Crónica de un encuentro dispar

Danilo Guido

Roman, Times, serif»>
Crónica de un encuentro dispar


Danilo Guido




En memoria de Flavio César Tijerino, en el lenguaje de Juan Ramón Jiménez que tanto le gustaba.

En el año de mil novecientos ochenta y cuatro, cuando mi adolescencia inquieta de diecisiete años soñaba con el amor i la poesía; cuando llegué a creerme un poeta publicable, el músico David Jarquín me recomendó visitar a un amigo en el centro popular de Cultura (CPC), situado cerca de la estatua de Montoya.

En horas tempranas de la tarde de ese día, llegué al sitio i pregunté por Flavio César Tijerino, me hicieron pasar al segundo piso, un señor blanco con lentes gruesos, usando boina, de ademanes peculiares, apretando sus labios finos al acentuar alguna frase, me saludó, dándome cita para las cinco de la tarde, hora de salida de sus labores. Tenía ese señor casi sesenta años.

Estuve puntual. No recuerdo la introducción de ese encuentro, pero leí todos los poemas esperimentales que llevaba. Él sólo decía siga leyendo, sin inmutarse ante ninguno. Me recomendó seguir escribiendo. Nos despedimos casi a las nueve de la noche.

Seguí visitándolo. A una cuadra del CPC, él estaba de inquilino en un cuartito donde apilaba una buena cantidad de libros, entre ellos las obras completas de Juan Ramón Jiménez, su poeta preferido, que estravió o mejor dicho se las estraviaron.

El señor, de dulce carácter, me fue tomando cariño. Por las tardes, después de salir de su trabajo, caminábamos a la Farmacia ZACS, dos cuadras al lago de Montoya, me invitaba a una coca i un pico jeneroso. Esas bebidas gaseosas fueron las más deliciosas probadas hasta hoi. Luego le leía un poco i terminábamos en unas partiditas de ajedrez.

Sin decirlo fue ríjido con mi material instándome a escribir algo que le hiciera “Descruzar las piernas”, “A ser breve”, “Escribir lo necesario”, “Usted tiene las palabras pero falta un espíritu”.

No sé por qué razón perdí contacto con don Flavio, en quien encontré un maestro. Su enseñanza me sirvió, los libros dados en préstamos, de Antonio Machado, con su Juan de Mairena, Rafael Alberti i su Arboleda Perdida, frases citadas de escritores desconocidos entonces por mí, fueron un manjar esquisito para el imberbe poetita, en búsqueda de la sombra de un árbol, de unos oídos, de un estilo.

Mi maestro, a quien con alegría presenté hace diez años, mi primer libro publicado, Testimonios de aquella década…, con un agradecimiento especial para él, presentó resistencia a la vida, aí está la esperanza, cita a Sabato.

Han transcurrido veintiún años desde el primer encuentro entre dicípulo i maestro. En aquellos años ochenta donde conocí gracia a Dios, jóvenes buenos como Erick i Félix Aguirre, Manuel Martínez, Franz Galich, Jesús Espinoza, de grata recordación para FCT, Juan Aburto, compartiendo sencillamente con los noveles, cuando nos encontrábamos en los recitales de poesía de esa década.

“En nuestros nombres hai mayor solidez que en nuestros huesos”, escribió en su Poema La Densidad del Miedo, cuando era un joven.

Él me ha honrado diciéndome tiernamente como un padre a su hijo que yo lo honro con mi amistad, siendo lo contrario.

El tiempo está cumpliendo su razón de ser, con el maestro quien resistió hasta el final al dolor de la recuperación terapéutica. Laureles, al autodidacta, escuchador de aprendices de escritores i escritoras, entre las que se cuentan la diputada Emilia Torres i la bella Yaoska Tijerino.

Salve, maestro, que me diste luz de la tuya. ¡Dios te Guarde!

El autor es abogado y escritor.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí