Orlando N. Bonilla
Después de haber cumplido un siglo de conflictos políticos internos e iniciar con cinco años más de lo mismo, a veces me pregunto: ¿Quiénes somos los nicaragüenses? ¿Por qué somos así? ¿Somos el nicaragüense que nos retrató tan fielmente Pablo Antonio Cuadra?
Sin ser historiador ni uno de los famosos politólogos criollos, sino un ciudadano honesto, trabajador que ama a su Patria, como somos la gran mayoría de los nicaragüenses a quienes nos ha tocado vivir toda la vida en una constante angustia política, económica y social, la pregunta obligada es: ¿cuándo vamos a mejorar?
Todo el siglo veinte nos vimos forzados a vivir en constantes luchas fratricidas, derrocamientos presidenciales, asesinatos políticos, revueltas mal llamadas patrióticas, crisis de poderes, dictaduras, una revolución onerosa y sangrienta y siempre con la muy visible injerencia extranjera de una potencia u otra.
Sobre este injerencismo político del que hablo, todos estamos de acuerdo que los problemas nuestros internos deberán ser resueltos por nosotros mismos, pero, ¿podemos hacerlo?
Las experiencias pasadas nos indican que no podemos. Siempre como niños mal portados necesitamos que venga un papá con una tajona a decirnos qué debemos de hacer. Así fue cuando Zelaya, Díaz, Chamorro, Somoza y Ortega. Siempre ha sido así. No podemos resolver los problemas sin nosotros mismos llamar a los extranjeros, ya se nombren Estados Unidos, OEA, ONU, UE y hasta a los mismos soviéticos. Todos han participado en nuestras decisiones al llamado nuestro.
Con gran nacionalismo salimos proclamando nuestra independencia de resolver nuestros propios problemas, pero seamos realistas: si no viene alguien de afuera a decirnos con mano dura qué debemos de hacer, seguimos siempre en crisis. Claro que los políticos están encantados —ya que además de hacer los que más les gusta, que es hablar y hablar sin hacer nada, salir en los medios de comunicación constantemente y pretender ser los salvadores de Nicaragua pensando en las elecciones siguientes— lo que hacen es alargar la crisis para justificar su sueldo. Pactos, componendas, aparentar ser adversarios políticos, oponerse a todo y a nada y el día de pago, sublime júbilo.
En los últimos 30 años, Somoza se fue por la presión de otros países y Ortega dejó el poder por la misma razón. Los de afuera no vinieron sin ser solicitados, nosotros los llamamos. ¿Presión injerencista? Quizás, pero, cómo estaría el país sin ese injerencismo? ¿Qué opina el ciudadano medio? ¿Podríamos nosotros solos haber derrocado estas dos dictaduras?
Actualmente veamos el problema del río San Juan. No hay duda que los ticos no tienen ninguna razón de llevar este asunto a la Corte Internacional de La Haya. Está clarísimo que la soberanía e imperio del río San Juan es de Nicaragua, y hay que defender ese derecho. Pero los ticos, astutos como son, se aprovechan de nuestra debilidad política y de nuestros constantes pleitos internos para debilitarnos aún más. Dicen: aprovechemos a estos nicas que sólo pelear entre ellos saben y que están tan lejos de nuestro crecimiento económico y social y no están a nuestro nivel.
Ahora es la oportunidad de las clases gobernantes de Nicaragua de demostrar que también podemos defender nuestros derechos en las cortes internacionales. Pero también es nuestra oportunidad de demostrarles a los habitantes del departamento de Río San Juan que Nicaragua vela por ellos y que ya no deben de depender de los ticos para sobrevivir. Sólo nos acordamos de ellos cuando hay conflictos de este tipo y los gobernantes y políticos se hinchan de patriotismo y nacionalismo. Patriotismo sería dedicar un presupuesto especial lo suficientemente grande para construir carreteras, escuelas, hospitales, dar las condiciones para crear fuentes de trabajo. Así los nicaragüenses que viven en esa región no tendrían que depender de Costa Rica para su buen vivir. Regresemos a estos ciudadanos a cubrirse con la bandera azul y blanco y que no sigan con emociones mixtas de su nacionalidad.
¿Cuándo vamos a entender esto? La clase política desde que yo recuerdo no ha sido patriótica. Pegan gritos de que sólo los nicaragüenses podemos arreglar nuestros problemas, es cierto, pero se les olvida decir que lo podemos hacer pero bajo el garrote de extranjeros.
Habrán unos que cuando lean este artículo dirán que soy un antinacionalista, vende patria, etc., etc. No. Soy un ciudadano nicaragüense —como miles otros— que quiere el bienestar del país. Pero también seamos prácticos: no podemos ser limosneros y con garrote.
A veces los políticos nos inducen a un orgullo falso cuando debiéramos ser pragmáticos. Debemos ser orgullosos de ser nicaragüenses pero reconocer la hipocresía de casi todos los que nos gobiernan.
El autor es Administrador de Empresasy Consultor de Negocios Internacionale