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Autonomía y diversidad cultural
Ayer se celebró el Día de la Autonomía de las regiones de la Costa Atlántica, celebración que lamentablemente fue eclipsada por el huracán Beta, que puso en estado de alarma no sólo a la población del Caribe sino también a la de todo el país, que siete años después aún no se recupera de los daños causados por el devastador huracán Mitch.
Pero con huracán o sin él, la autonomía de las regiones de la Costa Atlántica es un motivo de celebración nacional, porque representa una de las más importantes conquistas democráticas del pueblo nicaragüense. Al respecto, hace dos años expresamos en esta misma columna editorial (Autonomías y democracia), que: “En el sistema democrático el Estado se legitima por medio del ejercicio del derecho a la autodeterminación de las personas, entendiendo ésta como el reconocimiento de la autonomía individual y del gobierno elegido por el pueblo, o sea, la facultad de los ciudadanos de elegir su sistema gubernamental y de autogobernarse. De manera que —agregamos— donde no se ejerce el derecho a la autodeterminación, es decir, a las autonomías municipales y regionales, el Estado no es democrático. Y, por el contrario, si el Estado es democrático tiene que fundarse inevitablemente en el reconocimiento de las autonomías”.
Como se sabe, el Día de la Autonomía se celebra cada 30 de octubre para conmemorar la aprobación del Estatuto de Autonomía de las regiones de la Costa Atlántica, en 1987. Y cabe señalar que en la parte considerativa de dicho Estatuto se estableció que “el proceso de autonomía enriquece la cultura nacional, reconoce y fortalece la identidad étnica; respeta las especificidades de las culturas de las comunidades de la Costa Atlántica; rescata la historia de las mismas; reconoce el derecho de propiedad sobre las tierras comunales; repudia cualquier tipo de discriminación; reconoce la libertad religiosa y, sin profundizar diferencias; reconoce identidades diferenciadas para construir desde ellas la unidad nacional”.
Vale la pena destacar la referencia a las “especificidades de las culturas de la Costa Atlántica”, porque a nuestro juicio esa es la mayor riqueza que poseen las comunidades de nicaragüenses del Caribe, que en conjunto con las del Centro y el Pacífico del país forman la nación nicaragüense.
Cada zona o región de Nicaragua posee una apreciable y bien reconocida diversidad cultural. Sin embargo, la de la Costa Atlántica de Nicaragua tiene rasgos muy particulares por los diferentes orígenes históricos de las etnias caribeñas, por la influencia externa distinta a las que marcaron la identidad cultural de las comunidades del Centro y el Pacífico del país, y por el pluralismo lingüístico, que es característico de las regiones atlánticas.
Por eso es que nos sorprendió la información de que el Gobierno nicaragüense se abstuvo en la votación del Convenio Internacional para la Protección de la Diversidad Cultural, que fue aprobado la semana pasada por la 33 Conferencia General de la Unesco, con 148 votos a favor, dos en contra (Estados Unidos e Israel) y cuatro abstenciones: Nicaragua, Honduras, Liberia y Australia.
Por lo que sabemos, el aspecto medular del Convenio para la Protección de la Diversidad Cultural es el precepto de que la cultura no debe ser considerada como una mercancía más, y que otorga a los Estados “el derecho soberano a impulsar y proteger su producción cultural, material e inmaterial, con toda medida que consideren oportuna”. Al parecer esta connotación estatista fue la que motivó el voto en contra de Estados Unidos, cuya delegación en la conferencia de la Unesco expresó el temor de que por este tratado los pueblos no van a disfrutar sus propias expresiones culturales, sino las que les impongan los gobiernos.
Este temor de Estados Unidos es comprensible, si se considera que la mayor parte de los países de la ONU —y por lo tanto de la Unesco— están gobernados por regímenes autoritarios y estatistas. Sin embargo, los países de la Unión Europea que son solventemente democráticos sí apoyaron la Convención, que además fue particularmente impulsada por Francia. De manera que el Gobierno de Nicaragua debería explicar por qué fue que estuvo en el reducido número de países que se abstuvieron de aprobar la Convención para la Protección de la Diversidad Cultural, siendo este país tan culturalmente diverso y plural.