La modernidad y la crisis de la razón

Alejandro Serrano Caldera*[email protected]

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La modernidad y la crisis de la razón


Alejandro Serrano Caldera*
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Entre la masa de acontecimientos complejos y contradictorios que constituyen, como diría Ortega y Gasset, «El tema de nuestro tiempo», sobresalen la violencia, la masificación, la droga, la opulencia y la miseria, el terrorismo y la crisis de la ética y los valores sobre los cuales sustentar la existencia de las personas y los pueblos.

Pero más allá de los hechos visibles que sobresalen a la superficie, se ocultan bajo las aguas, como ocurre con el cuerpo del iceberg, el volumen consistente de las causas que promueven la existencia de los actos y conductas más directamente perceptibles por la conciencia y el entendimiento humanos.

La hipótesis de esta reflexión arranca de considerar la crisis de nuestro tiempo como una crisis de la modernidad y de la razón. La modernidad, hija de la Ilustración y del racionalismo, está cuestionada a partir de dos situaciones extremas: la una, la de las visiones premodernas sustentadas sobre ciertas formas de fundamentalismo religioso, la ataca por exceso, por haberse asumido que la razón es una condición suficiente para crear y ordenar la existencia; la otra, la constructora de realidades, la que se atiene a los puros hechos, la que proclama que lo que es debe ser, la ataca por defecto, por considerarla insuficiente para dar una respuesta apropiada del mundo creado por la acción del hombre más que por su razón o sus ideas.

Tres dogmas se enfrentan en las luchas contemporáneas: el dogma de fe del fundamentalismo premoderno; el dogma de la razón, de la modernidad hija de la Ilustración; y el dogma del poder y de la acción que engendra la realidad más allá de los postulados de la fe y la razón. Esta última es la visión post moderna que se atiene a los acontecimientos en su realidad individual y fragmentaria y que niega la calidad de verdad a los paradigmas y modelos construidos por las ideas.

Las tensiones del presente resultan de dos fuerzas que tiran en direcciones contrarias: una que gravita hacia un pasado que se niega a desaparecer y pretende seguir gobernando la historia desde un reino de sombras y de dogmas irreductibles e intolerantes; el otro, que incide de manera determinante sobre el presente, cambia las cosas sin detenerse a considerar consecuencias, atropellos e injusticias y va prefigurando el futuro mediante una serie de cambios vertiginosos que no son, ni quieren ser, sustentados en una filosofía y en una ética.

Ambos mundos, el pasado alojado en las entrañas de un medioevo intransigente y mortífero que se resiste a disolverse en el tiempo y el futuro que se proyecta en el desarrollo de la tecnología de la destrucción, pugnan por establecer su propia versión del Apocalipsis.

Entre ambos, está el presente que enfrenta las consecuencias de esas tensiones cuyas fuerzas se orientan en direcciones opuestas y que, además de padecer el desmembramiento producido por la lucha de dos mundos que se disputan la pertenencia de sus miembros, como los caballos que destrozaron el cuerpo de Tupac Amaru, sufre también sus propias contradicciones y su propia crisis.

Toda crisis, krinein, la llamaban los griegos, es un riesgo y una oportunidad, una situación límite en la que las condiciones generales de la historia y de la sociedad se han agotado, pero, a pesar de ello, persisten más allá del tiempo normal de su existencia, sin que todavía aparezca con claridad en el horizonte, las formas nuevas que habrán de sustituir los viejos y gastados esquemas demolidos por el paso de los años y a veces de los siglos.

Pues bien, el momento actual es el momento de crisis en el que el presente se debate entre un pasado que se niega a desaparecer y un futuro que todavía no aparece; una situación crítica en la que lo que debe morir todavía no muere y lo que debe nacer no nace todavía.

Hay tres mundos en lucha que implican varias civilizaciones y muchas culturas. Cada una de ellas tiene un lugar en el tiempo y en el espacio. Perviven en distintos lugares en el mismo momento, pero contienen, representan y son, tiempos sustancialmente diferentes.

Pero además de la crisis que se presenta como la lucha de paradigmas opuestos y excluyentes, de tiempos en los que el uno no puede subsistir sino a condición de la desaparición del otro, se dan también las propias contradicciones en el propio corazón de la civilización racionalista occidental, con independencia de los factores, culturas o civilizaciones contrarias y externas a ella.

La crisis de civilización que se vive en occidente, obedece a la deformación de la propia racionalidad, a la deformación de la razón al transformarla de un elemento esencial de la condición humana, en un instrumento exclusivamente al servicio de la utilidad, la riqueza y el poder. Es la razón instrumental de la que hablan Max Weber y Horkheimer, transformada únicamente en mecanismo de dominación, ajena a la ética y los valores y a toda consideración extraña a la acumulación de riqueza y de poder.

La crisis de occidente no es tanto la crisis de la razón en sí misma, como la crisis producida por el uso utilitario y mecánico de ella. En parte el desafío para la civilización presente, es de recuperar su sentido originario y orientar su práctica, deformada por el mal uso que de ella se hecho, a las tareas de hoy y ayer que le son propias.

Parte de esta corrección al racionalismo instrumental consiste en superar la totalización de la razón, es decir, su canonización como principio absoluto al cual queda sometido toda la existencia en su rica y variada gama de expresiones. Esta desproporción arbitraria ha servido de fundamento para otras arbitrariedades racionalizadas, erigidas en verdades absolutas que pretenden normar la existencia.

Por su parte, la crisis actual, la de la llamada sociedad post moderna, ya ni siquiera trata de justificar los hechos instrumentando para ello a la razón, sino que los hechos, meros acontecimientos y no actos que suponen la razón, intención y voluntad humanas, se justifican por si solos, son su propia moral, pues lo que es debe ser.

El doble empeño que a nuestro juicio debe realizarse consiste en racionalizar la humanidad, pero también en humanizar la razón. La racionalidad y humanidad de la vida es una necesidad cada vez más imperativa, mediante el adecuado balance entre la razón, la intuición y la sensibilidad, pues el ser humano es síntesis de esas múltiples determinaciones.

Ante una situación semejante, es imperativo restituir la idea originaria de la filosofía de la razón, reorientar su camino y cumplir los puntos que, por su desviación, quedaron pendientes de su agenda inicial; y además, completar este diseño con aquellos elementos que quedaron ausentes de su plan originario, afirmando el concepto y sobre todo la práctica de la razón humanitaria y de la razón critica

Se trata, entonces de situar las cosas en su verdadera dimensión, de reafirmar la ética sobre el poder, el bien común sobre el afán de dominio y la fuerza del derecho sobre el derecho de la fuerza.

Si el ser humano no es capaz de reconocer la necesidad de los valores como referentes de su acción y de la ética como una actitud de coherencia elemental entre los medios y los fines, no tendrá más alternativa que la violencia y la irracionalidad. De igual manera, si no es capaz de redimensionar la naturaleza y la función de la razón, integrándola con la sensibilidad y la intuición como componentes esenciales a la condición humana, desembocará en diferentes formas de absolutismos, del Estado, del mercado, del partido, de la ideología, del sistema.

La integración de la sensibilidad y la razón, de la ética y la conducta, de la palabra y los actos, podrá permitir a la sociedad actual «Humanizar la vida y vitalizar las humanidades», recuperar valores que trascienden la utilidad, el provecho y la acumulación de las que está lleno el lenguaje, la conducta y las categorías morales de nuestro tiempo, y, sobre todo, ser más cauto con los dogmas políticos y económicos que conducen al Estado Absoluto o al Mercado Total, dos formas arbitrarias de falsificar la vida y adulterar la historia. Ante esas supuestas verdades inapelables de la historia hay que recordar con el filósofo francés Lequier que «Cuando alguien cree detentar la verdad, debe saber que lo cree, no creer que lo sabe».

* El autor es filósofo nicaragüense

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