Joaquín Absalón [email protected]
¿Qué se hizo la silueta porteña de Nueva Orleáns? Donde está la clave donde se clavó tanto la jerga? Está de duelo el movimiento de la vida. Callados los vapores del Mississippi en cuyas entrañas nacieron los muelles asaltados por el ojo turbulento y atómico (así la llaman) de una mujer cuyo nombre es Katrina. Cómo anda la ondulación del Mississippi en cuyas aguas anduve, río de acción, de navegación de turismo, de convergencia en el comercio fluvial.
No podían quedar en el vacío los recuerdos de un cúmulo variado de pasiones en Borbon Street, el Barrio Francés, Canal Street y otras vertientes. Supongo que la oscuridad inaudita apagó las luces amanezqueras de los 346 cabarés sucesivos de Borbón y calló también al jazz que ahí lucía sus más provocativos entusiasmos.
Desprendidas están las letras de Louis Armstrong cuyo nombre lleva el aeropuerto en una ciudad más enamorada de los artistas que de los políticos.
Ignoro si están juntas todavía las célebres referencias culturales de las universidades de Loyola y Tulane.
Tampoco conozco el destino integral del barrio francés, donde el arquitecto por mucho que haya padecido la tentación de la modernidad, no era capaz de hacerle ningún retoque. Tan bella era su fisonomía reveladora de los viejos siglos. Pero Katrina no vaciló en echar al mar tanta pieza mimada que hacían larga su cadera, su tránsito sexual, el sexismo subversivo donde miles de vírgenes empaparon de sangre las alfombras de su inocencia.
El mundo no escapa de la huracanada en boga. Huracanes acuáticos, políticos y económicos. Tres estilos devastadores. ¿Pero quién es el culpable? No es la naturaleza, es el hombre. Esos monstruos de ojos solitarios no dejan ni las huellas de las bandas de agua en espiral porque tienen su temporada de redención y de desintoxicación. Sin embargo, conocido ese proceso de liberarse de las aguas sobrantes al que bien podría llamársele “de depuración”, la existencia humana se finca en las zonas costeras, o mal parqueada encima del agua misma.
Nueva Orleáns fue la que más cómodamente cupo en las tapas llenas de sal del fenómeno. La vitrina costera más vulnerable de cuantas exhiben su majestad frente al mar. Empero éste avisa desde donde nace el proceso. Esta vez tuvo su cuna en Bahamas. Los huracanes tienen su “instinto de conservación”. No quieren rendir el rey de su poder. Se vuelven cada vez más feroces lo cual debería promover una honra preocupación a partir de escalas científicas, religiosas y esotéricas.
Desde el ámbito de la ciencia, el mundo tiende a calentarse más. Se siente no sólo la globalización económica sino la globalización climática. El calor asume la corona en el planeta. Nada nuevo es afirmar que el origen de los huracanes está en las altas temperaturas. Es del fuego paradojal del agua, profundo y rebosante donde salen esos ojos. Sin embargo el ser humano no repara en la travesura mortal de construir y vivir en las cercanías del mar.
Preocupa Miami, sede de las familias partidas y ciudad aledaña a Nicaragua por razones conocidas a la que vamos y venimos cada vez que se recibe un hincón de la sensibilidad filial.
Las costas están muy pobladas. Millones huyen cada vez que la voz o la tinta o la imagen del comunicador, se refiere a los huracanes monstruosos. “Nunca se termina de aprender”.
Concluye la pesadilla y ya otra revelación de la naturaleza puede estar incubándose. Es la terrible reincidencia de la fila caliente.
El autor es periodista.