Miguel Ernesto Vijil [email protected]
La tecnología nuclear se ha difundido de tal manera que ahora está al alcance de naciones que jamás hubieran soñado con entrar al exclusivo club de quienes poseen generadores eléctricos nucleares y, menos aún, al reducido grupo de países con armas nucleares. Como resultado se ha producido entre las naciones poderosas una frenética actividad para eliminar las posibilidades de éxito de los nuevos aspirantes.
En el tapete se encuentran los casos de Irán y de Corea del Norte. Y no olvidemos que la razón esgrimida para atacar Irak fue precisamente que estaba desarrollando capacidades nucleares.
Yo creo que las armas nucleares deben desaparecer de la faz de la tierra. Aún en el caso de guerra, el uso de esos artefactos, con su capacidad de matar a miles, o millones de seres humanos indefensos y no combatientes, en un crimen contra la humanidad de inmensa magnitud, que no se puede aceptar en ninguna circunstancia. Así lo dice el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica.
Entonces, es lógico pensar que éticamente hablando ninguna nación tiene el derecho de desarrollar armas nucleares ni, por supuesto, los medios previos para llegar a ellas. Las Naciones Unidas como máxima instancia de gobierno mundial, deben estar facultadas para impedir cualquier intento de violar este principio. Pero dije: las Naciones Unidas.
El problema que enfrentamos es uno de ética de dos caras. Cuando dije arriba que ninguna nación debe poseer armas nucleares estoy diciendo, para que se me entienda bien, que todos, todos los países que ahora poseen, fabrican, diseñan, desarrollan armas nucleares o las tecnologías necesarias, deben descontinuar esas actividades y convenir en un plan serio, balanceado y garantizado para llegar en un plazo prudencial a un mundo finalmente libre de armas nucleares.
Es hipócrita exigir a otra nación hacer lo que yo no estoy dispuesto a hacer, o lo que permito o apoyo en el caso de otro país que considero un aliado seguro. ¿Por qué Irán tiene que hacer caso a los que dicen potencias nucleares como EE.UU., Inglaterra o Francia, cuando ellos no han dado ningún indicio de querer desarmarse? ¿Cuando, por el contrario, se han hecho de la vista gorda frente al antiguo y exitoso programa de armas atómicas de Israel, enemigo declarado de Irán?
Éste es el principal problema. La creencia maniquea de un mundo divido entre malos y buenos por criterios muy particulares de una sola nación todopoderosa. Lo bueno y lo malo, para ser de verdad categorías éticas, lo deben ser para todos y en todas las circunstancias. Lo contrario sería caer en una casuística sin sentido.
Pido a Dios, que es clemente y misericordioso por igual con todos los seres humanos y con todas las naciones de la tierra, que se pueda encontrar el camino correcto entre tanta confusión.
El autor es profesor universitario.