Violeta Granera Padilla
Personas como yo, que no frecuentamos mucho a Zelmira García, podemos relevar la dimensión trascendental de esta mujer admirable. No siento el dolor de la separación física —apenas lo tuve, repito— pero no puedo esconder el gozo de haber sido interpelada por su obra. Por el toque de su “gracia”. Por el ejemplo y estímulo de una mujer nuestra, que pese a su temprana lucha contra serios problemas de salud fue capaz de mirar más allá de sí misma. De mirar y de actuar por nuestros niños y niñas “de la calle”. Esos seres pequeños y vulnerables que nacen y crecen como el más flagrante resultado de nuestra inoperancia política, al lado de los cuales pasa cada día rampante y campante, nuestra más deleznable indiferencia humana.
Es esa parte de Zelmira, la que me ha motivado a compartir con ustedes la parte imperecedera y esencial de toda persona que —como ella— decide vivir su vida para el amor y la solidaridad. Porque Zelmira vivió para recordarnos que el amor con generosidad, entrega y compromiso con los demás, no es un asunto etéreo. No es un concepto ajeno a la política y a la sociología. No es una práctica reservada a los claustros de antaño, a determinadas creencias religiosas o a los círculos de familiares, amigos o conocidos. Ella nos demostró que esa clase de amor en realidad es la esencia de la política y de la sociología. Nos demostró que en realidad es la fuerza que mueve a la humanidad en su propia evolución. Y que su ausencia es justamente el mayor obstáculo político para construir una sociedad que respete el derecho humano fundamental a la felicidad y la autorrealización.
Zelmira hizo práctica el amor de forma tal, que su muerte física es sentida profundamente por las personas que gozaron de su compañía, de su liderazgo, de su capacidad de empatía y de su misericordia inmediata (no titubeó en poner la miseria de nuestros niños y niñas en su propio corazón adolorido). Lamento la muerte de esa parte de Zelmira, su parte de mujer amiga, de fuerte luchadora, de estoica doliente… esa parte de Zelmira que su sonrisa, su animosidad, y su clara determinación permitía vislumbrar aún en encuentros casuales y esporádicos. La última vez que tuve uno de mis pocos encuentros con ella fue a una cuadra de distancia, en la manifestación cívica de Managua, cuando las pocas personas que habían llegado a tempranas horas de la mañana me tenían paralizado el corazón con la duda… entonces vi a Zelmira en su inseparable silla de ruedas. Y sabiendo que eran sus últimos días de lucha terrenal comprendí que sólo ella era como toda la manifestación. Sólo ella representaba a un pueblo que no se deja vencer por el infortunio. Lamento por ello que no se me ocurriera hablar con los organizadores para pedirles que Zelmira encabezara la marcha. Delante de las gigantonas, de las pancartas, inclusive delante de las banderas. Porque, ¿qué símbolo, qué estandarte, qué signo podía ser más precioso y actual que el ejemplo de esta mujer que pasó su vida luchando por conservarla para la política en su acepción de búsqueda de la felicidad y del bien común para nuestra niñez más vulnerable?
Nunca supe sobre sus preferencias ideológicas —no lo sé—. No supe si tuvo militancia partidaria. No supe su condición socioeconómica. No supe su estado civil. Debo confesar que hasta el día de su entierro ni siquiera sabía de su pertenencia familiar. Pero conocí lo esencial e inmortal de Zelmira: la lección de una mujer nicaragüense que respondió como la Juana de Gioconda Belli: “¿quién se atreverá? Yo me atreveré!” Que se atrevió a romper los esquemas imperantes, haciendo del amor y la política un inseparable verbo de esperanza y la crítica más dulce y constructiva que he recibido en los últimos años. Gracias, Zelmira.
La autora es secretaria ejecutiva del Conpes.