Camilo Rincón Gómez
Hoy me siento ante el papel en blanco a escribir el texto más difícil que hasta ahora he tenido que escribir. Y es que no es fácil, Nicaragua adorada, porque lo que vivimos juntos, además de intenso, fue colmado de sentimientos profundos y emociones incomparables.
Ya me lo había advertido el ingeniero René Lacayo Debayle, mi primer jefe, cuando me decía: “A Nicaragua llegás llorando. Nicaragua la dejarás llorando”. Ahora que tengo que dejarte, más por circunstancias de la vida que por mi propia voluntad, me doy cuenta que todas las lágrimas que pueda derramar no valen el amor que siento por ti.
Aún no comprendo cómo algunos de tus hijos que conocí a mi llegada se sorprendían de mi curiosidad (¿o acaso coquetería?) hacia todo lo que fueras tú. Algunos de ellos se burlaban de mis ganas por descubrirte, por conocerte, por entender esa identidad tan tuya que a muchos nos enamora y apasiona. Porque tu vida, Nicaragua de mi corazón, ha estado rodeada de muchas circunstancias que han labrado en tu piel una huella única que el tiempo difícilmente podrá borrar y que hace que seas tú, sólo tú.
Todos los que te amamos tanto sabemos que estás llena de brillo y a la espera del momento en que saldrás de nuevo caminando orgullosa, con la frente en alto, y luciendo tus mejores galas, para volver a ser la estrella de la velada y aquélla de quien todos sienten orgullo y admiración.
Admiración que siento al conocer tus paisajes, olores, colores y sonidos que nunca antes imaginé. Los hice públicos entre tus hijos y los que acogiste como tuyos. Me llevo grabado en mi corazón, además de tu cariño, pedacitos de tu vida como Cuallitlan, el gallo pinto, los hermanos Mejía Godoy, la gigantona, la brisa de una tarde dominical a orillas del Cocibolca, la belleza de las mujeres estelianas, el palo de mayo, las rosquillas somoteñas, el Momotombo y el Momotombito, la pintura del maestro Saravia, y tantas cosas que para mí serán recuerdos de tu voz, tu espíritu y tu amor.
Gracias Nicaragua. Gracias por enseñarme otra manera de ver la vida, por enseñarme tantas cosas, por abrirte y permitirme recorrer tus venas, para compartir con tus hijos sus esperanzas y sueños. Ahora no es extraño para mí entender la inspiración que permitió a Rubén Darío dejar su legado. ¡Con razón abundan los escritores, poetas y músicos que por ti se inspiran!
En cambio yo, Nicaragua de mi amor, sólo tengo para ofrecerte mi sincera promesa de recordarte por siempre y de volver algún día, para recorrer juntos nuevamente todas aquellas cosas que vivimos en estos seis años. Nunca olvidaré todo lo que me has dado, porque ahora eres parte de mí.
Te lloro, Nicaragua, porque tu amor fue tan grande que se grabó en mi memoria y mi corazón, y por más que quisiera creo que nunca podré borrar.
Hasta pronto Nicaragua. Siempre te querré.
El autor es colombiano.