La transición que nunca acaba

El 25 de abril de 1990 es la fecha simbólica del inicio de lo que se ha dado en llamar la transición política nicaragüense. Es el comienzo del gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro, el primer gobierno democrático de la época postsandinista. Fue una etapa muy difícil para un nuevo equipo que tenía muchas […]

El 25 de abril de 1990 es la fecha simbólica del inicio de lo que se ha dado en llamar la transición política nicaragüense. Es el comienzo del gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro, el primer gobierno democrático de la época postsandinista.

Fue una etapa muy difícil para un nuevo equipo que tenía muchas desventajas, pero que alcanzó logros incuestionables: el fin de la guerra, la paz, el desarme de la Contra, la reducción del Ejército Popular Sandinista, el saneamiento del clima macroeconómico tras el desastre de la gestión económica del FSLN, el pleno respeto a la libertad de prensa y a otras libertades políticas.

Además, como se destacó en la ceremonia de condecoración a la ex presidenta esta semana, ella nos deja un excelente ejemplo personal: la no búsqueda de la reelección. Una herencia política y moral, viva y crucial.

Hay logros incuestionables pero estamos muy lejos de un punto conclusivo de la transición como, por ejemplo, el reciente fin — según los observadores de la política— del proceso evolutivo post Pinochet en Chile, en la forma de la promulgación de una nueva Constitución, moderna y libre de los elementos que el ex dictador impuso como garantías de su influencia tras dejar el Ejecutivo y la comandancia del Ejército.

En primer lugar, miremos el asunto de la institucionalidad. Los poderes del Estado, excepto la Presidencia, siguen bajo el dominio absoluto de los intereses partidistas de dos agrupaciones y dos líderes. El sistema judicial no es la excepción y lo que es peor, la influencia del crimen organizado crece en él. Por consiguiente, seguimos con notas bajas en un asunto tan sensible como la seguridad jurídica, condición para la atracción de inversiones, no obstante la vigencia del DR-Cafta.

Además, el CSE no inspira confianza y despierta dudas. La Contraloría es otra trinchera del pacto.

El país continúa con serios déficits en pobreza y atraso. Sin embargo, en este aspecto no somos una excepción en la región. Es en la distribución de la riqueza, la eliminación de la pobreza y de las desigualdades donde están las principales deficiencias de la democracia latinoamericana, de acuerdo a todos los estudios de los últimos años.

En la política es evidente que tras estos 16 años de la transición carecemos todavía de una concertación sobre el futuro del país. O como el filósofo Alejandro Serrano Caldera observa, citando al clásico Jean-Jacques Rousseau, nos falta un contrato social propio.

No hemos tenido nuestro Pacto de La Moncloa, como en España. Es decir, un acuerdo que definió un común denominador que todos aceptarían para el futuro del país. Las reglas del juego claras que todos seguirán. Aquí, los pactos han sido componendas mafiosas para repartirse cuotas de poder. No hay una visión de desarrollo a largo plazo ni consensos sobre política interna y exterior entre las “élites” —qué grande le queda esta palabra a algunos—.

Así, con cada elección, el país y la comunidad internacional quedan bajo la incertidumbre de qué pasará con el nuevo gobierno y cuál será su rumbo.

Aunque la Guerra Fría concluyó en 1989-1990, actores políticos importantes son gente de esa generación. Esto es prueba del anquilosamiento de la cultura política, pues gracias al sistema del caudillismo Daniel Ortega sigue siendo el líder máximo de una de las dos fuerzas más importantes. En Europa del Este a nadie se le ocurriría que una momia, como un ex secretario general de un partido comunista, pudiese hoy tener algún chance de ser presidente o primer ministro.

Lo más triste del caudillismo no es que Ortega siga siendo un líder tan influyente, sino lo que eso dice de nosotros mismos. Tenemos miedo de los riesgos de la libertad y nos sentimos cómodos con el hombre fuerte y carismático que todo nos resolverá, y promete hacerlo gracias a su sistema de premios y castigos.

La presencia de Ortega en la carrera presidencial garantiza una vez más la falta de un serio debate sobre las cosas importantes y que tendremos una campaña del miedo: resucitará el temor del regreso a la guerra y a la confrontación con Estados Unidos.

La derecha también está enferma del mal del caudillismo y no está exenta de una necesidad de renovación de liderazgos e ideológica, y de alejarse de la corrupción.

Creo que ante la derecha nicaragüense hay una buena oportunidad de quitar la bandera de las aspiraciones sociales al sandinismo, que usa una retórica populista y oportunista, pero ello requeriría moverse hacia posturas cercanas a la democracia cristiana europea.

El cambio de la forma de hacer política es parte del profundo cambio cultural y educativo que necesita Nicaragua.

Lo triste y paradójico es que, dada la debilidad y escasa influencia de la sociedad civil sobre el proceso de la toma de decisiones políticas, hoy podemos únicamente avizorar que el cambio tendrá que venir desde arriba, es decir, desde esos mismos políticos imbuidos en perniciosas prácticas. Es un círculo vicioso. Mientras no lo rompamos seguiremos en esta transición que nunca acaba.

Internacionales

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