Lunas, astros, planetas en lo negro de la noche terrífica. Luz de las esferas. Luz cósmica que se acerca y se aleja. Luz en auras al fondo del fetiche erguido, enhiesto: la figura primordial, original, la imagen sagrada, el ídolo de lata de Aróstegui resplandeciendo en toda su impureza terráquea: en todo su fulgor matérico e ígneo. Ídolo que levita (digo, es un decir), ídolo hierático en la orilla del sempiterno lago guardador de los misterios y designios de la tribu.
Tótem de temblor volcánico iridiscente, oloroso a lava y a detritus, cegador de ojos temerosos. ¡imantador de armonías de color subterráneo: del azul y celeste al cobalto, del negro al dorado, del perforado verde al espectral blanco y al cobre del genésico barro que lucha por surgir y recordamos el primer día de la Creación!
Arte, artefactos, arrobadoras visiones de Aróstegui en su busca incesante de lo mismo: la sagrada imagen que vuelve siempre en su signo metálico espejeante, reproduciéndose, multiplicándose, aproximándose, agrupándose en los márgenes doloridos de las ciudades negras y doradas: en fila de exilio, avanzando, volviéndose, escrutando, asistiendo y sintiendo, anhelado, el posible o imposible vuelo de la materia en todo su esplendor.