La “Tolina”

Ana Chamorro de Holmann

Su nombre de pila era Carolina, pero en su jerigonza su hermano menor, Carlos, la llamaba Tolina y se quedó con ese particular nombre tan propio de ella.

La Tolina era una mujer completa —como decían antes las abuelas— sencilla pero práctica, sabía de todo lo del hogar, de cómo aprovechar y hacer rendir los recursos que en ese hogar se disponía; esto fue un arte singular que le caracterizó en las innumerables y difíciles circunstancias por las que atravesó durante toda su vida.

Fiel e inseparable compañera de su esposo quien, como militar, tuvo que recorrer muchas cabeceras departamentales para cumplir su misión, la Tolina le acompañó en ese recorrido dejando tras de sí una estela de cariño y de amistad, a pesar de las contradicciones que se vivían en algunos momentos de esa época.

Generosa, nadie que necesitara algo se alejaba de su casa con las manos vacías…. su rostro bondadoso respondía a esa actitud dadivosa, sus ojos color miel que contrastaban con su pelo castaño, se humedecían al escuchar los problemas y dificultades de los demás, y sin decir nada, se alejaba para volver con algo que quizás era más de lo que ella pudiera dar.

Trabajadora incansable hacía “negocios” desde pequeña con las espumillas que mandaba a vendar a su hermano Carlos, a quien lo ponía a batir las claras con un tenedor hasta que “daban el punto”, él hasta en sus últimos años se quejaba de ese trabajo impuesto por ella, pero admitía que le pagaba.

Se querían mucho y se reían recordando esas anécdotas de su niñez, como cuando pusieron el clavo de oro en el último riel de la vía férrea entre San Juan del Sur y San Jorge que inauguró el presidente Moncada en 1928. Decía Carlos que a la Tolina le brillaban los ojos y parpadeaba creyendo que el clavo de oro sería un regalo para ella.

La Tolina tenía fama por sus deliciosos pasteles, queques decorados, boquitas y deliciosas comidas que ella confeccionaba con ayuda de la Adelina, su inseparable compañera, encargos que hacía a una selecta clientela, quienes tenían que llegar muy puntuales a recoger sus encargos, pues desde la 5:00 de la mañana estaban listos para retirarlos.

Cuando nació mi hija Ana Carolina, a raíz de los sucesos del 4 de abril de 1954, la Tolina me mandó un delicioso almuerzo al hospital y con la gran franqueza que le caracterizaba me envió una nota que decía: “Anita no te puedo llegar a ver porque hay mucha gente cuentista y nos pueden perjudicar, vos entendés por qué…”. En esa época la gente se cambiaba de acera cuando nos veían venir a los “opositores”, pero estas situaciones nunca empañaron nuestra relación de hermanas, como fuimos siempre.

Ella acompañaba a su esposo a la finca en Terrabona, Matagalpa, y luego, al quedar viuda lo siguió haciendo, tomando ella las riendas hasta que los sandinistas le confiscaron injustamente como a muchos otros, siendo que esta finca fue herencia del padre de su esposo, quien era originario de Alemania.

Hoy 13 de febrero en su primer año de ausencia la recuerdo a través del cariño de mi esposo Carlos y a través del mío propio, el que al pasar el tiempo perdura y se cultiva con la amistad y el amor. Estoy segura que ese amor y esa amistad existió entre ella, el Señor y la Virgen y es por ese amor que ella está disfrutando de la dicha y el gozo eterno.

La autora es cuñada de Carolina Holmann de Dorn

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