- Aprovechan el programa oficial Mano Extendida
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Reportaje de The Associated Press CANTON TALCOMUNCA, El Salvador
Recelosas a sabiendas de que se juegan la vida, pero ansiosas por dejar atrás un pasado tortuoso de maltratos, drogas y delincuencia, 14 madres solteras ex integrantes de pandillas, o maras, luchan por rehabilitarse y reintegrarse a la sociedad.
Acompañadas de sus hijos — 22 en total— , las mujeres están enroladas en un programa del Gobierno salvadoreño que les ofrece un rayo de esperanza.
Clases de panadería, cosmetología, manualidades, tratamiento sicológico y hasta artes marciales forman parte del programa Mano Extendida que hace un año ofrece el Gobierno a ex pandilleros que quieren comenzar de nuevo.
“Lo hago por mi hijita, por aprender cosas buenas y olvidar el pasado”, dijo a la AP una de las 14 internas voluntarias de la escuela-granja que pidió ser identificada como Isa, debido al peligro de represalias de pandilleros.
La escuela-granja, un proyecto piloto que se planea extender por todo el país, funciona en un terreno de casi un kilómetro cuadrado del cantón Talcomunca, en el municipio de Izalco, a unos 75 kilómetros al suroeste de la capital salvadoreña.
El programa surgió debido a la alta incidencia de las pandillas Mara Salvatrucha y Mara 18, que según estimaciones en este país alcanzan los 14,000 miembros distribuidos en distintas agrupaciones, conocidas como “clicas”.
El gobierno del presidente Tony Saca desde que asumió en junio del 2004 combate a los pandilleros con el denominado Plan Súper Mano Dura, que a través de nuevas herramientas legales ha permitido la captura de los principales cabecillas.
Mano Extendida es el lado contrario de la moneda en la que el Gobierno les ayuda a rehabilitarse y reinsertarse a su familia, social y productivamente.
César Fúnez, quien hasta principios de mayo fue el Secretario de la Juventud, dependencia que coordina el programa, dijo que “a través de distintos programas de reflexión están identificando gente que quiere salirse y la remitimos a distintos programas, entre ellos la granja-escuela”.
El objetivo es prepararlos durante seis meses en panadería, agricultura, cosmetología, entre otras manualidades, y llevarlos de la mano para convertirlos en microempresarios.
Fúnez dijo que la primera de las condiciones para su admisión en la escuela-granja es que la persona que está en maras o pandillas reconozca que está “en malos pasos y que quiere cambiar”.
Su exuberante vegetación, acompañada por el constante gorjeo de los pájaros, el vaivén rítmico de los empinados árboles y el buen trato de los coordinadores, generan un ambiente de tranquilidad para las alumnas voluntarias de la escuela.
Las 14 madres solteras, muchas de las cuales tienen dos hijos y que en total suman 22 niños en la granja, llegan a primera hora del lunes para un curso de cinco días. Los viernes regresan a sus viviendas en distintas zonas del país.
Muchas de las jóvenes son recelosas al diálogo y guardan celosamente su identidad debido a que las pandillas consideran la salida de un integrante como una traición y que se paga con la muerte.
Una serie de edificios de un piso, con techos de asbesto y paredes de cemento, integran los dormitorios, las aulas, la sala de atención de los menores y talleres donde aprenden cosmetología, panadería y manualidades como la elaboración de piñatas.
Isa se acomodó su uniforme blanco de tae kwon do, donado por la Embajada de Japón, recogió su pelo largo y dejó al descubierto en manos, cabeza y orillas de las cejas pequeños tatuajes con nombres y más de alguna otra señal de una vieja lesión por alguna pelea.
Vestido con uniforme negro, el instructor y coordinador de la granja, Armando Echeverría, pide atención a las alumnas formadas y les recuerda las reglas.
Isa, de 26 años, en la medianía de la formación, respondió con un grito: “Buscamos orden, disciplina, respeto y esfuerzo, señor”.
A diferencia de las otras alumnas que integraron las pandillas rivales Mara Salvatrucha y Mara 18, Isa formó parte de la Mara S-13 que tiene su base en San Francisco, California.
Viajó a los 11 años como residente junto a su madre y ocho hermanos al centro de San Francisco, pero debido a que asegura sufría maltrato de parte de aquélla, se incorporó a las pandillas a los 16.
“Desde los 16 a los 18 años estuve en prisión, porque al andar con la mara me agarraba la Policía con pistola o vendiendo droga, como marihuana. Además me hice adicta a la droga. Mi mamá iba después a la cárcel, me quería recuperar, pero ya era tarde”, apuntó.
Isa fue deportada hace tres años de Estados Unidos y desde entonces busca rehabilitarse. “Todo es para cambiar, darle un futuro mejor a mi hija y que no viva lo que yo pasé”, dice.
Mientras la ex pandillera recibe las distintas clases, su hija es atendida por coordinadores en una guardería en el interior de la granja. Por la noche pasa a su cuidado y durante el día le dedica tiempo para jugar.
Las alumnas forman parte de la segunda generación de ex pandilleros que inició el proceso el primero de febrero y concluirá a finales de julio.