Joaquín Absalón [email protected]
Nadie ha sido capaz de ponerle su justo valor al tesoro de la vida. Tan encumbrado es su caudal que en la perspectiva de dimensionarla, al más exacto pronosticador le corresponde sumergirse en la hipótesis.
Sin embargo, semejante privilegio puede ser extirpado en la fugacidad de unos segundos por cualquier motivo: mínimo o grande. Y es en esas circunstancias donde es fácil decir “que la vida no vale nada”, una deducción tajante impulsada por el horror del fatalismo.
Todos estamos expuestos a ser físicamente eliminados por los protagonistas de la virulencia. Unos por sus valientes actitudes de denuncia —los periodistas— a pesar de contar con la premonición de orbitar en las posibilidades del ocaso. Otros sin presentirlo o prever la viabilidad de ser excluidos de estos parajes en el mismo “santiamén” sólo porque el prosaísmo tuvo un antojo o se valió de lo injustificable para condenar con la muerte a un ser que no la merecía, no debía ser suprimido así, con el odio evidenciado en dos balazos sobre la espalda.
¿Cuál sería el caso del periodista y corresponsal de LA PRENSA, Adolfo Olivas? ¿Fue víctima del asalto súbito, no programado, incoado en la cabeza que repentinamente transformó su modo de ser? ¿O esa madrugada se cumplió con la sentencia planificada por los sectores aludidos en su denuncia?
Cualquiera de las dos hipótesis o de las muchas que podrían caber en los escenarios de la imaginación y de la lógica, certifica por la reincidencia de los crímenes que el talentoso novelista Gabriel García Márquez, no estaba en lo cierto cuando con holgura risueña afirmó que “el periodismo es el mejor oficio del mundo”. Yo diría, más si lo pongo en su tierra natal, Colombia, que el periodismo es el oficio más peligroso del mundo.
Ciertamente ejercerlo tiene todos los atributos de ser placentero para la conciencia pero a un costo muy elevado. El ir y venir de la ocupación está lleno de hermosuras inconmensurables como la de decir la verdad consciente del riesgo de desnudarla en el tapete público, de morir crucificado no en la cruz sino en la nada de la esquina. Debe ser el mejor oficio desde el punto de vista de cultivarse en el territorio donde la razón se impone a la fuerza, al diabólico frenesí de quienes se creen los dueños de la existencia impropia que sólo la es de quien dispone de ella porque así lo contempla la soberanía individual.
Pero cual es en este planeta convulsionado, el territorio donde la razón se impone a la fuerza. La profesión es por lo tanto peligrosa en cualquier parte del mundo por las pretensiones de una insólita y poderosa industria. La industria de producir y comercializar lo prohibido a base de matar a todo lo que le estorbe.
El drama se agudiza más cuando se sabe que vivimos en un país desprovisto de justicia donde algunos jueces acarician la posibilidad de cazar un “venado” carnoso y decisivo para hacerles cambiar felizmente el rumbo de sus vidas. Si la hubiera, otro gallo nos cantara en el alba quebrantada por esas noticias como la del asesinato contra Adolfo Olivas, destruyen el optimismo con que uno se levanta con la aspiración de ser abrigado por las sustancias de un día mejor. Otro gallo cantara porque hay sentencias judiciales que pueden ser inspiradoras de la recomposición de los inclinados a ultrajar la paz de la sociedad y sentencias negativas que lejos de ser factores para el escarmiento sirven de aliento a los transgresores.
El narcotráfico quiere poner a Nicaragua, tranquila, pastoral e ingenua, a circular por los corredores del escándalo para lo cual cabe alarmarse y esperar más de lo peor.
El autor es periodista.