideología no es un elemento de cohesión más fuerte que los intereses nacionales o que la razón de Estado. Históricamente, eso ya lo probó la enemistad de los dos gigantes comunistas, la Unión Soviética y la República Popular China, surgida en los años sesenta del siglo XX.
La nacionalización de los hidrocarburos por el gobierno de Evo Morales ha propinado un golpe muy duro a varios países, pero sobre todo a Brasil, que hoy es dependiente del gas boliviano. El Estado brasileño, a través de la transnacional Petrobras, es el principal inversionista en el sector energético boliviano. La supuesta afinidad ideológica de Morales y su colega Luiz Inácio Lula da Silva habría sugerido una cooperación más estrecha, pero Morales ha preferido ceder a presiones políticas y sociales internas de cara a las elecciones para la Constituyente de julio que tener en cuenta la posición de su “compañero” brasileño.
Ablandado por las advertencias numerosas que recibió de países europeos, de la Unión Europea y de las amenazas de Brasil, de no permitir la construcción del megaproyecto multinacional del Gasoducto del Sur la semana pasada, Morales hizo las paces con Lula tras calificar de “contrabandistas” a Petrobras. Supuestamente y por ahora.
Otro buen ejemplo de que aquel dicho de “jugá con el santo, menos con la limosna” es muy sabio, es el conflicto entre Uruguay y Argentina por la construcción de dos plantas de celulosa a orillas de un río fronterizo. Se supone que el mandatario argentino Néstor Kirchner y su colega Tabaré Vásquez, ambos de izquierda, se llevarían mejor que en los tiempos de la pifias de Jorge Batlle, que le obligaron en más de una ocasión a pedir disculpas a los argentinos.
Algunos analistas señalan que la decisión del consorcio privado de construir del lado uruguayo es el verdadero motivo de la discordia, no las preocupaciones por el medio ambiente, tan graciosamente representadas por la curvilínea y exuberante reina del carnaval de Gualeguaychú que deleitó a los líderes —masculinos— europeos y latinoamericanos en Viena. Buenos Aires ha introducido una demanda contra Uruguay en la Corte Internacional de Justicia.
En un largo artículo en el número de mayo/junio 2006 del prestigioso jornal de asuntos internacionales, Foreign Affairs (http://www.foreignaffairs.org), el ex canciller mexicano y politólogo, Jorge Castañeda, divide a la izquierda latinoamericana en dos tipos. Uno es de una izquierda “moderna, reformista, de mentalidad abierta, internacionalista”, dice Castañeda, y “que ha aprendido de los errores del pasado”. Paradójicamente, procede de la izquierda radical marxista del siglo XX.
El otro es la izquierda nacida “de la gran tradición del populismo latinoamericano”, “nacionalista, estridente y de mentalidad estrecha” y desafortunadamente, apunta Castañeda, “no ha prendido de los errores” de antaño. Desde luego, es manifiestamente antiestadounidense.
En el primer tipo incluye a Michelle Bachelet en Chile y al uruguayo Tabaré Vázquez, y en menor medida, a Lula. Los representantes del segundo serían Hugo Chávez, Evo Morales y el peronista Kirchner.
Interesante es la reflexión sobre las causas de la persistencia de izquierdismo de vieja data. Arguye Castañeda que él y otros se equivocaron al creer “ingenuamente” que tras la desaparición de la URSS y del bloque comunista, habría una evolución hacia la socialdemocracia de estilo europeo.
Sin embargo, si bien el referente soviético se perdió, no desapareció el referente latinoamericano: Cuba. “Los lazos cercanos y la dependencia emocional de Fidel Castro se convirtieron en un obstáculo casi insuperable para reconstruir muchos temas”, afirma el mexicano. Pero una explicación más sólida se halla al estudiar los orígenes de los respectivos movimientos, añade.
¿Dónde ubicar a Daniel Ortega? Evidentemente en la corriente populista. Pero sería bueno que observe cómo en Sudamérica sus colegas velan más por los intereses nacionales que por la solidaridad. Nicaragua, un país dependiente de la ayuda externa y sin petróleo u otros recursos estratégicos de esa índole, tiene muy escasas opciones y una de ellas es una buena relación con Estados Unidos. Es nuestro principal mercado y socio. No nos engañemos, no es una relación de iguales. ¿Pero es que China, Rusia, Japón, Alemania o alguna otra nación la tiene?