Comprometidos, ¿con el partido o con el líder?

Mauricio B. Blandón [email protected]

En el Partido Liberal Constitucionalista (PLC) existe un grupo de personas que apoya incondicionalmente a quien llaman su “máximo líder”, es decir, Arnoldo Alemán. Unos dicen que es por agradecimiento. En este caso, su gratitud hacia una persona es más importante que el compromiso que pudieran tener con la sociedad en que se mueven y la ideología del partido. Otros argumentan que tienen disciplina partidaria y aseguran ser “hombres de partido”.

No obstante, raramente se refieren a su ideología o a sus principios políticos y éticos. Aspectos que incluso deberían prevalecer sobre las decisiones del partido, pues un dirigente necesariamente no toma decisiones idóneas en todo momento. Ejemplo de ello es lo que ocurre actualmente al tratar de excluir de la contienda presidencial a Eduardo Montealegre, sin que medie ningún motivo razonable. Esta acción se convierte en una decisión que va en contra del mismo partido. Según todas las encuestas, es su miembro con mayores probabilidades de ganar las próximas elecciones presidenciales.

Si se sintieran comprometidos con el PLC, no apoyarían esta repugnante acción excluyente que va en contra de los principios democráticos y liberales de sus estatutos. Quienes apoyan la exclusión de Eduardo Montealegre tampoco respetan a los miembros del partido que se expresan por medio de las encuestas ni respetan la igualdad de participación, principio básico de la democracia. Si fueran verdaderos hombres de partido, no actuarían así. Si se entiende al partido político como un conducto de expresión. Estas personas “olvidaron” que el partido es —en primer lugar y por encima de todo— un instrumento que representa a sus miembros y simpatizantes y expresa sus exigencias.

Claro que hablan de otra “disciplina partidaria”: su partido político lo entienden como un grupo de personas ansiosos de poder, sometido al mando de un líder que sólo él puede tomar las decisiones a su antojo, independientemente de si son buenas o malas, y, que éstas deben ser respetadas sumisamente. Entonces sí se entiende esa disciplina de la que hablan algunos. Entonces sí se entiende que acaten pasivamente las decisiones que emanan de los corrales de El Chile. Pero, en este caso el PLC ya dejó de ser un partido político.

Lo que ellos no han pensado es que los partidos políticos deben funcionar como tales y no como una pandilla que tiene el único objetivo de tomar el poder sin compromisos patrióticos, cívicos e ideológicos.

Nuestra responsabilidad histórica es luchar para que la decisión de la mayoría se respete, como lo expresa el pueblo en las encuestas, y que se profundice la democratización interna del PLC. De esta manera se fortalecerá como partido político y opción electoral. De lo contrario, le espera una recia tormenta de aquí al 2006. Lo veremos de capa caída, debilitado y, a la larga, sellando su propia extinción.

El autor es economista y asesor de seguros.

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