Migraciones producen beneficios económicos

Porfirio Cristaldo AyalaAIPE

ASUNCIÓN.— El muro de Berlín que impedía a los alemanes escapar a la tiranía comunista no es muy diferente al muro que construye Estados Unidos en su frontera con México para evitar el ingreso de los desheredados del estatismo. Desde los tiempos de la Muralla China los gobernantes tratan sin éxito de frenar el flujo humano en las fronteras, como lo sabía Genghis Khan. No obstante, la izquierda y derecha estatista defienden leyes migratorias absurdas porque creen que los inmigrantes causan desempleo, reducen los salarios, se aprovechan de los beneficios estatales y destruyen la prosperidad. Pero la realidad es muy diferente.

En todas partes, la inmigración no sólo no causa desempleo, sino que crea nuevos empleos e incrementa la producción. En ciudades con alta proporción de inmigrantes se crean más empleos, hay menos pobreza, se pagan menos impuestos, los ingresos aumentan más rápidamente y la gente es más próspera. Si bien el salario de trabajadores no calificados puede bajar, la inmigración mejora la economía, como prueban los estudios.

La amenaza del desempleo es una vieja falacia estatista. La falta de trabajo se elimina, no frenando la inmigración, sino liberalizando las leyes y regulaciones laborales que son la causa de este mal. El número de empleos no es fijo: el trabajo que uno consigue, no lo pierde otro. Por el contrario, con cada persona que obtiene un trabajo se crean nuevos empleos, pues la producción crea su propia demanda. Los inmigrantes que toman trabajos que los norteamericanos desechan, crean a su vez otros empleos al aumentar la demanda de bienes y servicios.

En EE.UU., industrias que habrían emigrado a otros países con costos laborales más bajos, subsisten gracias a los inmigrantes. Otros sectores, como la salud, educación y la alta tecnología dependen fuertemente de profesionales extranjeros que trabajan en hospitales, universidades y laboratorios, haciendo investigaciones en medicina, informática, biotecnología, energía y creando enorme riqueza para el país. Buena parte de los científicos nació en el extranjero y muchos fueron preparados en sus países a un alto costo.

Los inmigrantes también son un buen negocio para el fisco: aportan más impuestos que los beneficios que reciben. Y a diferencia de los refugiados políticos, recurren menos a los beneficios estatales en salud, educación y seguro contra desempleo, que los propios norteamericanos. Por otra parte, los ilegales no suelen recibir beneficios dado que sólo el gobierno adjudica estos subsidios. Pero la creciente persecución hace que cada vez los que ingresan al país sean los más pobres y de menor educación. Los médicos no cruzan las fronteras con los “coyotes”.

Las leyes contrarias a la inmigración reducen no sólo la mano de obra, sino el capital creativo que podría contribuir enormemente al avance y bienestar del país. En los últimos doscientos años, los inmigrantes han sido fuente de creatividad, capital y empresas que aumentan la inversión, producción y el empleo. ¿A cuántas jóvenes con el potencial de grandes científicos, inventores y empresarios se niega la visa? ¿Cuántos B. Franklin, T. Edison, G. Bell, E. Carnegie, H. Ford, J. P. Morgan, B. Gates no pueden ingresar al país?

Pero la pérdida más importante es la libertad. Las leyes de inmigración estatistas han llevado a extremos de irracionalidad y vergüenza como en la reciente repatriación a Cuba de 15 infelices, incluyendo a tres niños, que llegaron a Florida tras escapar a las fauces de Fidel y los tiburones. Es como devolver a los nazis a los judíos que lograban escapar de los campos de concentración o retornar al comunismo a los que huían por el muro de Berlín arriesgando su vida en busca de la libertad.

El capitalismo que convirtió a EE.UU. en la primera potencia mundial se basa en el respeto a los derechos individuales y la libertad de trabajar. Y aunque siempre hubo grupos contrarios a la inmigración, en la Estatua de la Libertad, desde hace más de un siglo, reza la siguiente inscripción: “Dadme a vuestros pobres, a vuestros exhaustos, a vuestras masas hacinadas que suspiran por respirar libremente”. La nación se formó y creció con inmigrantes. Su actual política migratoria no es digna del país más libre del planeta.

El autor es corresponsal de AIPE y presidente del Foro Libertario

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