J. L. Decamilli
Para los católicos, la Iglesia no es una sociedad contractual, esto es, una sociedad creada por el consenso de un grupo más o menos numeroso de personas y cuya existencia depende por consiguiente de la voluntad de sus miembros.
La Iglesia es una institución creada por Jesucristo para insuflar la verdad eterna en el tiempo y alentar la vida en la Nueva Ley (mandatum novum), el amor solidario entre todos los hombres de la tierra en peregrinación hacia la bienaventuranza, hacia el disfrute del Bien Supremo en la eternidad.
Todas estas cosas son en realidad verdades elementales que conocen incluso los niños que aprenden el catecismo. Causa por eso asombro y pena escuchar de los labios de algún religioso que, se supone, ha recibido una formación teológica, juicios en los que se equipara a la Iglesia con cualquier sociedad temporal, exigiendo, por ejemplo, su democratización o la acomodación de sus verdades al gusto del tiempo.
Insisto: La Iglesia es una comunidad creada y mantenida por la sangre de Cristo para redimir a la humanidad. Y el Papa es la cabeza visible de ese cuerpo místico que se conformó con el sacrificio supremo de Jesús en el martirio de la cruz
El legado de la Iglesia y la misión que se le ha encomendado no están sujetos a la veleidad de la moda o a los caprichos de las generaciones. Por supuesto, el Papa y la Iglesia deben escuchar las voces de los siglos, pero jamás podrían hipotecar su mensaje de salvación a las costumbres depravadas de una época, como la nuestra, en que se ha elevado el placer material a categoría suprema de la existencia humana.
Los que piden que la Iglesia consienta el asesinato de los niños aún no nacidos, o la eliminación de los ancianos y enfermos, o la consagración de las uniones antinaturales de personas del mismo sexo, lo que están exigiendo es que la Iglesia sirva a sus extravíos.
Se acusa a la Iglesia de conservadora o retrógrada por condenar estos crímenes. No es así. Sencillamente cumple su misión de propagar el mensaje de salvación del Evangelio al rechazar las costumbres y leyes que lo contradigan. Y cuando el Papa, a su vez, anatematiza éstos u otros actos inhumanos no lo hace por “tener un corazón duro” sino, al contrario, porque su corazón derrama gotas de sangre, que son llamaradas de amor que buscan la redención de todos los hombres de su definitiva aniquilación.
El autor es Profesor Emérito de la Facultad de Humanidades de la Universidad Técnica de Berlín.