Santa Cruz de la Sierra: ¿Independiente? ()

Fronteras borrosas

América Latina se ha mantenido ajena al nacimiento de nuevos países, pero las tensiones autonómicas y separatistas aumentan Buenos Aires Fracturas, secesiones, autonomías. No hay dudas: el mundo es muy diferente al de 20 años atrás. Sólo en las últimas dos décadas han nacido en promedio tres nuevos países por año, muy por encima de […]

  • América Latina se ha mantenido ajena al nacimiento de nuevos países, pero las tensiones autonómicas y separatistas aumentan

Buenos Aires

Fracturas, secesiones, autonomías. No hay dudas: el mundo es muy diferente al de 20 años atrás. Sólo en las últimas dos décadas han nacido en promedio tres nuevos países por año, muy por encima de lo que sucedía en la primera mitad del siglo pasado, cuando surgían a una tasa de 1.2 por año. El resultado de tal proliferación es obvio: más países y más pequeños. El club de las Naciones Unidas es una prueba elocuente: pasó de tener 50 miembros en 1950 a 191 en la actualidad.

El proceso de descolonización e independencia en África y Asia, el desmembramiento de la Unión Soviética y las guerras étnicas en los Balcanes fueron algunos de los grandes multiplicadores de naciones.

¿Y América Latina? La región parece vivir de espaldas a ese fenómeno caliente en otras regiones del planeta. De hecho, América es el continente que ha creado menos estados en el último medio siglo. En ese lapso, Guyana y Surinam fueron las únicas dos particiones por estas tierras.

Pero esto no significa que la región esté vacunada contra el virus de las secesiones, ni mucho menos. “En América Latina la tentación por la partición es mucho mayor hoy que hace 20 años”, dice Juan Gabriel Tokatlián, analista y director de las carreras de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés, en Buenos Aires.

“Esas tensiones se acentuarán o no según la adaptación al proceso de globalización, el tipo de liderazgos que genere la región y, fundamentalmente, la evolución del entramado social: cuanta más desigualdad haya en las sociedades, más tensiones a la segmentación y a la fractura existirán”.

No son desafíos menores. La capacidad regional para subirse al carro de la globalización no sólo ha ahondado las diferencias entre estratos sociales, sino también entre regiones favorecidas por una rápida integración al mercado internacional y otras zonas relegadas dentro de un mismo país. Y esos contrastes, cada vez más profundos, están tirando la cuerda de la secesión mucho más fuerte de lo que sucedía hace unos años.

A QUEDARSE CON EL GAS

Bolivia es el ejemplo más evidente. Allí, las élites empresariales del próspero Oriente —con los departamentos de Santa Cruz de la Sierra y Tarija a la cabeza— pugnan por sacar mayor tajada de, básicamente, sus abundantes reservas de gas. Para eso, aspiran a tener mayor autonomía a la hora de administrar y decidir sobre sus propios recursos. Pero esas pretensiones chocan con el rechazo militante de los departamentos empobrecidos del Occidente y el poder político de La Paz.

El resultado de esa disputa será clave no sólo para Bolivia, sino también para toda la región. Por eso, los ojos están puestos en los resultados del 2 de julio próximo, cuando en Bolivia se celebren elecciones para formar una Asamblea Constituyente y, simultáneamente, un referendo vinculante para definir si los departamentos avanzan en su autonomía. La convocatoria a esas elecciones fue un triunfo político del presidente Evo Morales, pero está lejos de derrumbar las desconfianzas recíprocas.

“La futura Asamblea Constituyente debería respetar los resultados del referendo”, dice René Mayorga, subdirector del Centro Boliviano de Estudios Multidisciplinarios (Cebem), en La Paz. “Aunque es atribución de esa Asamblea Constituyente determinar exactamente cuáles van a ser los términos de las autonomías departamentales”.

En la habilidad del presidente Evo Morales, que fue votado por un tercio de los cruceños, para manejar las posibles tensiones entre las aspiraciones integradoras de la Asamblea Constituyente y los resultados a favor de las autonomías departamentales dependerá en buena medida que las exigencias autonómicas no constituyan una antesala de una futura secesión. Experiencias como las de España y Canadá demuestran que eso es posible.

En todo caso, Bolivia es el emergente de una serie de causas que cruza buena parte de América Latina. Por un lado, el pobre federalismo de la región da aire a movimientos separatistas en repudio al poder de las grandes capitales. Por el otro, la virtual desaparición en varios países de los partidos políticos tradicionales de alcance nacional dejó lugar al nacimiento de fuerzas con impacto local, otro fenómeno que empuja a una mayor dispersión. Si a eso se le suma la encarnizada polarización política en algunos países, el cóctel es explosivo.

Esos elementos están estirando la cuerda en Zulia, un departamento al oeste de Venezuela y fronterizo con Colombia. El gobierno de ese estado —uno de los dos, junto a Nueva Esparta, opositores al presidente Hugo Chávez— pretende tener mayor autonomía para manejar sus recursos fiscales y financieros. ¿La razón? Mientras Zulia es el principal contribuyente del PIB venezolano, recibe poco y tarde las transferencias asignadas por el gobierno nacional.

El problema es que la polarización política venezolana se encargó de imprimirle una buena dosis de maniqueísmo al debate. Mientras la organización derechista Rumbo Propio —influyente grupo que pugna por la convocatoria a un plebiscito para establecer un estatuto autonómico en la región— toma la autonomía como un mero atajo para desligar a Zulia de la ideología chavista, el gobierno venezolano acusa a estos movimientos de impulsar una iniciativa secesionista alentada por Estados Unidos para adueñarse de las riquezas petroleras de ese estado. Lo cierto es que, más allá de la pirotecnia verbal, los escasísimos frutos sociales que derivaron de las reformas de los noventa también ayudan a explicar el aumento de este tipo de tensiones en América Latina.

“El surgimiento de líderes populistas como Hugo Chávez, Evo Morales u Ollanta Humala es una compensación módica a los sectores que no se beneficiaron con las reformas del Consenso de Washington en los noventa. Es un alivio temporal”, dice Gilberto Dupas, coordinador general de Grupo de Coyuntura Internacional de la Universidad de São Paulo y presidente de Instituto de Estudios Económicos e Internacionales en esa ciudad. “La pregunta es qué pasará si esos regímenes terminan por no garantizar la inclusión social. Seguramente las tensiones separatistas y los reclamos de las minorías étnicas reaparecerán con más fuerza”.

Los riesgos existen. Y ante ellos, para Dupas, será clave el papel que puedan jugar países como Brasil, Argentina y Chile en la región. “Más que empujar contra la pared a Morales o a Chávez, los gobiernos deben procurar integrarlos dentro de una estrategia que permita superar la lógica nacionalista por una estrategia de integración de América del Sur”, dice. La tarea no será fácil. Y no hay evidencias de que los principales países sudamericanos tengan en un lugar destacado de su agenda estos conflictos latentes.

Economía

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