León Núñez
A un lado de la Iglesia Hosanna, la que está en la pista Jean Paul Genie de Managua, hay un gran rótulo, con estilo de propaganda comercial, que dice: “con Dios lo imposible no existe”.
Todos los días, de regreso de mi oficina a mi casa, leo el rótulo. Está tan apropiadamente colocado que es inevitable verlo. Yo creo que de esa diaria lectura vino a mi memoria algo que contradice lo que en ese rótulo se afirma.
Yo no sé si ese algo lo leí, lo escuché o lo inventé. Lo más probable es que lo haya leído en algún libro olvidado. Se trata de un principio teológico, según el cual —si mal no recuerdo— Dios puede hacer todo, menos una cosa: no puede hacer que lo que hizo no haya sido.
Es evidente que de conformidad con este principio Dios tiene algunas limitaciones. Por ejemplo, no puede hacer que la tierra no haya sido así como tampoco puede decir que los Diez Mandamientos no los dijo. Es más, no podría hacer que se dictara una “disposición marco”, de rango inferior a estos mandamientos, suspendiendo por un año la aplicación de las Tablas de Moisés.
El sábado pasado, mientras viajaba solo de Managua a Acoyapa estuve reflexionando sobre estas limitaciones teológicas, reflexiones que interrumpí cuando a las siete de la mañana hice escala en el empalme de San Benito. Todos los días a esa hora, en las comiderías de esa pequeña población se suelen celebrar breves tertulias de intercambio informativo entre los chontaleños que van a Chontales y los chontaleños que vienen a Managua .
Después de desayunar chicharrones, frito, moronga, chorizo, gallo pinto, maduro en gloria y café negro, seguí mi camino con la barriga llena y el corazón contento. Entonces reanudé mis reflexiones teológicas y precisamente cuando pasaba por el empalme de Boaco llegué a la convicción de que para quien no existe lo imposible es para la clase política nicaragüense. Lo puede hacer todo. No tiene limitaciones de ninguna clase. Basta señalar solamente algunas: no tiene limitaciones ni lógicas, ni morales, ni políticas, ni jurídicas, ni teológicas.
Durante el trayecto del empalme de Boaco a Juigalpa estuve pensando no sólo en la falta de limitaciones de nuestros políticos, sino también en su “pragmatismo despiadado”; en sus capacidades de comediantes consumados; en sus falsos moralismos; en sus piedades hipócritas; en sus coincidencias retóricas, y en sus insoportables verborreas para hacernos creer, utilizando palabras de Friedrich Von Hayek, de que “saben más de lo que en realidad conocen”.
En Juigalpa hice una nueva escala para saludar a una amiga. Al entrar a su casa sentí olor a nacatamales. Era el mismo olor de los nacatamales granadinos que todas las semanas, años atrás, me traía a Managua de regalo el doctor Antonio Morgan. Debo confesar que no hice esta escala para comer algo, pero el recuerdo de los nacatamales de Morgan, que los daba a hacer especiales para Arnoldo Alemán y para mí, me obligó a tomar la decisión de comerme dos nacatamales chontaleños, tan buenos como los granadinos.
Continuando mi viaje a Acoyapa con la barriga más llena y con el corazón todavía más contento empecé a meditar sobre el destino de un país en que todo puede ser verdad y mentira a la vez; de un país cuyos políticos lo pueden hacer todo, hasta tal punto que pueden hacer que lo que hicieron no lo hicieron, así como también pueden hacer que lo que no hicieron sí lo hicieron.
Estaba ya cerca de La Palma cuando creí haber encontrado en todo esto la causa de la inmensa pasión de nuestros políticos por la mentira, el cinismo, la ambigüedad y la doblez, lo cual explica con extraordinaria elocuencia el porqué en Nicaragua la inteligencia —la genialidad política— consiste en engañar a los demás.
Yo creo que la persona que llegue a conocer a nuestra clase política puede comprender mejor las razones por las cuales Nicaragua se sigue disputando con Haití el trasero de América. Pero lo más trágico de todo es que con una clase política como la que tenemos el futuro no es esperanzador.
Yo no sé por qué hay gente que se extraña de los permanentes como veloces vaivenes de conducta de nuestros políticos, cuando ya sabemos que para ellos lo imposible —la inmovilidad de los principios— no existe: pueden hacer que lo hecho no haya sido hecho, pueden hacer que lo dicho no haya sido dicho y pueden hacer que lo acordado no haya sido acordado. Por esta razón en este país no me sorprende absolutamente nada. No me sorprendería, por ejemplo, ir a una fiesta y ver de pronto alegremente bailando salsa a don Arnoldo con doña Lila, a don Enrique con doña María Fernanda, a don Herty con doña Rosario y a don Daniel con doña Carmen Cecilia.
Después de cruzar el puente sobre el río Monota, afluente del río Lóvago, y antes de entrar al downtown de Acoyapa interrumpí mis reflexiones, no sin antes pensar que en todos los pueblos y ciudades de Nicaragua debían colocarse rótulos que digan: “Para nuestra clase política lo imposible no existe”. Yo creo que, de esta manera, sería conveniente estarle recordando diariamente al pueblo nicaragüense que nuestra clase política es capaz de todo. Sí, así como suena, capaz de todo.
El autor es abogado.