- Campesinos aseguran que se armarán para enfrentar a productores
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En Las Sardinas, una comarca que ubicada a 37 kilómetros al sur de Ciudad Rama, en la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS) los hombres y mujeres de la cooperativa Israel González no están acostumbrados a llorar.
El trabajo duro del campo en esas lejanas montañas y el haber vivido en carne propia la guerra durante los años ochenta los hizo fuerte, por lo que pocas cosas o situaciones los asustan.
Sin embargo, en los últimos quince días han ocurrido dos acontecimientos que no sólo los tiene preocupados, sino que les impide que concilien el sueño tranquilamente y que quieran, aunque se hagan los duros, llorar por decepción.
El primero sucedió en horas de la mañana del pasado 19 de abril cuando el Juez Civil de El Rama, Carlos Gaitán, en compañía de unos 40 antimotines los desalojó de la finca Mahoany, lugar en el que han habitado desde que el Estado se las entregó por haber renunciado a las armas.
El segundo y con igual trascendencia que el anterior se dio este martes 25 de abril en la “casona” de la finca, cuando un grupo de personas, entre éstas el presidente de la cooperativa, Justino Jiménez Saballos, junto a Roque Jacinto Rocha, delegado del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh) y un equipo periodístico de Ramavisión, fueron baleados luego de visitar la zona para constatar si los antimotines habían quemada y destruido con motosierras varias viviendas y violentado sus derechos humanos.
Durante esa visita los vigilantes contratados por Germán Fonseca Moncada, productor que reclama la finca y quien obtuvo una sentencia judicial a su favor para ejecutar el desalojo por ser el supuesto dueño, dispararon sin ningún motivo contra la comisión. En este incidente resultaron tres personas heridas y dos desaparecidas.
Intranquilidad reina
A raíz de esto, la tranquilidad de la que gozaban se esfumó y ahora deben prepararse para sobrevivir a una nueva guerra que no es precisamente la de derrocar un gobierno, sino defender la propiedad que recibieron y sus vidas.
Y mientras su batalla se decide por las vías legales, deambulan de un lado para el otro sobre las 800 manzanas de la finca buscando un sitio para dormir y donde no puedan ser encontrados por los vigilantes de la finca que según los perjudicados, constantemente los amenazan.
“Ya no me queda nada”
Durante la visita que hicimos por el lugar, encontramos llorando sobre los restos de la única iglesia cristiana que existía en la finca a don José Jiménez Solís, un señor de 79 años que no soportó ver destruida la única casa de Dios que tenían los evangélicos para pedirle que resolviera el problema.
Para él, encontrarse en esa situación es demasiado, puesto que no tiene ni el tiempo ni las fuerzas para seguir adelante.
“Me quemaron mi casita con la ropa y los únicos cuatro quintales de frijoles que tenía. Mi mujer les pidió que no lo hicieran, pero no les importó, me siento un poco mal por el motivo, que ya estoy viejo y no puedo hacer nada, lo que deseaba tener me lo quitaron y me dejaron con las manos limpias”, explicó Jiménez.
Rosa Martínez también se quedó sin casa. Según ella, en cuestión de minutos la Policía acabó con el sacrificio de años de su familia. Pero su problema no termina ahí, el pasado miércoles recibió una amenaza de muerte por lo que está considerando hacer lo mismo que hizo meses atrás cuando la buscaban con una orden de captura.
“Tenemos años en esto y hemos sufrido de todo, en una ocasión ordenaron capturar a todos los hombres y como no lo lograron decidieron incluir en el mismo paquete a las mujeres”, expresó.
“En esa ocasión me salvé porque cogí para el monte, recuerdo que por las mañanas y tardes dejaba solos a mis hijos, y cuando era bien noche regresaba para alimentarlos y constatar si permanecían con vida”, aseveró Martínez.
Agregó que no le gustaría que esa misma situación se repita, pero está a punto de hacerlo por la seguridad de sus niños, ya que si la encuentran junto a ella podrían correr la misma suerte si cumplen la amenaza.
ESCAZES DE ALIMENTOS
Otro obstáculo que está afectándoles es la escasez de alimentos. Según los desalojados de la Mahoany no han tapiscado el maíz debido a que los empleados de Fonseca destruyen los alambres que rodean sus parcelas e introducen el ganado.
Las plantaciones que poseen de yuca, plátanos, arroz y cítricos se han convertido en su único sustento, pero estos productos y frutos no durarán mucho tiempo, así que están apostando a dos cartas para resolver el problema.
La primera está relacionada con la cobertura que le brinden los medios de comunicación a su situación y la segunda con un ultimátum al Estado de Nicaragua donde le exigen que desarmen a los hombres de Fonseca o ellos se arman, lo que convertiría la finca en una zona se guerra.