Antonio Carlos Wolkmer*
La obra Razón, Derecho y Poder: Reflexiones sobre la democracia y la política, del profesor Alejandro Serrano Caldera, se centra en el largo recorrido histórico de la democracia, con el objetivo de encontrar su esencia en aquello que es permanente en sus enunciados, al adecuarse a los diferentes momentos sociales que transcurren de la antigüedad a la postmodernidad.
El autor es, sin duda, uno de los más destacados jusfilósofos de Nicaragua y también de América Latina. Ha escrito muchas obras en el área de la Filosofía, el Derecho y la Política, con gran competencia teórica y aguzado espíritu crítico, fruto de su indagación ante los límites de la democracia y del avance del neoliberalismo en un escenario globalizado.
Como no podía dejar de ser, Alejandro Serrano Caldera sitúa el nacimiento de la democracia en la antigüedad, más precisamente, en Grecia, en la Ciudad-Estado, donde la política era entendida como el arte del bien común. Cabe subrayar, como apunta el pensador nicaragüense, que el individuo integraba un orden cósmico que le prefijaba un lugar en una sociedad establecida. Esto porque, al contrario de los modernos, “los griegos se regían por el principio de la desigualdad ante la ley. Cada clase tenía un estatuto específico, de tal manera que lo democrático y lo justo era tratar igual a los iguales entre sí y desigual a los desiguales en relación a los primeros”. (p. 24).
El segundo momento de la democracia surge con el liberalismo de la era burguesa que inspira las revoluciones políticas y económicas sentando las bases fundamentales en que se yerguen las instituciones modernas.
A partir de ahí el súbdito se transforma en ciudadano y el individuo adquiere la dignidad humana, inaugurando un principio de igualdad natural sedimentada en la razón.
En la modernidad, con el triunfo de la razón, se produce el desencantamiento del mundo y el inicio del desarrollo técnico que la ciencia proporcionó. Desde entonces, la ciencia retiene el monopolio de la verdad y la religión es relegada a la esfera privada.
De esta forma, en este segundo momento, son afirmadas las declaraciones clásicas del occidente, tornándose paradigmática la Declaración del Hombre y del Ciudadano, de 1789, que proclama el principio mayor y la tutela de los derechos y garantías individuales.
La consecuencia lógica de la asociación de individuos libres e iguales es la formación del Estado por medio de un pacto fundacional, o sea, el contrato social. Diferentes autores, destacándose Hobbes, Locke y Rousseau, justifican de diversas maneras el paso del estado de naturaleza al estado que es visto como creación artificial de la voluntad humana, fruto del consenso.
Forjado el Estado político, las leyes garantizarán el derecho natural transmutado en derecho civil, abriendo camino a la consolidación de una nueva concepción del Estado: el Estado de Derecho. En el Estado de Derecho, está consagrado un conjunto de principios que, al menos teóricamente, debe inspirar un sistema político-jurídico. En esta perspectiva, y teniendo a la vista que el individuo y su libertad pasan a ser el centro de la historia, imponiéndose el imperio de la ley, la separación de poderes, etc.
Paulatinamente ese panorama histórico-cultural de la modernidad se va alterando con la Revolución Industrial y el fortalecimiento de la burguesía como segmento social hegemónico. La ascensión de esta clase y la defensa de sus intereses económicos fueron proyectados en la figura del Estado abstencionista y la doctrina del laissez faire acabó determinando el predominio del mercado. Se percibe en el principio del laissez faire una distinción entre sociedad civil y Estado y, consecuentemente, una separación entre lo económico y lo político.
El Estado abstencionista que surge en ese período sólo fue superado en un momento posterior, ya en el siglo XX, cuando aquél asume un papel en la economía a favor de lo social. El Estado del Bienestar, como fue caracterizado en la Europa desarrollista, entre nosotros pasó en las últimas décadas, según Serrano Caldera, por un proceso de deconstrucción. Ahora retorna el predominio del mercado sin el pudor del liberalismo político, preocupado solamente con la eficacia y el lucro. Toda la fundamentación del Estado-Nación como soberanía, voluntad general, principio de legalidad, de la representación política y de la igualdad jurídica es sacrificada produciendo la ruptura del contrato social de la modernidad.
En este contexto, la acción del Estado se vuelve a la producción de los intereses del capitalismo transnacional, en el que la expansión del capitalismo sin fronteras agrava las desigualdades entre seres humanos, entre países pobres y ricos, surgiendo, no obstante, frente a esto, una sociedad civil global y una ciudadanía mundial fortalecida en la lucha por los derechos humanos y por la preservación del medio ambiente.
Frente al retroceso del Estado y el reconocimiento y predominio de la racionalidad privatista, articulados por la barbarie del mercado, la sociedad civil viene buscando espacios de actuación para la defensa de los individuos y del futuro de la democracia.
Teniendo este escenario como presupuesto y no contento sólo con describirlo, el filósofo de la América Central propone, de forma original y oportuna, un proyecto de naturaleza ético-político que intenta repensar los rumbos de la democracia.
Los fundamentos del contrato social de la modernidad fueron rotos y el autor lanza con mucho coraje las bases de un nuevo pacto planetario que mejor redimensione democráticamente las relaciones entre Estado, mercado y sociedad civil.
De esta forma, en esta obra el filósofo y jurista Alejandro Serrano Caldera retoma varias de sus tesis elaboradas en otra publicación, Los Dilemas de la Democracia, construyendo, con su pensamiento crítico, una contribución extremamente importante para la reconstrucción y el avance de una democracia más participativa y más pluralista.
Por cierto, no hay que negar que la significativa contribución de Alejandro Serrano Caldera nos pone delante de nuevas interrogantes y nuevas exigencias, que pasan a ser referencias imperativas para un debate ético y cuestionador sobre las prácticas efectivas que “restablecen el verdadero sentido de la democracia”.
En fin, cabe registrar los justos reconocimientos a la competente y cuidadosa traducción para el portugués, hecha por el profesor, doctor Antonio Sidekum y por esta loable iniciativa de la Editorial Nova Harmonia y de la Editorial UNIJUI.
* El autor es filósofo brasileño