“Las armas son necesarias/ Pero naide sabe cuándo;/Ansina, si andas pasiando,/Y de noche sobre todo,/Debes llevarlas de modo/ Que al salir, salgan cortando”.
Parece que este consejo que el Viejo Viscacha daba a Fierro en el estupendo libro Martín Fierro, del argentino José Hernández, ha calado en más de un gobierno latinoamericano.
La “carrera” armamentista en países como Chile, Brasil, Colombia y Venezuela, muestra más apuro que la dirigida a perseguir la pobreza y la desocupación.
El hecho en cuestión es que parte del crecimiento logrado por América Latina ha sido destinado a “modernizar” ejércitos y a adquirir armamentos de “última generación”.
Según donde ocurra, ello genera diferentes reacciones . En Colombia se explica con la lucha contra las guerrillas y el narcotráfico. A Brasil se le admite que invierta 100 millones de dólares en un proyecto de construcción de un misil aire-aire en cooperación con Sudáfrica o la compra de aviones supersónicos F-5 a Arabia Saudita. Nadie se queja demasiado por ello ni tampoco por su programa nuclear que no le va a la zaga al tan controvertido de Irán.
Con Venezuela es distinto. Chávez lo hace “para desestabilizar”, según se ve desde el Gobierno de EE.UU., en donde no disimulan la preocupación por “la influencia negativa” del comandante y el hecho de que esté mejorando su capacidad militar a niveles que le permitirían operar en “cualquier parte” de América Latina y en el área del Golfo de México, al decir del general Michael Maples, jefe de Inteligencia del Pentágono. Tal preocupación no ha impedido que EE.UU. le siga comprando petróleo a Chávez, pero sí lo motiva para saltar de un país a otro procurando frenar la venta de armas a Venezuela. Ocurrió con España y frustró una operación de compra de aviones a Brasil.
Chávez, en tanto, se jacta de la compra a “los compañeros y amigos de Rusia” (léase Vladimir Putin) de 33 helicópteros militares y 100 mil fusiles con los que armará a su millón y medio de “reservistas”, siempre listos para enfrentar cualquier invasión.
Pero el caso más fuerte es el de Chile. Acaba de comprar a Alemania 118 tanques Leopard II y ha adquirido recientemente 28 cazas F-16 y dos fragatas, lo que lo ubica como uno de los países mejor “pertrechados” en el continente.
Estas inversiones en armas tienen como contracara los problemas que la región presenta en materia de pobreza y ocupación. Aún en Chile estas variables no han tenido su mejor performance y ya han empezado a surgir algunas criticas a Lagos, quien, según el economista chileno José Luis Daza, fue beneficiario de “logros” resultantes de reformas que él no hizo y a las que incluso se opuso, y “se vio fuertemente favorecido por las mejores condiciones de la economía mundial en cuarenta años”, pese a lo cual no encaró reformas que contribuyan a un “mayor crecimiento y a reducir la pobreza”.
Pero el problema no es interno y si Estados Unidos ve con preocupación la política armamentista de Chávez, a los ecuatorianos no les hace ninguna gracia ciertas incursiones aéreas de los colombianos y a Perú y Bolivia incomoda bastante la “carrera armamentista” de su vecino de abajo, con el que mantienen pendiente viejas cuentas.
Y no se trata de un problema menor ni de meros titulares: el eslogan de Ollanta Humala de no “me voy a dejar pisar el poncho por Chile” le acarreó muchos votos.
El argumento de la presidenta Michelle Bachelet, de que sólo se busca mantener los “equilibrios” y que ello no puede afectar la “paz y la cordialidad en el Cono Sur”, no genera confiabilidad y el tema de las armas, pese a las coincidencias “progresistas” se suma ahora a los roces por la integración y la lucha por el liderazgo continental.
Mientras tanto, la pobreza espera.
(El autor es periodista uruguayo)