La censura literaria es un poder

Raoul Shade

La censura literaria es ante todo un poder político. Jorge Luis Borges nos recuerda que Alejandro censuró la Metafísica de Aristóteles; Platón y Heráclito censuraron la obra de Homero. Pero en el caso específico al cual me refiero, la censura literaria en Nicaragua, supone un registro continuo de quien amerita y quien no ser reconocido como poeta o escritor.

Es una técnica de poder, disfrazado en arte, cuyo instrumento fundamental estriba en el examen de admisión a la cúspide de la pirámide intelectual de los elegidos, que se encarga de discriminar a los poetas y escritores, juzgarlos y utilizarlos a su conveniencia política. La censura es ante todo una manifestación de la intolerancia y arrogancia intelectual.

“El hombre no es un animal extraño/ es sólo un animal que ignora y que desprecia/ y alcanza la verdad por la puerta del fuego”. ( Roque Dalton)

Cuando el telón se levanta mostrando al censor literario, esa tradición aberrante ya formaba parte del gobierno revolucionario de los años ochenta y ahora estos escritores y poetas, miembros de consejos editoriales, resuelven socavar y minar la libertad de expresión mediante la censura, la cual es la más despreciable de todas las agresiones en contra la creatividad del artista.

Éstos censores literarios de los suplementos culturales y reporteras que se dejan censurar son peores aun que los censores revolucionarios, porque se supone que el arte no se presta a estas aberraciones. No sé qué afinidades o divergencias nos revelaría el cotejo de la censura política de los regímenes de derecha e izquierda con los editores y editoras, quienes utilizan su poder de manera arbitraria y selectiva.

Lo único que sé es que impedir que se critique a sus íconos culturales, como por ejemplo a poetas mediocres como Ernesto Cardenal, no es aceptable bajo ningún punto de vista intelectual. Mucho me temo que no conseguiremos librarnos, como diría Roque Dalton, de los poetas despalabrados, mientras sigamos creyendo en el fetiche del lenguaje, con esa tartamudez del espíritu, característica de los poetas estériles, que aspiran criptas en los recovecos de las catedrales.

Que sean los lectores que lo defiendan, con argumentos legítimos. La censura no es un argumento legítimo, sino una perfidia rendida en holocausto a su oscurantismo medieval. La censura combate las ideas a base de suprimir, eliminar lo que no concuerda con la ideología imperante del momento. Arroja páginas muertas y restos de cobardes soberbios que envenenan el arte con su mal aliento. La censura es la peor enemiga de la integridad artística.

El autor es periodista.

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