Franklin Barriga López
En Londres, se reunieron los jefes de Gobierno británico, Tony Blair, y español, José Luis Rodríguez Zapatero, luego de los atentados que estremecieron la capital inglesa con saldo de no pocos muertos y heridos.
En septiembre del año pasado, Rodríguez Zapatero propuso a la ONU un acercamiento entre el mundo occidental y el árabe musulmán, a fin de constituir una coalición de pueblos y enfrentar la barbarie terrorista. La iniciativa es valiosa y procedente, por cuanto tiende a la concordia universal, aún más si se considera que existen personas que hablan del choque de civilizaciones, lo cual no debe existir, de ninguna manera, a esta altura de los tiempos.
A los pocos días de haberse producido los abominables ataques a Estados Unidos, el 11 de septiembre de 2001, los cancilleres de cincuenta y seis países, en representación de mil doscientos millones de musulmanes, se reunieron en Qatar y rechazaron los ruines atentados.
Este acontecimiento fue el más claro testimonio de la voluntad de los seguidores del Islam de no apartarse de recomendables y pacíficas enseñanzas. El problema consiste en el fundamentalismo, alentado por rabiosos clérigos que intentan actualizar la retrógrada guerra santa contra los “infieles”, para lo cual emplean repudiables métodos, como el terrorismo suicida, bajo la premisa de que los “mártires” alcanzarán el paraíso.
Como lo han recordado los dos referidos líderes europeos, esta clase de extremismo se apoya en una interpretación pervertida y deformada del Islam, por eso se produce el aparecimiento de jóvenes radicales, devorados por el fanatismo y malévolamente “lavados el cerebro” por religiosos de primitiva mentalidad.
Tanto Blair como Rodríguez Zapatero han coincidido en la necesidad de incrementar la colaboración entre los países para enfrentar al terrorismo. En ello tienen absoluta razón, si se analizan las características transnacionales y devastadoras de este inclemente y traicionero fenómeno.
Tal apoyo no debe circunscribirse únicamente a la relación bilateral, ya que este cáncer social no golpea exclusivamente a dos naciones sino al planeta en general, de allí la necesidad de que la recíproca ayuda sea multilateral, eficaz y permanente.
Al respecto, América Latina requiere asistencia económica y técnica, si se analizan los riesgos que sobre ella gravitan, al haberse detectado la presencia de fundamentalistas islámicos en varios de sus países, atraídos por la insatisfacción que genera la pobreza, alentada por la corrupción reinante y la dinámica acción del narcotráfico, que es cercano aliado de la violencia. El caso de Afganistán, el mayor productor de opio, que fue enorme centro de entrenamiento de Al Qaeda y madriguera de Osama bin Laden, es el más expresivo.
Jamás debe olvidarse que el terrorismo es un crimen de lesa humanidad. Sea bienvenida la alianza de civilizaciones para neutralizar al caos.
El autor es ecuatoriano, Doctor en Ciencias Sociales, Políticas e Internacionales, Director del Instituto Ecuatoriano de Estudios para las Relaciones Internacionales y representante del Grupo de Observadores Latinoamericanos en Ecuador.