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Doña María de la Paz del Castillo de Arellano

Carlos Cuadra Pasos Coincide la fecha de este jueves, 28 de enero (de 1960), con el centenario de la muerte de una dama granadina, gran señora de su casa, doña María Paz Díaz del Castillo de Arellano. Poco se ocupa nuestra historia de la mujer, de sus trabajos constructivos y cimentadores de la sociedad, de […]

Carlos Cuadra Pasos

Coincide la fecha de este jueves, 28 de enero (de 1960), con el centenario de la muerte de una dama granadina, gran señora de su casa, doña María Paz Díaz del Castillo de Arellano.

Poco se ocupa nuestra historia de la mujer, de sus trabajos constructivos y cimentadores de la sociedad, de su labor para crear las generaciones que operan en el tiempo, de su influencia constante y silenciosa en los destinos de la nación.

Doña Paz nació en el año 1780. La primavera alegre de esos primeros 20 años fue puro siglo XVIII hispanoamericano. Enserió su vida casándose al rayar el siglo XIX. En el curso de sesenta años de ese siglo desarrolló su personalidad, para ser tronco macizo de uno de los árboles genealógicos de ramas más extendidas en la vida social nicaragüense.

Fue su esposo don José Sotero Arellano, hidalgo con solar propio en Granada. Era este solar el que actualmente ocupa el Banco Nacional, y en su zaguán se conserva, en el arco del frente, el escudo. Tiempo difícil e intranquilo le tocó vivir a doña Paz: agitaciones sangrientas, persecuciones, luchas feroces, locura de los hombres. Fueron las mujeres cristianas las que salvaron en esos años las esencias de la nacionalidad, la luz del cristianismo sobre la familia, la cultura recibida de la Madre Patria. Doña Paz trabajó con gracia, con ternura, con amor en esa obra cimentadora de la sociedad. Por ello le hemos llamado gran señora.

Doña Paz tuvo en su matrimonio tres hijos: Luz, Narciso y Julia. Los descendientes de Luz son los Sequeira que viven en la Costa Atlántica. Vienen de Narciso todos los Arellano nicaragüenses. De Julia, los Pasos, granadinos de origen, esparcidos en el territorio de Nicaragua. Esas tres ramas iniciales se multiplicaron en el árbol genealógico del que doña Paz es tronco, con diversos apellidos.

Entre los descendientes se respeta su nombre, y se acaricia su memoria en las tertulias familiares con el relato de anécdotas sobre la rectitud, el espíritu de sacrificio con que formó su prole.

Enviudó cuando sus hijos eran todavía infantes, y quedó, en los últimos años de la Colonia, administrando el capital heredado del marido, atendiendo la educación de los hijos entre las preocupaciones que imponían las cosas públicas en el fermento del final de una época, tal vez excesivamente tranquila, y el preludio de otra agitadísima y anárquica. Doña Paz, descendiente de Bernal Díaz del Castillo, el célebre cronista y soldado de la conquista de México, sentía amor por España y creía que la ausencia de la autoridad española significaría el peligro de que gente de otra religión y otra lengua se posesionaran de esta tierra. Fue un temor muy generalizado entre cierta gente en los albores de la Independencia.

Puso el conato de su energía de madre en preparar a su hijo varón, don Narciso Arellano, para la lucha terrible que presentía. Lo llevó a León a cursar el bachillerato en la Universidad. Se trasladó ella misma a la ciudad capital para vigilarlo de cerca, porque el muchacho, de elegante figura, despejada inteligencia y ánimo atrevido, le había salido de temperamento inquieto.

EL MEJOR JUGADOR DE BILLAR DE NICARAGUA

Sonó la hora de la Independencia. Don Narciso había alcanzado los grados de bachiller que se podían ganar en la Universidad. De las relaciones de la madre y del hijo; de los conflictos entre las inquietudes del mozo y la dirección moral de la dama, se cuentan muchas anécdotas entre la parentela.

Verbi gracia: Don Narciso era el mejor jugador de billar de Nicaragua; ganaba a todos los jugadores de León y de Granada, y en un viaje a Guatemala que hizo para vender los novillos de su ganadería, jugó también victorioso. En esa ocasión lo retó el que se tenía por mejor jugador de Guatemala y concertaron la partida de grandes tandas de carambola y de resistencia corporal con el taco en la mano. El juego debía verificarse en la ciudad de Granada en el billar principal. Era entonces el billar, como el beisbol ahora, el que apasionaba al público espectador. La mesa de billar estaba siempre en un gran salón rodeada por graderías de madera, en cuyas gradas se sentaban los mirones. Llegó la noche del desafío; la apuesta era de miles de duros sonantes y constantes puestos en manos de un juez, que debía entregar la suma al victorioso. Las graderías llenas de público. Las dos de la mañana. El jugador guatemalteco había realizado una serie de más de cien carambolas. Le tocaba el turno a don Narciso que le contrarrestó con gallardía entre aplausos de la concurrencia. De repente don Narciso se quedó viendo fijamente lo más alto de la gradería y angustiado gritó: “¿Madre que hace usted allí?” Doña Paz, arrebujada en sus ropas de lana por el frío de la madrugada, se puso lentamente de pie y le contestó: “Hijo, supe la locura de esta apuesta de resistencia y me pareció de mi deber venir a esperar que cayeras desmayado, para recogerte y llevarte a casa”.

Don Narciso tiró el taco sobre la mesa del billar y dijo al guatemalteco: “Amigo he perdido la apuesta, que el juez le entregue el dinero”. Esperó que bajara su madre y se fue con ella contrariado, pero sumiso.

Cuando después de la Independencia, cumpliéndose los temores de doña Paz, don Manuel Antonio de la Cerda y don Juan Argüello, factores importantes de la política desde la sublevación del año once, parientes entre sí, que habían sufrido juntos la rigurosa prisión de Ceuta, incendiaron a Nicaragua en su primera terrible discordia partidista, don Narciso tomó partido al lado de Juan Argüello y fue su Ministro general. Aunque muy joven, tuvo siempre influencia decisiva. A él le tocó rematar la campaña contra Cerda llevándolo al patíbulo en la ciudad de Rivas. Terrible todo esto para doña Paz, porque Manuel Antonio de la Cerda estaba enlazado en su familia, por su esposa Ambrosia Castillo, su sobrina. Con ruegos, con halagos procura alejar a su hijo de esa terrible lucha política, calmar sus pasiones, serenar su corazón, elevar su notable inteligencia. Pero es difícil en esta tierra tropical detener al político cuya sangre hierve por el doble calor del sol y de las pasiones. En el año 1842 doña Paz anciana vio morir a su hijo varón y se llenó de tristeza. Pero sin anonadarse cogió la dirección de los nietos. Entre éstos Luz y Elena Arellano tuvieron vida de santidad activa en beneficio de la sociedad de Granada que no puede olvidarlas.

De ese tiempo es esta otra anécdota sobre la gracia de la vieja señora para impartir justifica familiar. A la muerte de don Narciso su viuda doña Luisa, y doña Julia de Pasos, también ya viuda, resolvieron hacer la partición del capital autorizadas por doña Paz.

En el aposento de doña Julia estaban sentadas frente a frente las dos cuñadas procurando formular lotes iguales con los bienes de la herencia. Presenciaba el acto doña Paz. Doña Julia de Pasos hizo una propuesta en firme a doña Luisa. Doña Paz en silencio, y creyendo que doña Julia no la veía, le hizo una señal con el dedo a doña Luisa para que no aceptara. Por un espejo que tenía enfrente doña Julia percibió la señal de doña Paz, y le dijo: “Madre, usted no se meta”. Doña Paz sonriente le contestó: “Hija mía cuando entre dos hijos hay una cuestión, y ellos son gavilán y paloma, Dios dice que la madre debe ayudar a la paloma”. Ambas cuñadas rieron de la ocurrencia y encargaron a la madre que trazara los lotes. Lo hizo con rigurosa equidad. La casa solariega fue adjudicada a doña Julia de Pasos. En ella pasó doña Paz los últimos años de su ancianidad. Pero no le fue dado gozar de tranquilidad en ningún período de su vida. Las luchas políticas de 1854, el sitio de Granada, la gran crisis económica que sufrieron las familias no la anonadaron sin embargo. En 1855 murió su hija Julia y quedó doña Paz viviendo con sus nietos Pasos, sin desatender a los otros que habitaban en casa aparte. Y sucedió la toma de Granada por William Walker y la señora, española y católica, creyó ver realizados su temores de la conquista de Nicaragua por hombres de otro credo, de otra lengua y de otra raza.

Virginia, la mayor de las hijas de doña Julia, era una lozana señorita de 16 años. Tenía ya amor y compromiso con un joven vecino de la esquina de enfrente, José Joaquín Quadra. Cuando Walker puso presos a un grupo de ciudadanos importantes con la amenaza de fusilar a uno cada día hasta que se rindiera el señor Corrales. José Joaquín estaba en la lista, y Virginia pasó angustias y derramó lágrimas. Se rindió Corrales, José Joaquín salió de la cárcel en la mañana del 24 de octubre de 1855. Los tres hermanos Quadra, José Joaquín, Vicente y Pedro Rafael resolvieron abandonar Granada y retirarse a sus haciendas de Chontales para luchar contra el invasor y alejarse del terror que se veía venir sobre Granada. Pero a José Joaquín se le presentaba un problema por su compromiso de matrimonio. Su novia era muy joven, huérfana de padre y madre y sin más amparo moral que el de su anciana abuela.

Consultó el caso con un sacerdote, y éste le dijo: “Cásese inmediatamente llévesela. Tengo autorización del Obispo para hacer las dispensas necesarias”. José Joaquín acompañado del sacerdote fue a ver a la novia y le hizo la propuesta, ésta aceptó siempre que su abuela diera la autorización. Consultada doña Paz por la nieta le dijo sin vacilar: “La mujer debe acompañar al hombre amado en todas las circunstancias de la vida. En la buena y en la mala suerte. Cásate hijita, seguí a tu esposo y que Dios te bendiga”.

Se procedió sin pérdida de tiempo, se casaron, hicieron las maletas con lo más indispensable y se fueron a las montañas de Chontales a correr su aventura. El año siguiente en la hacienda Las Cañas, en la boca de la montaña del Rama, entonces cerrada por espesa selva, en un tapesco de cañas bravas, tuvo Virginia el primer bisnieto de doña Paz.

Ella corrió toda la tempestad de la guerra contra el filibusterismo en su casa, cuyo incendio presenció. Su corazón de anciana se estremeció ante la dispersión de los granadinos, la destrucción de la ciudad, la ruina y exterminio general.

Pero William Walker y sus filibusteros fueron vencidos. Los últimos cuatro años de su vida los pasó rodeada de nietos y bisnietos que Dios le concedió acariciar. Vencidos y expulsados los hombres de otra raza, y en plena reconstrucción la ciudad. Tuvo la satisfacción, como ella misma lo dijo, de morir en su mismo aposento reconstruido con su trazado colonial, al que estaban vinculados sus recuerdos de juventud.

Doña Paz goza ya de Dios, y su numerosa descendencia debe pedirle en esa fecha, que implora para Nicaragua, el bien de su propio nombre.

(LA PRENSA, 28 de enero, 1960)

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