De la juventud a la ancianidad

León Núñez

La peña El Bejuco estuvo inactiva durante un mes. Esto explica mis treinta días de silencio en LA PRENSA. Quiero manifestar una vez más a mis lectores que yo me limito a contarles lo que yo oigo y observo en las sesiones de la peña. La verdad es que si no se celebraran esas reuniones yo no tendría nada que contar.

La sesión se celebró el sábado pasado. Yo creo que fue la sesión más larga de toda la historia de la peña: duró seis horas. La circunstancia de que a esta reunión no haya faltado ninguno de sus miembros se debió al hecho de que se avisó con dos días de anticipación de que no se iba a hablar de política. No hay duda de que los miembros de El Bejuco continúan hastiados de los políticos nicaragüenses.

El presidente de la peña después de saludar a los presentes dijo que desde hacía varios meses quería plantear la necesidad de incorporar a gente joven; y que para comprender esta necesidad se debía tener en cuenta que El Bejuco está compuesto en un 42 por ciento por viejos y en un 58 por ciento por ancianos.

En este momento se produjeron muchas protestas a las que siguió una discusión fenomenal. Conclusión: todos los que hablaron se consideraban —se sentían— jóvenes. Incluso los que tenían setenta años se sentían biológicamente de veinticinco. En ninguno coincidía su edad cronológica con su edad biológica. Pero volvió a hablar el presidente de la peña y dijo que para que sus compañeros de peña no murieran engañados quería dar a conocer su nueva tesis científica sobre las diversas etapas de la vida de las personas.

Según esa tesis la vejez es un proceso que empieza a los cuarenta años y termina a los sesenta, y que como no es lo mismo ser un viejo de cuarenta años que un viejo de cincuenta y nueve, habría que establecer dos etapas. La primera etapa de la vejez comprende de los cuarenta a los cincuenta años y la segunda etapa comprende de los cincuenta a los sesenta. En la primera etapa está “el viejo o la vieja menor”, y en la segunda etapa está “el viejo o la vieja mayor”.

El presidente de El Bejuco explicó una serie de razones científicas —que por limitaciones de espacio no puedo exponer en este artículo— para demostrar que la vejez empieza a los cuarenta años y señaló que en este sentido la eroticometría es muy reveladora, pues los niveles de satisfacción de la voluptuosidad que son altos en una mujer de veinte años empiezan a bajar dramáticamente cuando una mujer cumple los cuarenta abriles.

Siguió expresando mi paisano, como cosa curiosa, que la gente que vive en las áreas rurales está más cerca de su tesis que la gente que vive en la ciudad. En nuestras ciudades, fundamentalmente en Managua, abundan los “chigüines” y las “chigüinas” de cuarenta años, los “chavalos” y las “chavalas” de cincuenta y los “jóvenes” y las “jóvenes” de sesenta. En el campo no existen, y nos contó el expositor, como algo muy ilustrativo de la diferencia que existe entre el campo y la ciudad sobre este tema, que en una ocasión le preguntó a un campesino que cuántos años tenía su esposa, y que éste le contestó: “Ya tiene 40 años; está algo ‘averiyadita’ (de avería); ya empezó a ‘chancletearse’, la pobre”. Era indudable, agregó mi compañero de peña, que para este campesino el proceso de chancletización comienza a los cuarenta años.

Continuó exponiendo el presidente de la peña que la juventud comienza a los dieciocho años y termina a los treinta. Uno de los presentes preguntó: ¿cómo podrían ser llamadas las personas mayores de treinta y menores de cuarenta, es decir, las personas que no son ni jóvenes ni viejas? El expositor contestó que las personas de 30 a 35 debían ser llamadas “adultos menores” y que las personas de 35 a 40 debían ser identificadas como “adultos mayores”, que es el eufemismo que actualmente se usa para no decirle vieja a la gente.

Seguidamente explicó el máximo dirigente de El Bejuco que la ancianidad empieza a los sesenta años y que siguiendo la técnica clasificatoria utilizada para la vejez — toda vez que no es lo mismo un anciano de sesenta años que uno de ochenta— se debía dividir la ancianidad en dos etapas. La primera etapa de la ancianidad comprende de sesenta a setenta años, y la segunda etapa comprende de setenta años en adelante. En la primera etapa está “el anciano o la anciana menor”, y en la segunda etapa está “el anciano o la anciana mayor”.

Los miembros de la peña no estuvieron de acuerdo con la tesis expuesta. Ni los cuarentones ni los cincuentones aceptaron ser viejos ni los sesentones ni los setentones aceptaron ser ancianos. Pero estuvieron unánimemente de acuerdo en que personas menores de cuarenta años debían incorporarse a la peña para asumir la dirección de las actividades teatrales y literarias de El Bejuco, gracias a las cuales Acoyapa está viviendo, como lo vivieron Grecia y Francia, su período de Ilustración.

El autor es abogado

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