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nuevo miembro del salón de la fama
Un hombre que, con el soporte de una inmensa e invulnerable voluntad, supo fortalecer sus esperanzas, crecer, brillar e imponerse, tanto en el beisbol como en la vida, ese ha sido Calixto Vargas.
Quienes lo vimos en plenitud de facultades, con ese empeño, efectividad y garra, buscando con desesperación como emerger y colocarse encima de las limitaciones que lo rodeaban, reconocemos que logró ser útil, supo establecerse y se convirtió en bandera con esa rebeldía que siempre lo caracterizó.
Así que, su aterrizaje esta semana en el Salón de la Fama de nuestro deporte, tiene todo el merecimiento que Confucio podía exigir. Es más, debería haber estado ahí desde hace largo rato.
Zigzagueando entre las dificultades que la pobreza multiplica, el muchacho curtido por horas extras de sol ardiente, combinó adecuadamente la dureza del trabajo con la entrega, disciplina y deleite que le proporcionó el beisbol.
Un primera base solvente, excelente bateador de tacto y poder usando los dos lados del plato, con mucha sabiduría cultivada en las calles y cobijado por una astucia tan natural como el resplandor de la luna, Calixto se abrió paso hacia la grandeza en la pelota casera, justo cuando nos habíamos desvanecido en las Series Mundiales como las de 1969 en Dominicana y 1970 en Colombia.
Tony Castaño le tuvo aprecio y respeto por su liderazgo. Siempre estaba reclamando por mejores espacios y condiciones. Con cualquier uniforme, garantizó su utilidad, pero era con el de la Selección Nacional que se sentía inmenso, como debería de ser en todos los casos.
Su actuación cumbre la alcanzó en el Mundial de 1972, cuando no fue campeón de bateo por asunto de tecnicismos. Sus 424 puntos necesitaban una aparición más en el cajón de bateo y el japonés Masura Oba se quedó con el título. Desde entonces, ha vivido con esa incomodidad.