Miguel Ernesto Vijil Ycaza
Junto con los demás centroamericanos, los nicaragüenses celebramos la independencia el 15 de septiembre, una fecha que a mí no me cae bien porque no me siento para nada orgulloso de lo que pasó en Guatemala ese día del año 1821, que huele a podrido y a pacto y cuyos protagonistas distan mucho de ser los mejores hijos de la Centroamérica de la época.
Los que sin ningún pudor suscribieron un documento oportunista y acomodaticio que apenas oculta las verdaderas intenciones, fueron los ricos comerciantes, los funcionarios reales que no hacía mucho habían perseguido salvajemente a los verdaderos patriotas y las autoridades eclesiásticas. Todos ellos interesados en conservar sus privilegios y en evitar cualquier auténtica transformación de las injustas estructuras coloniales.
Tenemos que buscar otra fecha más idónea para celebrar nuestra independencia, a menos que resolvamos adoptar como única efeméride nacional el 14 de septiembre que, por supuesto, es un día que me llena de orgullo y de fervor patriótico.
Creo que la fecha más idónea para celebrar nuestra independencia es el 22 de diciembre, porque ese día de 1811 el pueblo de Granada cogió en sus manos la dirección de sus propios destinos, quitándosela por la fuerza a una casta privilegiada de españoles y de criollos identificados con ellos. Se constituyó un gobierno local propio en el que se incluyeron representantes del pueblo llano; los pobladores de la ciudad se incorporaron a las milicias, las calles de cubrieron con barricadas, y se aprestaron los cañones y los fusiles. Granada fue libre hasta abril de 1812. Las autoridades coloniales se vieron obligadas a concentrar tropas traídas de Olancho en Honduras, San Miguel en El Salvador y Cartago en Costa Rica, para reforzar a sus propios milicianos locales y a los granadinos realistas opuestos al cambio.
Como Hidalgo en México y como los patriotas chilenos que se habían rebelado en 1810, los patriotas granadinos fueron sofocados por la fuerza. Después de un juicio amañado que duró casi dos años, fueron condenados a muerte, posteriormente conmutada a presidio perpetuo, los dieciséis principales jefes de la sublevación: Juan Argüello, Telésforo Argüello, Cleto Bendaña, Gregorio Bracamonte, Vicente Castillo, Juan de la Cerda, Manuel Antonio de la Cerda, Francisco Cordero, Joaquín Chamorro, José Dolores Espinosa, Faustino Gómez, Miguel Lacayo, León Molina, Manuel Parrilla, Juan Dámaso Robledo y Gregorio Robleto. Otros nueve fueron condenados a presidio perpetuo y ciento treinta y tres a presidio en diversos grados.
En una ciudad como Granada de ese entonces, con una población de entre cinco mil y diez mil habitantes, ciento cincuenta y ocho reos eran mucha gente, sobre todo si se suman los muertos durante los combates.
Por eso, como en México, Chile y otros países de América Latina, debemos recordar como el Día de la Patria, el día en que se dio ese primer grito de libertad.
El autor es profesor universitario.