El afán presidencialista

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El afán presidencialista





Faltan 15 meses para las elecciones nacionales del domingo 5 de noviembre del 2006 y más o menos un año para que comience oficialmente la campaña electoral. Sin embargo, en el escenario político del país ya figuran por lo menos 11 candidatos y precandidatos a sentarse en el codiciado sillón de mando de la Casa Presidencial.

En orden alfabético por el primer apellido —a fin de evitar suspicacias—, los candidatos y precandidatos presidenciales que ya están prácticamente establecidos y que son exponentes de las diversas corrientes políticas e ideológicas que hay en el país, son: José Antonio Alvarado Correa, Francisco Fiallos Navarro, Herty Lewites Rodríguez, Alejandro Martínez Cuenca, Eduardo Montealegre Rivas, Augusto (Tuto) Navarro, Wilfredo Navarro Moreira, Daniel Ortega Saavedra, Noel Ramírez Sánchez, José Rizo Castellón y Ramiro Sacasa Gurdián.

No pocas personas se preguntan —y nos preguntan— a qué se debe que en un país tan pobre y problemático como es Nicaragua, tantas personas quieren ser Presidente, y en ese empeño algunas hasta se obsesionan y hacen el ridículo. No hay una sola respuesta para esa pregunta. Obviamente, todas las persona que aspiran a capturar la Presidencia de la República —sea que tenga posibilidad real de alcanzar la meta o no— tienen el mismo objetivo, pero sus motivaciones pueden ser diversas.

Un miembro de la familia Somoza que gobernó el país en forma dictatorial y dinástica por el largo período de 1936 hasta 1979, dijo recientemente en una entrevista para LA PRENSA, que “el poder es afrodisíaco”. En realidad, la palabra está mal empleada, porque afrodisíaco significa expresamente, lo “que excita o estimula el apetito sexual”. Tal vez lo correcto en este caso sería decir que el poder es como una droga, es adictivo, lo cual explicaría el hecho de que uno de los peores males que ha sufrido —y sigue sufriendo— Nicaragua a lo largo de su historia, es el del continuismo político y el reeleccionismo presidencial, el aferramiento al poder de casi todas las personas que lo han ejercido, lo cual condujo a toda clase de desgracias y calamidades políticas y sociales.

Es comprensible que para las personas que se dedican a la política, su meta más importante sea alcanzar la Presidencia de la República. Ésta, aún en el caso de que se aplicaran las reformas constitucionales ilegítimas e inconstitucionales que aprobaron los diputados liberales y sandinistas a principios de este año con el fin de recortar las funciones del presidente Enrique Bolaños, seguiría siendo la máxima expresión de poder en Nicaragua.

Ahora bien, debido a la cultura política nicaragüense que es muy atrasada —sin perjuicio de que hay, sin duda, muchas personas dedicadas a la política que tienen criterios modernos e intenciones modernizantes—, algunos aspiran a la Presidencia de la República porque tienen “don de mando”, por afán de notoriedad y quieren pasar a la historia aunque sea como ex candidatos presidenciales, por ambición de lucrarse con los recursos del Estado que son cuantiosos a pesar de la pobreza del país, etc.

Sin embargo, no sería justo negar que entre los políticos que aspiran a desempeñar la Presidencia de Nicaragua también hubo, hay y habrá siempre políticos que tienen las mejores intenciones para el país. Y por cierto que personas bien intencionadas, honestas, transparentes, laboriosas y eficientes, son las que necesita ahora y de manera apremiante Nicaragua, que ha sido gravemente dañada —material, política y moralmente— por la politiquería caudillista, pactista y corrupta de las cúpulas partidistas de Daniel Ortega y Arnoldo Alemán.

Y probablemente entre las personas arriba mencionadas, las cuales ya están manifestando sus aspiraciones a conquistar la Presidencia de Nicaragua, y entre los que todavía faltan por postularse, habrá más de alguno que podría merecer el voto y la confianza de los ciudadanos nicaragüenses.

La gente no debe perder la esperanza. En la democracia —que a pesar de todos sus defectos y limitaciones es el mejor sistema de gobierno que existe, mil veces superior a los regímenes autoritarios de izquierda o de derecha— la elección popular es la mejor manera de corregir los errores en la escogencia de los gobernantes y representantes; y para escoger lo mejor posible entre la amplia oferta de aspirantes al poder. El secreto está en saber elegir.

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