Mauricio Díaz D.
“Con respecto a los perpetradores de la violencia, las condenas penales muestran una abrumadora mayoría de delitos cometidos por hombres, situados entre los 20 y los 34 años, y de nacionalidad costarricense. La participación de los extranjeros, y en particular de los nicaragüenses, en la delictividad es marginal. Por consiguiente, la información indica que la responsabilidad por los problemas de seguridad ciudadana del país recae, esencialmente, en los costarricenses”.
He extractado el párrafo anterior del “Informe Nacional de Desarrollo Humano 2005” del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo de Costa Rica, que nos ofrece un importante estudio acerca del tema de la (In) Seguridad Ciudadana, vinculando dicha problemática al desarrollo humano y ofreciendo un análisis científicamente estructurado de las nuevas amenazas a la seguridad, y su relación con la necesidad de plena vigencia de los derechos humanos fundamentales.
El estudio arroja datos y cifras clave para comprender las características de la violencia que afecta a la nación costarricense tomando como elemento de análisis comparativo la tasa de homicidio doloso (“acaso el indicador más confiable y comparable de los niveles de delictividad de un país…..”) para concluir que: “Pese a su visible aumento, la tasa de homicidio doloso de Costa Rica se encuentra hoy bastante por debajo del promedio mundial (10.7 homicidios por 100,000 habitantes) y es menos de una cuarta parte de la media más reciente disponible para América Latina (28.4 por ciento). La tasa costarricense continúa siendo una de las más bajas del subcontinente y se sitúa mucho más cerca de las registradas en las naciones desarrolladas de la OECD”.
Asimismo señala que “no existe evidencia de que la situación de inseguridad objetiva en Costa Rica haya entrado en una espiral descontrolada, o de que haya alcanzado niveles comparables con los de la gran mayoría de países de América Latina. El problema de inseguridad ciudadana en el país parece perfectamente controlable, sin necesidad de acudir a medidas draconianas y lesivas del Estado de Derecho”.
¿Qué significa esa información para nosotros? Creo en primer lugar que nos pone en una perspectiva objetiva de la dimensión real del problema, ni la situación es lo dramática que creemos ni nuestros compatriotas allá son la causa del problema. Veamos estadísticas de la población penal y podemos afirmar con orgullo que no son “los nicas” los mayores inquilinos en el sistema penitenciario de ese país. Y aunque el estudio no fue hecho, ni mucho menos, para que aparezcamos como “los buenos de la película”, sí es una verdad inmensa que los nicaragüenses allá no son la causa principal de los problemas de inseguridad ciudadana.
Si a este estudio agregamos los elementos contenidos en obras como el trabajo del doctor Carlos Sandoval García: “Otros amenazantes, los nicaragüenses y la formación de identidades nacionales en Costa Rica, o los monólogos de César Meléndez en su obra de teatro El nica, puedo afirmar que el debate en derredor del significado, la presencia y las consecuencias de esos miles de hombres y mujeres de carne y hueso que viven a lo largo y ancho de Costa Rica no es un saldo negativo ni en la economía ni en las ciencias ni en las artes sino lo contrario, una fuerza vital que enriquece a esa nación y nos permite lo que en otras ocasiones he llamado una “simbiosis mutualista” benéfica para ambos lados, aunque, por desgracia para nosotros provoca una fuga no sólo de mano de obra sino y sobre todo de cerebros.
¿Cuántos médicos nicaragüenses trabajan en Costa Rica? ¿Cuántos profesionales en tantas ramas de las ciencias y del conocimiento humano debieron irse por razones de la política, de la crisis económica o por los desastres de la naturaleza?
Nuestra gran deuda pendiente sigue siendo la creación de las condiciones para que un día no tengamos que abandonar el hogar y emigrar a tierras ajenas. Para que los que ya están viviendo en otras latitudes encuentren razones suficientes y seguras para el retorno. Obviamente esto pasa por garantizar la continuidad democrática y la consolidación de un Estado de Derecho, en un modelo de economía de mercado con equidad y con justicia social.
El voto que depositaremos en las próximas elecciones debemos entregarlo pensando en la nación nicaragüense como un solo cuerpo, pensando en “los otros” esos nuestros “otros” que confían en nuestras decisiones, pues está íntimamente vinculada a sus vidas y esperanzas.
El autor es diplomático, fue Embajador de Nicaragua en Costa Rica