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Hace unas semanas tuve una sensación de intranquilidad mientras esperaba el metro. Era el 10 de abril y docenas de otros inmigrantes hispanos se alineaban en la plataforma para dirigirse a la marcha inmigrante en el centro de Washington. Con un megáfono en mano, una de las organizadoras daba órdenes a los manifestantes, interrumpiendo el silencio habitual del lugar. Miré a mi alrededor tratando de dilucidar la reacción de los otros usuarios, esperando secretamente no advertir en sus expresiones nada más que una simple incomodidad con la interrupción.
El viernes pasado sentí una aprensión similar cuando escuché Nuestro Himno —la muy libre traducción al español del himno estadounidense Star-Spangled Banner—. Y luego vino el boicot de esta semana. Los organizadores convocaron al paro de un día para demostrar el impacto del sector inmigrante sobre la economía estadounidense y poner presión al Congreso estadounidense para que actúe consecuentemente. Mi esperanza era que el estadounidense promedio no se sintiera ofendido, ni por la pobre versión del Himno Nacional, ni por lo que algunos han llamado chantaje económico.
No me siento particularmente orgullosa de haber sentido esta ansiedad. Pero me consuela en algo saber que no estoy sola. Millones de inmigrantes no participaron del boicot. Para muchos era prematuro y arriesgaba echar a perder la buena voluntad generada por marchas anteriores. Para otros el riesgo de perder su trabajo era demasiado grande. Y aun para otros todas las movilizaciones recientes simplemente no tienen nada que ver con ellos.
En la más simple de las ecuaciones, los inmigrantes que nos quedamos en las graderías, por la razón que sea, no quisimos correr el riesgo de mostrar nuestra solidaridad hacia los inmigrantes ilegales. Esto es, como mínimo, un poco irónico, teniendo en cuenta que los inmigrantes somos supuestamente personas que corren riesgos que los ciudadanos no tienen que correr. Somos gente atrevida —gente con agallas— que dejamos nuestro hogar y nuestras familias en busca de un sueño.
Seguramente tuve agallas cuando a los 23 años me vine a este país con poco más que mi resolución de obtener un postgrado de una universidad estadounidense. Pero claro que mi situación no se compara en nada a la de aquellos que dejaron situaciones desesperadas, sin mayor educación y ni siquiera un documento para entrar al país legalmente. Escasamente comparto la experiencia con millones de recién llegados que hacen los trabajos más desagradecidos y pesados en este país mientras viven con temor a ser deportados.
Es más, a lo largo del camino, a medida que mi sueño se hizo realidad, mi necesidad de correr riesgos disminuyó, mientras aumentó mi actitud de aprecio y respeto por este país —algunos tal vez llamen ese proceso asimilación. El incómodo resultado es que me he encontrado a menudo preocupada, casi en contra de mi voluntad, por la posibilidad de que los inmigrantes convertidos en activistas puedan ser percibidos como una amenaza y por la reacción violenta que ello pueda provocar.
Pero mis temores parecen cada vez más infundados. Los manifestantes parecen estar suavizando eficazmente algunas de las fuerzas antiinmigrantes en este país. La propuesta legislativa que buscó declarar criminales a los inmigrantes ilegales ha logrado hasta ahora algo que obviamente no pretendía —ha tocado una fibra sensible en miles de personas—, sacándolos de la sombra a las calles.
Contra la voluntad de aquellos que intentaron traficar con la noción de que los inmigrantes ilegales no eran más que violadores de la ley, las marchas han logrado algo que parecía impensable hace apenas unos meses. De repente las historias de una porción substancial de nuestra población que habían sido ampliamente ignoradas están saliendo a la superficie, dándole un rostro humano a quienes parecían destinados a la vida de una clase inferior.
Durante las marchas y particularmente con el boicot de esta semana, miles de inmigrantes ilegales han decidido arriesgar sus empleos y su sustento por la posibilidad de algo mayor —el respeto de quienes los rodean—. Ellos creen que pueden ganárselo y no están permitiendo que el odio de unos pocos los desanime. Están mostrando una fe en la resistencia y la generosidad de este país que ha sido, francamente, más grande que la mía.
Gracias a los manifestantes reconozco ahora, como debieran hacerlo otros inmigrantes que no arriesgaron nada esta semana, que las agallas no terminan con la asimilación. De hecho debiéramos darnos cuenta de que hay algo muy cierto en aquel himno —que ahora es también el de muchos de nosotros— de que la Bandera de Estrellas Centellantes ondea todavía “sobre la tierra de los libres y el hogar de los valientes”.