Jorge A. Huete-Pérez*[email protected]
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Ciencia: razones para el optimismo
Jorge A. Huete-Pérez*
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Cuando en diciembre pasado publicara en LA PRENSA un artículo de opinión titulado “Futuro optimista para la ciencia nicaragüense”, un amigo me hacía la broma de que quizás fuese yo el único científico que miraba con optimismo el porvenir de este país. Aunque sin éxito, ensayé varias explicaciones. Más bien lo que debía haber argumentado era que todo dependía de en quién creemos que recae la responsabilidad del progreso.
Si pensamos que la responsabilidad recae en el gobierno de turno o en las instituciones del pacto entonces, justificadamente, nuestra reacción tendría que ser la depresión más profunda. Del mismo modo, vamos a desmoralizarnos si comparamos la realidad de nuestra ciencia con la de otros países del área puesto que no alcanzamos ningún nivel de dignidad.
Sin embargo, hay razones para sentirnos optimistas. Hoy por hoy la investigación científica es una realidad en las universidades más importantes del país. No hay mes del año en que no se realice una actividad de envergadura en las universidades. Desde talleres, seminarios y otras capacitaciones hasta congresos médicos, ambientales y congresos nacionales de biotecnología, este último contando incluso con la participación de premios Nobel.
Desde hace algún tiempo se vienen implementando reformas curriculares que buscan la incorporación de la investigación científica al quehacer cotidiano de la universidad moderna. Para dar un salto cualitativo se procuran mejores instrumentos y un cambio de actitud que promueva la excelencia y la innovación en el aprendizaje científico formal e informal.
La UCA, para citar un ejemplo, realiza un esfuerzo formidable por reformular su estrategia de investigación. Ésta comprende planes concretos y prioridades claras con actividades y cronogramas al detalle. Se trata pues de una agenda que ayude a fortalecer el papel de la universidad en el contexto internacional de la sociedad del conocimiento y que, además, conlleve a la producción de conocimientos y alternativas de soluciones a las necesidades socio económicas del país.
Por otra parte, debemos también recordar que hace pocos años aún no existía en el repertorio gubernamental un consejo de promoción de la ciencia. Actualmente existe un Conicyt que, aunque exiguamente, desarrolla ya algunas actividades y viene trabajando junto a las universidades en la formulación de una ley de ciencia y tecnología.
Acaso el más notable de los avances en la infraestructura para la investigación sea la visibilidad de los centros de excelencia y referencia científica del país, tales como el Centro de Investigaciones de Ecosistemas Acuáticos y el Centro de Biología Molecular, ambos con presupuestos ganados del BID a través del Programa de Innovación Tecnológica del Mific para apoyar los servicios tecnológicos.
Ahora bien, tenemos que reconocer que la ciencia sigue siendo una utopía para la gran mayoría del pueblo nicaragüense que ni siquiera conoce bien el significado de la palabra ciencia o de términos como e-negocios, nanotecnología o transgénicos. Hay que destacar, además, que el panorama de la globalización es poco alentador dada la constricción tecnológica en que nos encontramos. En el contexto de los tratados de libre comercio resulta indispensable un esfuerzo mayúsculo de transferencia tecnológica desde las universidades hacia las micro empresas, aprovechando a cabalidad el potencial científico.
La comunidad científica tiene grandes retos que enfrentar como el fortalecimiento de las áreas prioritarias de investigación, la formación de más y mejores recursos humanos y proyectos. Y admitiendo el gran peso que tiene la acción gubernamental, un desafío clave es lograr que las políticas científicas se conviertan en políticas de Estado.
Corresponde al Conicyt entonces dejar de ser una simple página de Internet para convertirse en un “cuartel” en el que se trace una estrategia global de “alfabetización” científica para toda la población. Tendría que mirarse más de frente a los investigadores nacionales conociéndolos de nombre y apellidos, más que de cara a redes diseñadas y coordinadas desde el extranjero. Sabemos que la nueva secretaría del Conicyt así lo ha entendido ya.
Una razón final para el optimismo. El balance del quehacer científico nacional tendría que ser tranquilizador al menos si nos convenciéramos de que el avance de la ciencia no depende apenas de las instituciones sino de los mismos científicos y más aún de todos los ciudadanos. Y en este sentido, es inspirador y motivador el enorme interés por la investigación científica que se percibe entre los jóvenes universitarios. Estos jóvenes talentosos algún día nos traerán más glorias que el mismo beisbol.
* El autor es doctor en biología molecular