Honor a la Emperatriz de América

Federico Dueñas

Las múltiples apariciones de la Virgen María alrededor de este mundo son evidentes manifestaciones de su presencia, preocupación y amor por todos nosotros.

Ella procura la salvación personal de todos y cada uno de nosotros. Ella nos busca constantemente, nos envía mensajes y es la principal intercesora de nosotros ante su adorado hijo, Jesucristo.

Milagrosas apariciones como las que se dieron en Lourdes, en Fátima, y en el cerro del Tepeyac, en México, son anuncios, voz de alerta y aliento para el pueblo católico. Son milagrosos bálsamos para afrontar las aflicciones de los creyentes en este mundo bajo poder del Maligno.

En América nos podemos dar el “lujo” de tener a nuestra Virgencita de Guadalupe. Nuestra Morenita palpable y real en la milagrosa e incuestionable impresión policromática sobre el Tilma del Santo Juan Diego, la que continúa asombrando a científicos del mundo, sin encontrar respuestas lógicas a su presencia física entre nosotros.

La Guadalupana es un regalo excepcional de Dios que muchos marianos no hemos aprovechado a cabalidad. El Tilma es nuestro, es del pueblo católico mexicano y latinoamericano en primer término, y después, de los demás creyentes. Ella es nuestra madre, como lo es también de nuestro hermano mayor, Jesucristo. Este bello mensaje lo entendió a cabalidad Su Santidad Juan Pablo II e inmediatamente se rindió, con profunda humildad y amor, ante su gloriosa presencia, sin reparo alguno. Más bien, pletórico de gozo y alegría espiritual. La Guadalupana guardó en Juan Pablo II un sitio muy especial. La tuvo siempre a su lado. Ella estaba permanentemente presente en el extremo izquierdo superior de su escritorio privado, dentro de sus aposentos en el Vaticano.

¿Dónde la tienes tú ahora? ¿Qué lugar ocupa la Virgen de Guadalupe dentro de tu corazón, si es que te acuerdas de Ella? ¿O la buscas solamente cuando tienes problemas sin resolver?

La Madre de Jesucristo, al igual que todas las madres del mundo, se preocupa fanática y constantemente por el bienestar de sus hijos. Cuida que no nos falte lo necesario, que seamos limpios de cuerpo y alma y si (sus hijos) tenemos algún problema, producto del mundo tentador e insano, Ella nos protegerá y defenderá, así como lo hace nuestra madre natural. No puede Ella abandonar a sus hijos, así como tampoco dejó de cuidar a su hijo Jesucristo en la niñez, durante su vida pública y como sufrió junto con Él su terrible Calvario.

Lo triste de todo este grandioso esfuerzo virginal, es que nosotros somos quienes la abandonamos a Ella, los que no nos acercamos a su amoroso regazo. Es más, somos tan imprudentes y necios que, teniendo una madre en casa, muchos no la aman y respetan como ella se lo merece, llegando a extremos de miseria humana, como el que sucedió hace varios meses en Ciudad Sandino, donde un desnaturalizado hijo drogadicto, embrutecido por las drogas, aporreó salvajemente con un palo a su propia madre, porque ella ya no tenía dinero para que el desnaturalizado barbaján comprara más estupefacientes. Y ella, su golpeada madre, no sólo lo perdonó, sino que hasta pidió clemencia a la Policía para que no se llevaran a su hijo a la cárcel. Si eso hace una madre natural, tu madre, ¿qué no hará por ti la Guadalupana, quien tiene acceso directo a su hijo Jesucristo?

Si esto no es amor de madre ¿qué es el amor de madre? Amor infinito, incondicional e ilimitado, al nivel de heroísmo irracional. Pues de ese modo la Guadalupana nos ama a todos nosotros. Ella nos busca y quiere protegernos, quiere sentirse amada por nosotros, por sus hijos, así como se siente amada, respetada y escuchada por Jesucristo.

Por eso es que constantemente se aparece en distintos sitios de nuestro planeta. Para que sepamos que aquí está entre nosotros, que está presente en nuestras vidas y desea protegernos cubriéndonos con su manto celestial. ¡Maldito aquel que ofende a su madre! Maldito mil veces, pues también ofende a nuestra amada Guadalupana, ¡la Madre de Dios!

El autor es empresario

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