Joaquín Absalón [email protected]
Es sorprendente el impacto creado por las remesas familiares. Se han convertido en un rubro importante en la captación del verde deseado. Sin sembrar nada. Sin invertir en “mano de obra”, sin enrarecer el aire con los vuelos del humo.
En mi última visita a Estados Unidos comprobé cómo entre los economistas se da espacio a esta notoriedad moderna basada en la ausencia, en la tangente de emigrar del patio amado en la búsqueda de los castillos iluminados aunque a veces las aspiraciones encuentren laberintos apagados.
El más reciente informe revela que las remesas hacia América Latina se han disparado hacia arriba hasta en un veinte por ciento. Los latinoamericanos enviaron a sus países la bicoca de cuarenta y cinco mil millones de dólares durante el año 2004 no incluido el proceso de maduración del 2005.
La penetración humana contribuye al crecimiento de las economías de las dos partes del fenómeno tanto de Estados Unidos aprovechados de la “mano de obra” barata como de las naciones del subcontinente que sin tener a los suyos en las parcelas nativas, se lucraron de ese instantáneo generador.
El aumento es una afirmación desprendida de la relación con la lógica: es irrefrenable la emigración de sur a norte. El informe fue dado por el BID. El setenta y seis por ciento de los giros enviados, unos treinta y cuatro mil millones de dólares pertenecen a inmigrantes latinoamericanos y del Caribe residentes en Estados Unidos. Veinticinco millones de personas adultas nacidas en esos lugares viven fuera de la aurora natal.
Flujos de divisas ignorados hace unos años en la década sesenta-setenta, ahora adquieren una señorial distinción dentro de las metas de adquirir moneda dura. Influye también dentro de la vastedad algo que pareciera no tener ninguna relación con las cifras: el amor, el afán de proteger a los seres dejados en los patios donde “burbujea” la inestabilidad. No va a negarse que la distancia siendo también factor del olvido es en este caso un eslabón de la solidaridad. Afortunados remitentes solazan su vanidad con las ropas de marca, autos nuevos, casas de estreno, mientras otros entumen la suya en la agenda del sacrificio.
Ricos o pobres, de todas maneras mandan, razón por la cual se constituyen en auténticos inversionistas pero siéndolo como lo definía un sociólogo, los ignorados en el orbe majestuoso de la liquidez planetaria.
Son los héroes anónimos. De ellos poco o nada se dice. Las letras se robustecen cuando emporios plurales como la General Electric hacen una transacción de mil millones de dólares con el BAC y otro de parecida estirpe como “América Móvil” de la cual Enitel es un pálido reflejo en el mundo, programa invertir en Nicaragua cien millones de dólares en 750 kilómetros de fibra óptica y 400 mil líneas fijas.
No siendo las transnacionales santas de mi íntima devoción, celebro la confianza de los inversionistas extranjeros en un país normalmente anormal como Nicaragua. Sin embargo mayores palmas merecen los que se fueron no para desaparecer totalmente del mapa humano sino para congraciarse con él desde la distancia cuando mandan esos fondos promotores de una mayor circulación, autores directos de la recaudación de cifras irrefutablemente millonarias como las de los monstruos mundiales a los cuales debe reconocerse la confianza aún no extraviada en países caracterizados por su limitada capacidad productiva aunque a ellos se oponga el nihilismo fanatizado.
Deben pues valorarse las tales remesas aunque ellas tengan su basamento en la tristeza del éxodo y la triste disgregación de la familia, un hecho consumado por los errores cometidos por los hombres que no pudieron ser responsables de la ideal y sana administración.
El autor es periodista