La penitencia de los cardenales

Álvaro Lacayo Argüello

Al quebrar el alba de una madrugada tórrida del verano bostoniano del dos mil tres apareció estrangulado en su celda electrónica del Centro Correccional Souza-Baranowiski el sacerdote John Geoghan; su victimario, un patético asesino homofóbico que cumplía cadena perpetua por haber despachado a la eternidad a un homosexual. El padre Geoghan era reo no convicto por abuso sexual infantil y al momento de ser incluido en el censo de los occisos su expediente legal contenía 150 acusaciones de pederastia y un igual número de quejas que en el discurrir del tiempo habían sido engavetadas en los archivos del cardenal Bernardino Law, el purpurado más poderoso de la Unión Americana, y quien además de verse obligado a vender la sede del Palacio Arzobispal de la ciudad de Boston para pagar una sola de las demandas judiciales, tuvo que entregar su cargo y ser aerotransportado al Vaticano.

El caso Geoghan-Law refleja trágicamente de un solo brochazo las secuelas de la negligencia en el trato en los asuntos relacionados a la sexualidad del homo sapiens, y aunque los medios se han empeñado en denunciar al clero, las dimensiones del problema tocan delicadas fibras humanas de orden secular y ecuménico: así vemos cómo en 1625 el jesuita Gaspar de Villarias es procesado en México por haber cohabitado con 97 mujeres, muchas de ellas casadas; en Oaxaca el arzobispo Bartolomé Carrasco denuncia que el 75 por ciento de sus curas no observan el celibato. En octubre recién pasado documentos de la Arquidiócesis de Los Ángeles reconocen 560 casos de abuso sexual que involucran a 126 sacerdotes, con un presupuesto de gastos judiciales que podría trascender los 500 millones de dólares; en Dublín se hicieron públicas más de 100 acusaciones en contra de 26 sacerdotes de la Diócesis de Ferns, al sureste de Irlanda, país donde la educación primaria es impartida casi en su totalidad por curas católicos; en el Distrito Federal y en Los Ángeles, los cardenales Norberto Rivera Carrera y Roger Mohony respectivamente, parecen haber pasado por alto las 86 acusaciones de pederastia que inculpan al padre Nicolás Aguilar Rivera, abusador de menores; en un sector de Managua una comunidad entera se expuso por más de 20 años al abuso y la promiscuidad sexual de un sacerdote extranjero quien hasta el momento de su traslado a su país de origen, jamás fue removido de su cargo.

Los votos de castidad, prometidos por el joven que al besar el suelo y mientras resuena para siempre en sus tímpanos la bellísima Letanía de los Santos queda ordenado sacerdote, tienen parcialmente su origen en el Concilio de Trento, en 1546, en el marco dogmático de la contrarreforma y la muerte de Martín Lutero, el monje agustino que se rebeló ante el escándalo de las indulgencias, se casó con Katrina von Bora y prohijó el Protestantismo.

El tema de la sexualidad recobra palpitante actualidad con el pronunciamiento reciente del Primer Sínodo de Obispos convocado por Benedicto XVI, donde 256 obispos de los cinco continentes han decidido iniciar una inspección de los 229 seminarios en los Estados Unidos con el fin de detectar y eliminar a aquellos aspirantes que sean calibrados como “activamente homosexuales”, dando por sentado el hecho de que la preferencia sexual es un instinto domesticable, equivaldría a considerar que alguien está “activamente embarazada”, la preñez, al igual que la preferencia sexual, son estados definitorios que admiten muy pocas alternancias, como podría ser la preñez gemelar o el tener preferencias andróginas.

Error contumaz el de los sinodales al confundir pedofilia con homosexualidad, cuando el verdadero quid de la pedofilia no es la homosexualidad sino el pathos de la preferencia sexual de un adulto por un menor de edad, y esa patología no se elimina atajando homosexuales, que pueden ser perfectamente castos y quienes en su inmensa mayoría ni siquiera son pedófilos. Con esta nueva directriz quedarían precisamente impunes los pedófilos heterosexuales que también requieren de inmediata atención sicológica y de una urgente necesidad de reubicación geográfica en asilos de ancianos, cárceles de mujeres, capellanías hospitalarias donde no tengan acceso al objeto del deseo, y sin embargo puedan servir su misión sacerdotal.

Los postulados neurobiológicos más recientes sugieren que el cerebro humano es un órgano con género sexual innato y a través del núcleo dimórfico del hipotálamo, estructura cerebral que posee un potencial andrógino en todos los primates, el ser humano, hombre o mujer, suele manifestar desde tierna edad un impulso biológico definido, ya sea el deseo de aparearse con otra persona del sexo contrario o del mismo sexo, de tal manera que los genitales conforman el sexo genital. Los cromosomas XX (hembra) XY (hombre) el sexo cromosómico y el encéfalo determinan el sexo genérico que identifica al sujeto del deseo, define lo que la persona “siente que es” y el “ser” que esa persona desea, por lo tanto el órgano sexual predominante del género humano no estaría ubicado entre las pantorrillas sino entre los dos auriculares.

Durante los últimos cuatro años de su jefatura en el cargo de la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger enfrentaba todos los viernes por la mañana la penosa tarea de revisar una por una las quejas procedentes de los cuatros puntos cardinales de los sacerdotes abusadores sexuales. En la soledad de su estudio privado lo que leía le lastimaba la conciencia de tal manera, que a esas sesiones las llamó “la penitencia de los viernes”. Y el penitenciado oró, y entre la eternidad de la oración y la infinitud del Tiber, se convirtió en heredero de San Pedro, y ha sido llamado Benedicto XVI, patrón de Europa, y Pontífice Universal. Su homónimo Giacomo della Chiesa, Benedicto XV (1914-1922), promovió la reconciliación y detuvo el instigamiento antimodernista de su antecesor Pío X.

Dante, en su Divina Comedia reservó un lugar especial en el séptimo nudo del infierno para los simoniacos, “aquellos sacerdotes que abusaron del poder de la sotana”.

De igual manera, esperamos todos los creyentes que el Papa Ratzinger sepa cortar el nudo gordiano de los delitos sexuales y no soltar la misma plomada para los homosexuales castos y los que sufren diversos tipos de perversiones sexuales. La Doctrina de la Fe se dará cuenta que no sólo se ahorrará unos cuantos pesos sino que estará pisando firme en el terreno de la evidencia científica del siglo XXI.

El autor es médico.

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