Migdonio Blandón B.
Con toda sinceridad me permito felicitar al Diario LA PRENSA por la valiosa publicación del bien presentado suplemento intitulado Libro de valores, cuyo contenido artísticamente impreso, cual suculento y variado menú se sirve tres veces por semana. De la invaluable riqueza de su enseñanza vale la pena nutrirse, compartirla en el hogar y a la vez transmitirla a quienes no les ha llegado para así alcanzar una vida mejor.
Los humanos, como criaturas predilectas de Dios, por su gracia e infinito amor al darnos el don de la vida, a todos sin excepción nos ha creado a su imagen y semejanza. Como tales, estamos llamados a que durante nuestra existencia terrena sepamos utilizar los dones de inteligencia, libertad y voluntad que es lo que nos diferencia de los animales. Dichos dones traducidos a valores, si se viven dignamente, hacen trascender a un plano superior.
Desde el principio de los tiempos, el Supremo Creador ha querido que en general todos los humanos, por el privilegio de su semejanza, al darnos el don de la vida y al final de esta peregrina existencia terrena, trascendamos a Su presencia a rendirle cuentas del uso que de ella hicimos e incluso de lo que a diario también recibimos para, a su debido tiempo, dar a cada quien el premio o castigo merecido.
También desde el principio Dios, por distintos medios, ha querido guiarnos por el camino de la rectitud. En la sagrada Biblia, dictada por Él, están las sabias enseñanzas de sus profetas. De manera especial como fórmula básica para vivir a plenitud y a su ineludible fin trascender a las moradas eternas que el Dios Hombre, Cristo Jesús, ha ofrecido a quienes le sigan está el Decálogo recibido por Moisés en el Monte Sinaí.
Dicho decálogo popularmente conocido como “Mandamientos de la Ley de Dios” el cual además de ser la fórmula eficaz que permite ordenadamente disfrutar a cabalidad de una vida plena es y ha sido en parte base primaria de casi la generalidad de las constituciones las cuales, al menos en teoría, rigen la mayoría de los distintos países civilizados del orbe siendo ella también fuente intrínseca de los valores personales.
El primer mandamiento es: “Amar a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”, en este mandamiento se encierra todo lo demás. Si se cumpliese a cabalidad, con el goce de la vida plena se trascendería a un eterno disfrute mayor. Aunque la fragilidad humana si se apoya en su enfermizo ego y tergiversa el verdadero sentido del amor, que sólo en Dios está, si falta su asidero, poco o nada aquí o en el más allá se logrará.
Conscientes del especial privilegio que con la vida hemos recibido, que nos hace ver nuestro origen y destino, estamos sumidos en la penumbra de la duda al faltar la gracia de la fe, es básico que sin prejuicios, con sincera humildad, la imploremos al Altísimo, ya que sin su gracia ni el más sabio raciocinio, buscándola por todos los vericuetos de la ciencia, la encontrará. La fe sólo Dios la da a quien se la pide con humildad.
Haciendo vida los valores cristianos, morales y cívicos que con tan buen sentido a pequeñas dosis estamos recibiendo y cuando más lo estamos necesitando. Sólo Dios sabe lo mucho que estaríamos ganando en lo personal, lo familiar, lo comunitario, lo nacional y así, de núcleo en núcleo, en lo mundial como el vigésimo encuentro de jóvenes en Colonia, Alemania y otros más que al presente se están produciendo con el afán de alcanzar una vida mejor.
Que el Señor nos ilumine, aumente nuestra fe y nos ayude a conseguirlo.
El autor es empresario privado nicaragüense