El prodigio y la crisis de las ideas

Alejandro Serrano Caldera*

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El prodigio y la crisis de las ideas


Alejandro Serrano Caldera*




Recientemente, en una exposición de pinturas en la Galería Añil, se me acercaron dos muchachas estudiantes de la Escuela de Bellas Artes y me dijeron que preparaban un trabajo sobre algunos de los escritos que publico los domingos, quincenalmente, en el Diario LA PRENSA, particularmente sobre mi artículo “Los cambios en el mundo y el cambio de mundo”, aparecido en ese medio no hace mucho tiempo.

Aprovechando pues la ocasión de encontrarse con el autor, no sin antes disculparse por interrumpir mi observación de las pinturas, me pidieron les hablara un poco más sobre el tema, lo que hice con mucho gusto tratando, sobre todo, de recordar lo escrito en el artículo.

Fue así que de pasada me referí de nuevo al significado de los cambios cualitativos de nuestro tiempo: la masificación, la sociedad digital, el poder de los medios de comunicación, la lógica del consumo, la velocidad de los medios de transporte, la globalización financiera, pero también el narcotráfico, la corrupción, el terrorismo, el endurecimiento de las micro sociedades y etnoculturas, la reestructuración del poder mundial mediante la consolidación del núcleo duro del poder político, financiero y militar, la reunificación en una sola estrategia y en una sola unidad de la geopolítica y la geoeconomía, el doble fenómeno de globalización y uniformidad por un lado, y su correlativo de fragmentación, por el otro, todos ellos mencionados en el referido artículo del Diario LA PRENSA.

No obstante, después de la conversación en la galería, continué pensando en el tema, el que si bien es recurrente en mis escritos desde diferentes ángulos, no estaba dentro de mis reflexiones de esa noche. Al día siguiente leí en algún lado una cita de Víctor Hugo cuyo sentido, aunque no la reproduzca literalmente, pues no he podido encontrarla, es algo así como que no hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su momento.

Luego, el sábado 16 de julio, leí un artículo en El Nuevo Diario, firmado por Luis Bassets, en el que haciendo alusión a un libro de Ron Suskind, se refiere a la distinción que el autor del libro hace entre la gente que cree que las soluciones proceden del estudio racional de la realidad aparente, aludiendo a categorías propias de la ilustración o del empirismo, y los que piensan que la realidad la crea el poder con sus acciones.

Citando a Suskind, quien a su vez se refiere a un asesor del Presidente de Estados Unidos, dice: “Así ya no funciona el mundo. Ahora somos un imperio y cuando actuamos creamos nuestra propia realidad. Y mientras vosotros estudiáis esa realidad de forma racional, nosotros actuamos de nuevo creando otras realidades, que también podéis estudiar, y así es como son las cosas. Somos protagonistas de la historia, y vosotros, todos vosotros, os quedáis ahí estudiando lo que nosotros hagamos”.

Quizás una de las cosas que distinga la época que estamos viviendo, el cambio de mundo que es más que los cambios que ocurren en el mundo mientras éste sobrevive a ellos y con ellos, sea, precisamente, la disociación entre el pensamiento y la realidad, o formulado de forma todavía más radical, la existencia de una realidad, de un conjunto de hechos y acontecimientos, que no se sustentan ni tratan de sustentarse en una idea o en un cuerpo de ideas.

Probablemente éste sea un rasgo predominante de ese cambio de mundo al que nos hemos referido. No quiero decir con ello que en la historia haya existido y exista una lógica lineal infalible mediante la cual la idea, es la causa y génesis de la realidad y ésta es la idea realizada. No, esa sería una formulación ingenua y ahistórica.

No, no planteo una relación de causa a efecto como si fuese una ley de la física, pero sí señalo que desde lo griegos, desde que Sócrates creó las bases de la civilización en la cual todavía vivimos y de la que parece estamos saliendo sin saber todavía hacia dónde nos dirigimos, ha existido siempre como rasgo constitutivo de la vida, de la sociedad y de la historia, el esfuerzo de normar y conducir los hechos a través de las ideas.

Esa relación ha sido difícil y conflictiva como la de un mal matrimonio, pero siempre, hasta hoy, ha existido. Sócrates creó la idea de la democracia ateniense y pereció a manos del poder de la “democracia” real de Atenas.

Platón describió en República el Estado “ideal”, el modelo “perfecto” del sistema político totalmente sustentado en la “idea”, absolutamente racionalizado, en el que la sabiduría del Rey Filósofo, con todos los poderes, pero también con todos los deberes de su ilustración, hacía innecesarias las leyes, la policía y el aparato judicial, sin que jamás el ejercicio del poder haya alcanzado la sabiduría que él le deparaba sino que, más bien, contribuyó a perfilar el diseño del Estado autocrático, vertical y por esencia antidemocrático.

Aristóteles en la política y en la moral a Nicómaco estableció el nexo indisociable entre ética y política, sin que esto haya funcionado como la regla general del comportamiento político. Desarrolló como ningún otro en su tiempo las ideas del derecho natural, aunque en su aplicación práctica, inducida por el propio Aristóteles, sirvió para justificar la esclavitud.

Los filósofos de la ilustración diseñaron el derecho y el Estado plenamente racionales en las ideas de Rousseau y Montesquieu, a partir del ejercicio de la libertad integral, por racional, del ser humano para desembocar en la práctica de la Revolución Francesa en el terror de la guillotina que decapitó a la nobleza, al clero y al Estado llano, sin preservar siquiera a los líderes del movimiento revolucionario incluido el propio Robespierre.

Hegel habló del Estado como la suprema realización del espíritu y Marx de la sociedad sin clases como plena realización de humanidad, para desembocar en la orgía de sangre del nazifascismo hitleriano y del estalinismo soviético, respectivamente.

Hago estos señalamientos para sustentar la afirmación de que no siempre lo que anuncia la idea se realiza en los hechos y que no todas las ideas propuestas son buenas. Pero también para señalar que las ideas a veces realizadas y a veces traicionadas por los hechos, y en eso consiste su prodigio, han impulsado las grandes transformaciones y las luchas para crear o restaurar valores y principios fundamentales al ser humano como la libertad, la justicia y la dignidad de la persona.

La seguridad jurídica, la limitación del poder por el derecho, el imperio de la ley, el Estado de Derecho, la democracia, la justicia social, la autodeterminación de los pueblos, el derecho de las minorías, son valores que han nacido de las ideas o han sido reconocidos por ellas. Los derechos naturales y los derechos humanos, respectivamente, son un ejemplo de ello.

La historia, desde los griegos hasta hoy, ha estado determinada por esa dialéctica entre la idea y la realidad. A veces realizando en los hechos lo que la idea proclama, a veces reformándola por la realidad y a veces transgrediéndola por los hechos destruyendo la razón por la realidad. Pero siempre, sea para realizar, transformar o negar, entre ambas formas ha existido una relación dialéctica, cuyas raíces provienen desde los tiempos de Sócrates.

Es hoy, cuando por primera vez en la historia de la humanidad, desde Grecia hasta nuestros días, los hechos por sí mismos se erigen en razones y la realidad en moral. Lo que es debe ser, dice una escuela filosófica conocida como de la ética empírica o ética pragmática. Los hechos no deben ni amoldarse, ni modificar, ni destruir las ideas, simplemente el facto es la moral, el derecho y la razón.

El gran desafío del pensamiento de nuestro tiempo es recuperar la fuerza de las ideas y de la ética como rectoras del quehacer humano; reestablecer esa relación entre razón y realidad que es el más grande patrimonio de humanidad que los griegos nos legaron; recordar que toda reflexión y todo pensamiento en cuanto acción de la inteligencia y la conciencia entran en la historia y se historizan y que la filosofía, y de ahí su papel esencial en la crisis de nuestro tiempo, es el concepto que tiende a transformarse en realidad y, a la vez, la realidad que busca transformarse en concepto, amoldándose a la forma y sustancia de la racionalidad.

* El autor es filósofo nicaragüense

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