Jorge Cuadra
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Un chinandegano en la corte de los Windsor
Jorge Cuadra
Para los chinandeganos no es una novedad ir al antiguo continente. Ya nuestros antepasados en el siglo XIX cruzaban el Atlántico como cruzar el gran lago de Granada y se iban a estudiar a un internado de Bélgica, como después nosotros nos fuimos a internar al Colegio Centro América de Granada. Para inicios del siglo XX, había ciertos comerciantes que solían viajar a Europa una vez al año, con el objeto de renovar los artículos de sus bien abastecidos almacenes de lujo con las últimas novedades de la moda de París. Es para la segunda mitad del siglo XX cuando empiezan a decaer los viajes al viejo continente, ante el desarrollo incontenible de los Estados Unidos, hacia donde se empezó a ir en viajes de negocios, de estudio y después de turismo.
Contaba uno de esos jóvenes del siglo en que el honor era lo más importante y el amor de una mujer se conquistaba en un duelo a muerte, que estando una de esas raras mañanas de sol en una calle del casi siempre nebuloso Londres, admirando la pasada de la carroza de la reina Victoria, se encabritó uno de los caballos que la halaban y él, en un gesto propio de su siglo, se lanzó temerariamente a la calle a calmar a la bestia encabritada, para que la famosa soberana no sufriera ningún percance. La reina Victoria, agradecida por el gesto temerario del osado joven, abrió la puerta de su carroza y le permitió que la saludara con un beso en su real mano
Suponiendo que el cuento hubiera sido cierto, que nosotros sepamos, ese había sido el chinandegano que más cerca había estado de un soberano europeo. Pero así como los barcos de vela fueron sustituidos por los de vapor y los coches tirados por caballos lo fueron por los de motor, los globos aerostáticos por los aviones de hélice y estos por los de propulsión a chorro, en un carnaval sin fin de adelantos y cambios, hasta llegar a los teléfonos celulares y al Internet, los que vinieron a destruir la velocidad y a mofarse de la distancia, dándonos a los hombres el poder de la ubicuidad, también un chinandegano del siglo XXI hizo trizas ese legendario acontecimiento, pues no sólo le besó la mano a la reina de Inglaterra, Isabel II, sino que fue admitido como embajador de Nicaragua ante la corte de Saint James, acto cuyo protocolo lo hizo alternar con el regio personaje, a quien la mayoría de nosotros sólo hemos visto a través de la televisión.
Ese chinandegano de pura cepa se llama Piero Coen Ubilla, hijo y nieto, no de Camborios, como diría García Lorca, sino de chinandeganos de quinta generación. Para Chinandega, ciudad huérfana de acontecimientos extraordinarios y en la que jamás pasa nada fuera de la realidad, este moderno cuento de hadas es un verdadero honor que debería ser tratado como tal, nombrando al joven embajador hijo dilecto y merecedor de las llaves de la ciudad que lo vio nacer.
Los habitantes de Chinandega debemos felicitar de todo corazón al nuevo diplomático y desearle mucho éxito en su distinguido cargo, en el cual estoy seguro que siempre tendrá en cuenta los intereses de la Patria que representa, por encima de los propios. Al mismo tiempo, le deseo una agradable estadía en la patria de Shakespeare, Lord Nelson y Churchill y alegres paseos por Picadilly Center, Bond Street y los estadios de futbol, en donde se lucen el Manchester-United y el Chelsea, por mencionar a los dos mejores clubes de futbol del país.
El autor es ingeniero