Emilio Álvarez Montalván
El próximo año, el gobierno noruego conmemorará con todo esplendor el centenario del fallecimiento del célebre dramaturgo y poeta Henrik Johan Ibsen, cuya extensa y polifacética obra aún es de actualidad por el gran impacto producido en la cultura occidental. Esa repercusión de su fama hará que las celebraciones sean compartidas más allá de la península escandinava, incluso en Nicaragua. Sin embargo, para entender la personalidad de este genio precisa conocer, como él mismo lo recomendó, la desconcertante geografía de su país, plena de contrastes. Ahí preside y condiciona un clima carente de luminosidad y calor, lo que según Ibsen explica el temperamento frío de los noruegos, centrados en sus propios asuntos y desde luego introvertidos, aunque serios y confiables cuando empeñan su palabra. No obstante, lo que salva a Ibsen de esa tendencia al aislamiento fue su larga permanencia de 27 años en Europa meridional, donde el paisaje polícromo y cálido invita a compartir amistades, teniendo de la vida una visión más optimista y comprometida. Ese entorno lo volvió comunicativo, estimulándolo a la reconciliación con sus compatriotas, volviendo inevitable su regreso a Noruega cargado de reconocimientos en el extranjero. No obstante, los desdenes recibidos de sus conciudadanos no impidió que Ibsen abandonase su identidad con su país natal.
Sin embargo, lo impresionante y moderno de Ibsen es su perseverante batalla por la autenticidad y la libertad de las personas, que las quiere despojadas de todo convencionalismo avasallador y mentiroso. Es un sentimiento que concentra sobre todo en la mujer para quien reclama el derecho de la igualdad ante el hombre, rompiendo tabúes ancestrales. De ahí que su obra Casa de muñecas, recibida al principio como una pieza teatral escandalosa, fuera finalmente aceptada como un esfuerzo pionero en la liberación femenina .Eso lo prueba el sorpresivo final de Casa de muñecas cuando Nora Helmer da un portazo al salir de su hogar, dejando atrás marido e hijos, renunciando al papel de muñeca, primero de su padre y después de su marido, quienes disfrazaban con el trato protector y dulzón, el atribuido papel de mero adorno intrascendente. Ibsen se deleita denunciado la doble moral del hogar noruego del siglo XIX, desgarrando los telones que ocultan los secretos guardados en el closet de la conveniencia social. A pesar de esta defensa del “sexo débil” Ibsen no fue un feminista, pues su bandera era más amplia, la de un campeón de la libertad para todos.
Otra obra señera de Ibsen es Peer Gyn, en la que un joven inquieto, aventurero e irresponsable, que encarna muchos de los caracteres negativos de sus contemporáneos, conserva la capacidad de amar a Solvein, su abandonada novia de los verdes años. Ella, como Penélope, le espera sin rencor ni reclamo, arrullada con la canción llena de dulce melancolía que Edward Grieg, otro famoso noruego, inmortalizó en la ópera del mismo nombre. En todo caso, los críticos de Ibsen lo consagran como el paradigma del dramaturgo europeo moderno, exponente de la cultura europea. Sólo Molière y Shakespeare lo equiparan.
Por otra parte, lo profundo de los dramas ibsenianos en prosa o en verso es que exploran el subconsciente de sus personajes, a quienes mantiene angustiados frente al dilema entre el ideal ético y la realidad dionisíaca. A ese propósito, algunos de sus biógrafos encuentran en Ibsen una indiscutible influencia de Sigmund Freud, evidenciado en los pliegues oscuros del alma humana que presenta en símbolos inescrutables que nunca desaparecen por completo y que Ibsen resumió en su obra-epílogo, Cuando los muertos despierten, que fue sin duda un heraldo de su fallecimiento acaecido en 1906.
La lista completa de las obras de Ibsen es tan extensa, que sólo mencionaré las más destacadas: Brand, Los espectros, Los pilares de la sociedad, Un enemigo del pueblo, La dama del mar, El pato salvaje, Catilina. En cuanto a su producción poética, de ella dijo Benedetto Crocce que era una poesía desesperada.
El autor fue Canciller de Nicaragua.