- El español que usamos a diario en nuestros países está lleno de extranjerismos. ¿Qué pensaría de él Darío? ¿Lloraría al oírnos hablar?
Pese a que me inicié en los quehaceres de la literatura antes de cumplir los veinte años y mis maestros de escuela me leyeron sus poemas en la niñez, yo no descubrí a este poeta del jardín de los pavos reales, como lo llamaba Pedro Salinas, sino hasta que llegué a los Estados Unidos, a mediados de la década de los ochenta. Era yo, entonces, reportero de un periódico mexicano en Nueva York. Por casualidad, no lejos de donde yo vivía, en la parte noroeste de Manhattan, tenía su departamento José Olivio Jiménez, el estudioso del Modernismo y antologador de la obra de Darío y de José Martí, Manuel Gutiérrez Nájera, Julián del Casal, Amado Nervo, Enrique González Martínez, Leopoldo Lugones y Delmira Agustini. Fue en nuestras conversaciones amistosas cuando, sin proponérselo, él me educó en los aportes de esta generación decisiva, cuyo quehacer, de 1885 a 1915, un año antes de la muerte de Darío, coincidió con la consolidación de la clase burguesa en las grandes ciudades latinoamericanas.
José Olivio murió en Madrid en el 2003. Era un cubano nacido en La Habana en 1926 que daba clase en Hunter College y en Graduate Center de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Había llegado a los Estados Unidos en 1960. Yo lo veía de vez en cuando transitar a paso lento en la acera de Broadway con su compañero, el poeta español Dionisio Cañas. En una ocasión me presenté, nos hicimos amigos y esa noche pasamos una velada de alcohol y poesía. Yo tenía ya su maravillosa Antología crítica de la poesía modernista hispanoamericana, que ha servido para introducir a varias generaciones a la renovación de Darío. José Olivio y yo hablamos de la estética propuesta en ¡Torres de Dios! ¡Poetas! y del campeón, salvaje y aguerrido Caupolicán y de la mitología indigenista del nicaragüense. Hablamos del soneto a Walt Whitman, el gran viejo, bello como un patriarca, sereno y santo, que tiene en la arruga olímpica de su entrecejo, algo que impera y vence con noble encanto, Whitman, el poeta cuya alma de infinito parece espejo. Recuerdo que comparamos las versiones del autor de Hojas de yerba que nos dejaron Darío y Neruda: El del nicaragüense es un soberbio emperador mientras que el de la oda del chileno es un profeta popular, de la calle, cuya voz canta en las estaciones suburbanas,
en
los
desembarcaderos
vespertinos
chapotea
como
un agua oscura
tu palabra,
tu pueblo
blanco
y negro,
pueblo
de pobres,
pueblo simple
como todos
los pueblos,
no olvida
tu campana:
se congrega cantando
bajo
la magnitud
de tu espaciosa vida:
entre los pueblos con tu amor camina
acariciando
el desarrollo puro
de la fraternidad sobre la tierra.
Fue después de una de nuestras conversaciones cuando decidí que no se puede ser amante de la literatura sin saber de memoria Lo fatal. José Olivio me lo presentó como un evento iniciático en nuestro continente que da pauta para la futura llegada del Existencialismo, que ya por entonces, en la figura del danés decimonónico Søren Kiekegaard, generaba de rebote una fiebre intelectual en Europa. Para mí las frases casi finales del poema enmarcan una verdadera filosofía latinoamericana que ha de ser vista bajo el sino del escepticismo:
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos
En esos años hablo de principios de los noventa yo era un ferviente admirador de Borges. Todavía sigo siéndolo. Mi amor por Darío se ha gestado al lado de mi pasión por el argentino. Ya entonces conocía al dedazo los cuentos de Ficciones y los ensayos de Otras Inquisiciones, libros que me sirvieron de brújula y me llevaron a otros libros. Yo vivía bajo la impresión que era Borges quien, desde su Buenos Aires querida, por fin había conectado nuestro pobre individualismo continental con la cultura europea y nos había librado de los excesos del Naturalismo que lo procedió. Aprendí de Borges que nuestro es Ollín Yollinztli pero también Shakespeare y Flaubert porque no hay cultura viva que no deba reclamar como suyo el legado de toda la humanidad.
El aporte de Borges no habría sido posible sin Darío. El nicaragüense surgió en el momento en que la lucha independentista ya había dejado su saldo político entre nosotros. La esperanza de vernos libres del yugo que imponía una España sumida en la más atroz de las mediocridades había insertado también una dosis de nacionalismo en nuestras incipientes naciones. Queríamos ser autónomos, queríamos ser diferentes, queríamos ser únicos. Desde este pequeño país centroamericano, Darío se lanzó a la caza de una estética propia que terminaría por ser una estética hemisférica, una estética que se inspiraba en el arte francés de la época pero que igual se remontaba a las civilizaciones griega y helénica, una estética de centauros y princesas y nevadas que poco o nada es decir, todo tenían que ver con Nicaragua. Es obvio que en la matriz del imperio, en la España del 98, nuestro poeta despertara tal ahínco. ¿Cómo no habría sido Darío una pesadilla para Leopoldo Alas Clarín si al otro lado del Atlántico se nos veía como niños retardados? Sin embargo, no todo fue ceguera: Juan Valera hizo patente su entusiasmo y Juan Ramón Jiménez, con su ceñida la coraza para empezar, valiente, la divina pelea, aplaudió la nueva modernidad que venía de las colonias.
Lo que más admiro de Darío es la consistencia de su idioma. Hoy que los anglicismos son un asunto mundano, el suyo es un lenguaje admirablemente diáfano, salpicado de galicismos pero de una integridad asombrosa. Muchas veces he buscado, con el pasar de los años desde mis conversaciones con José Olivio, el carácter distintamente nicaragüense de su lengua. La argentinidad de Borges es obvia: su obra temprana y, asimismo la última, está repleta de la mitología del arrabal, del rasgueo de la guitarra, de recreaciones del Martín Fierro. Su prosa más pulcra es el resultado de sus excesos de juventud, marcados por la admiración que Georgie sentía por la literatura gaucha. Su espíritu cosmopolita es producto de una Argentina que, en la primera mitad del siglo XX, se entendía a sí misma como una de las metrópolis de Europa extraviada en el Cono Sur. Si su destino hubiera sido el nacer en Venezuela o Bolivia, jamás hubiéramos sabido nada de él. A medida que Borges maduró como escritor, hizo lo posible por sacudirse de ese destino: ser menos argentino, más cosmopolita, más ciudadano de ninguna parte y de todas.
También la nicaragüidad de Darío es obvia. Ahí está La marcha triunfal, Caupolicán y sus poemas a la patria. Ahí están sus reminiscencias de León, donde pasó su infancia y adolescencia (en la misma casa donde Alfonso Cortez dobló los barrotes de una ventana en su esquizofrenia). Ya lo decían Neruda y García Lorca: al nicaragüense le debemos el murmullo del bosque en un adjetivo. Lo que le brindó esa visión global a Darío fueron su sensualidad, sus contradicciones internas, su religiosidad, en especial, la culpa y el pecado:
Soy Satán y soy un Cristo
que agonizó entre ladrones
No comprendo dónde existo!
Además, la clave está en su nomadismo y en eso quiero hacer hincapié. Darío es uno de nuestros grandes viajeros intelectuales: de su país va a Chile, a la Argentina, a España, a Francia, Italia, Europa del este, los Estados Unidos… Su país está en cada una de sus sílabas pero no a través de amaneramientos folclóricos. Su castellano es de Metapa y León y Managua pero es ubicuo. Por eso es justo que el resto de los latinoamericanos reclamemos a Darío como nuestro.
Por años yo conviví con nicaragüenses en Washington Heights y la Florida intentando entender su idiosincrasia idiomática, sus modismos verbales, para luego encontrar esos modismos en Darío. Pero ha sido en vano. Aun después de este maravilloso viaje no puedo escuchar el acento del país en sus poemas. Para Darío Nicaragua era la patria original, el sitio de los orígenes. Pero las otras esquinas de América lo impactan igualmente y asimismo lo impacta España, la madre patria. En el tránsito de un lugar a otro, su español va ampliando sus horizontes, se va multiplicando hasta convertirse, quizás sin quererlo, en un idioma bolivariano, que empieza en su tierra pero que en el recorrido se convierte en una esponja que lo absorbe todo y es de todas partes.
Porque vivo a diario en la encrucijada del español y el inglés, el poema de Darío que releo con más frecuencia es el que le dedicó al presidente Roosevelt. Se dio a conocer luego de la Guerra Hispano-Americana en que España perdió sus colonias en el Caribe y la región entró a formar parte de la galaxia imperial estadounidense. Hay una palabra mínima, monosilábica, ubicada a la perfección en el corazón del poema, que, tengo la impresión, justifica la carrera entera de Darío:
Crees que la vida es incendio,
que el progreso es erupción;
en donde pones la bala
el porvenir pones.
No.br>Los Estados Unidos son potentes y grandes.
Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor
que pasa por las vértebras enormes de los Andes.
Ya en 1905 Darío reconocía que el español estaba bajo ataque, que la presencia de los Estados Unidos en el quehacer iberoamericano lo impregnaría todo. Su amigo, el ensayista uruguayo José Enrique Rodó, había publicado su Ariel, una carta a las juventudes del continente a que se resistieran a la embestida.
Cien años después, la embestida nos ha marcado radicalmente. El español que usamos a diario en nuestros países está lleno de extranjerismos. ¿Qué pensaría de él Darío? ¿Lloraría al oírnos hablar? Al norte del Río Bravo se está forjado un nuevo idioma: el Spanglish. Le toca a nuestra generación tomar una decisión al respecto: o luchar en contra de esta contaminación lingüística o hacerla parte de nuestra identidad. Sea cual sea nuestra actitud (y la mía es la segunda opción), el cuello del cisne es hoy menos un signo de interrogación que un amaneramiento insoslayable.
Sí, sí, sí La lección de Rubén Darío no es una negación sino una afirmación. La única patria del escritor es su idioma. Ese idioma jamás es estático; al contrario, existe en una metamorfosis constante. Los hitos de la historia lo marcan a cada rato mientras el escritor va dando cuenta de cómo va gestándose la historia. El escritor afecta al idioma y el idioma afecta al escritor. Ser nicaragüense, ser mexicano, ser latinoamericano, ser norteamericano no es no puede ser una superstición. Hacer de nuestro pasaporte un boleto de membresía a una ideología que atribuye superioridad a lo nuestro a expensas de lo que es de los demás, es una de las formas de la idiotez.
Los políticos tienden a abusar del idioma achicando así al universo, haciéndolo chato. Las palabras para ellos son un mero mecanismo de persuasión, un grito de batalla. En los Estados Unidos, lo hicieron así Roosevelt en la época de Darío, Nixon en la de Neruda y Bush en la nuestra. He listado a tres demagogos de la oratoria militar; ni hablar de nuestros propios políticos de pacotilla, que coartan la sintaxis ni siquiera dándonos la posibilidad de soñar.