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Convertirse en madre en Estados Unidos es un poco como inscribirse en un curso intensivo de medicina prenatal y transformarse a la vez en rata de laboratorio para los profesionales en la materia. En sólo nueve meses, la futura madre es sometida a todo un nuevo léxico, al igual que a todos los pinchazos y análisis imaginables, todos obviamente bien intencionados.
Pero como se nos recuerda de vez en cuando, las madres en este país son la minoría en cuanto al acceso de la mujer a ese tipo de cuidados sofisticados. Lo que tal vez resulte sorprendente, sin embargo, es que el difícil acceso a un cuidado hospitalario especializado y de alta tecnología tal vez no sea el gran obstáculo para reducir las tasas de mortalidad infantil alrededor del mundo. Según el último informe anual sobre el Estado de las Madres en el Mundo emitido esta semana por la organización estadounidense Save the Children, intervenciones a bajo costo podrían reducir las muertes de recién nacidos hasta en un 70 por ciento.
El informe describe varias de dichas intervenciones que involucran a miembros de la comunidad encargados de impartir un conocimiento médico básico que permita mejorar prácticas natales existentes sin irrespetar las creencias culturales y religiosas.
En Bolivia, por ejemplo, algunas comunidades continúan usando una piedra afilada o un pedazo de arcilla de una vasija ceremonial para cortar el cordón umbilical ya que, según la tradición, una navaja o una cuchilla causará que el bebé se convierta en ladrón cuando sea adulto. En vez de tratar de detener la práctica por completo para prevenir mortales infecciones creadas por el uso de instrumentos sucios, a las madres se les enseña la importancia de hervir la piedra en agua o esterilizar la arcilla.
En comunidades indígenas de Guatemala, las familias han conservado la vieja costumbre de bañar al bebé inmediatamente después de nacido para asegurar que no se convertirá en un mujeriego o una aventurera cuando crezca. Gracias al trabajo de líderes comunitarios como Ana Guzmán Cobo, quien recibió entrenamiento de Save the Children, las madres están aprendiendo que el rito del primer baño puede bajar peligrosamente la temperatura del bebé. Aunque ha enfrentado cierta reticencia, mucha por parte de su esposo y otros hombres en su población maya de Nebaj, Guzmán ahora puede declarar que “estamos salvando vidas” ya que las madres han aceptado esperar 24 horas antes del primer baño.
Para la mayoría de niños en países en desarrollo, estas primeras 24 horas son de hecho las más peligrosas de su vida. En su informe, Save the Children encontró que “el riesgo de morir de un niño en el primer día de vida es cerca de 500 veces más alto que el riesgo de morir cuando ha cumplido un mes de nacido”. Cada año, dos millones de niños alrededor del mundo mueren en sus primeras 24 horas, la mitad del total que nacen en los Estados Unidos anualmente.
Algunos países en desarrollo están hallando soluciones a este descuidado problema de salud, a pesar de su escasa riqueza. Nicaragua —el país más pobre del hemisferio después de Haití— mostró un mejor desempeño en salvar a recién nacidos que países en desarrollo más ricos como China, República Dominicana y Sudáfrica.
Un factor clave para el éxito nicaragüense es el amplio uso de métodos modernos de planificación familiar. Anticonceptivos simples y económicos les permiten a las mujeres tener un mayor control sobre el momento en que quedan embarazadas, estableciendo así intervalos entre embarazos que son más sanos para madre e hijo. Hoy, dos de cada tres mujeres en Nicaragua usan un método anticonceptivo moderno.
Una combinación del libre flujo de información proporcionada por organizaciones no gubernamentales y una alta tasa de alfabetización entre mujeres ha hecho que los nicaragüenses estén mejor enterados sobre la salud reproductiva que algunos de sus vecinos latinoamericanos. Irónicamente, la persistencia de cierta desinformación en Nicaragua mantiene a las mujeres adolescentes en riesgo.
Ana María Pizarro, una ginecóloga nicaragüense y activista de derechos reproductivos de la mujer, afirma que las influyentes iglesias Católica y Evangélica han logrado con bastante éxito retirar la educación sexual de las escuelas. Además, recuerda que tanto los sandinistas como los gobiernos conservadores posteriores se han opuesto a la planificación familiar ya sea por considerarla una táctica del imperialismo estadounidense o porque la maternidad es el “destino femenino”. Pizarro aseguró que el país tiene la más alta tasa de embarazos de adolescentes de América Latina con el agravante de que muchas de ellas mueren en sus esfuerzos por provocar un aborto.
A un mundo de distancia en términos de sofisticación de cuidados, los Estados Unidos no es tan distinto a Nicaragua en su contradictoria situación de salud reproductiva. La nación más rica del planeta tiene una de las tasas más altas de mortalidad de recién nacidos entre países industrializados. Aunque poco se conoce acerca de las razones de esa contradicción, Save the Children encontró un vínculo inequívoco entre la baja educación y esa mayor tasa de mortalidad.
Esto parece subrayar claramente una de las conclusiones de su informe; la de que “una importante barrera del progreso para la supervivencia de recién nacidos ha sido la percepción errónea de que sólo alta y costosa tecnología y cuidado hospitalario especializado puede salvar sus vidas”.