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Al final de cuenta el país marcha. Mal, pero marcha. Como dijo una diputada por ahí: el gordo es ladrón, pero es nuestro ladrón. Lo decía en referencia a unas declaraciones (calificadas de injerencia) que un alto funcionario de Estados Unidos dio en Nicaragua. Finalmente terminó negociando el DR-Cafta, a pesar de haberse vociferado por meses que emplearían las turbas para que nunca fuese ratificado.
He visto en Nicaragua —donde más de un millón y medio de personas viven en un estado de desnutrición, ochocientas mil personas, según últimas cifras de la FOA, con daños permanentes en su humanidad por falta de buena nutrición— el desfile más impresionante de caballos de pura sangre. Cada uno de estos dos mil jinetes acompañados por su propia cuadrilla de mozos como un recuerdo de la mejor época feudal, que se encargaban de subirles y bajarles de sus sillas de montar y les tenían siempre llenos sus vasos de cerveza, ron, whisky o aguardiente. Haciendo un estudio rápido logré enterarme que cualquier corcel de estos tiene un costo promedio de 15, 20 ó 30 mil dólares, y su mantenimiento mensual oscila entre US$500 y US$1,000. Cualquier emergencia en la salud de estas bestias le cuesta a su dueño entre cinco o diez mil dólares. Estoy hablando de Nicaragua señores.
¿Qué ocurre en Nicaragua que existen organizaciones bien montadas para darse esta clase de entretenimiento, pero no existe el mismo ánimo para formar o apoyar organizaciones que luchen contra el hambre, la pobreza, el analfabetismo y la desnutrición. Yo no sé qué pensarán los poderosos, pero un pensamiento elemental es saber que un pueblo desnutrido es deficiente; que un pueblo deficiente es vulnerable; y que un pueblo vulnerable está en manos de los caudillos.
Ahora entiendo por qué Nicaragua está en la situación que está.