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Cultura de violencia, y esperanza
La violencia asoma su rostro en diferentes contextos de la vida nacional. Basta con abordar un autobús urbano o un taxi para experimentar la violencia del conductor hacia sus pasajeros y hacia otros conductores a través de su forma agresiva de conducir, de gritos y obscenidades y hasta la agresión física. Por mantenerse alterados emocionalmente, los buseros y taxistas provocan muchos accidentes.
La violencia también se expresa en las huelgas de los médicos, maestros y especialmente de los activistas universitarios cuando reclaman el cumplimiento de acuerdo con sus propios cálculos del seis por ciento del presupuesto. El Frente Sandinista, cuya génesis está ligada a la violencia, azuza a estos grupos sociales y los manipula a fin de crear inestabilidad y zozobra y de esta manera presionar al Gobierno para obtener concesiones o conservar privilegios. En los hogares también hay violencia intrafamiliar que se manifiesta en maltrato y abuso físico.
¿Qué es lo que está generando estos niveles de violencia? Hay una causa histórica. A través de los años, Nicaragua ha vivido en constantes guerras: desde las guerras civiles entre liberales y conservadores por el poder político en el siglo XIX, pasando por la guerrilla encabezada por Sandino en contra de la ocupación norteamericana a fines del primer tercio del siglo XX, así como también por las luchas armadas contra la dictadura de la familia Somoza que culminaron con la revolución sandinista en julio de 1979, hasta la guerra civil contra la dictadura sandinista que duró casi toda la década en la que mandó el FSLN. En Nicaragua ha habido una arraigada cultura belicista porque los nicaragüenses por mucho tiempo han estado rodeados de armas.
Pero además, hay una causa sociológica y sicológica de la cultura de la violencia en Nicaragua. El cine y la televisión presentan el asesinato atroz, la voladura de aviones, carros y edificios por terroristas internacionales, la deformación de la psiquis humana expresada en el canibalismo (Hanibal Lecter), los enfrentamientos de pandilleros, etc., con tal crudeza que con el paso del tiempo se pierde la sensibilidad y hechos de esa naturaleza se admiten como normales. Lo mismo ocurre con géneros musicales muy populares y los videoclips que les acompañan. Hasta en los videojuegos diseñados para niños pequeños se ofrece la violencia como un patrón de comportamiento. Los telenoticieros especializados en la información sangrienta o “nota roja”, cultivan y difunden también, aunque tal vez no sea esa la intención de quienes los producen, esa nefasta cultura de la violencia. Todo esto distorsiona el entendimiento de valores como el diálogo, la convivencia pacífica y la tolerancia en las relaciones interpersonales.
La violencia también se origina en la falta de justicia social. La crisis económica que sufre gran parte del pueblo nicaragüense es un detonante que le hace explotar varias veces al día. El salario mínimo de mil córdobas no alcanza para comprar una canasta básica que cuesta tres mil. El ingreso promedio de los trabajadores es de dos mil córdobas, pero el pago de luz y agua se lleva el 30 por ciento de ese ingreso y el resto no da para vestir a los niños, enviarlos a la escuela, alimentarlos y conseguir las medicinas que no están incluidas en el sistema de salud pública. La frustración que se acumula a causa de los problemas económicos alienta las tendencias a la violencia y la delincuencia. Finalmente, la violencia es también resultado de la falta de temor a Dios. Tradicionalmente Nicaragua ha sido un país de gente creyente, pero la difusión del materialismo y del relativismo ético ha venido convirtiendo la religión, para muchas personas, en un asunto meramente cultural, étnico y en consecuencia, superficial.
Es evidente la necesidad de infundir una cultura de diálogo que sustituya a la cultura del grito, la pedrada, el mortero y la muerte. Los efectos de la historia pasada deben ser aprovechados para no cometer los mismos errores en el presente. Las asonadas deben dar paso a la inteligencia y la razón. Hay que enseñar a los niños y jóvenes en las escuelas los valores cristianos que pueden producir una nueva y mejor humanidad. Los políticos deberían trabajar por la disminución de la pobreza y no para engrosar sus propios bolsillos. Y sobre todas las cosas, no hay que perder la fe y la esperanza.