Humberto Eco*
Mientras el Jefe del Gobierno italiano, Silvio Berlusconi, anunciaba en un programa de televisión la presunta retirada de las tropas italianas de Irak, yo estaba en París, donde estaba inaugurando el Salón del Libro, así es que pude hablar de los asuntos italianos con los franceses, que están especializados en no entender nunca exactamente qué es lo que pasa en mi país, y no sin razón.
Primera pregunta: ¿por qué vuestro primer ministro anuncia una decisión tan grave en un programa de televisión y no en el Parlamento (al que quizá habría debido pedir una opinión o un consenso)?
Les explico que ésta es la forma del régimen de populismo mediático que Berlusconi está instaurando, un régimen donde entre el jefe y el pueblo se establece una relación directa, a través de los medios de masas, con la consiguiente desautorización del Parlamento (donde el jefe no necesita ir a buscar un consenso porque lo tiene asegurado, por lo cual el Parlamento tiende a convertirse en el notario que registra los acuerdos tomados entre Berlusconi y el presentador del programa, Bruno Vespa).
Les explico también que Italia es un país extraño, basado en la mala fe semántica. Por ejemplo: mientras los periódicos o las radios americanas usan “insurgency” cuando hablan de Irak (término que en mi casa se traduce como insurrección, o cuando menos como guerrilla difusa), si alguien en Italia usa el término más o menos correspondiente de “resistencia”, nos rasgamos las vestiduras como si se quisiera comparar el terrorismo fundamentalista con la gloriosa resistencia italiana.
Todo ello sin aceptar la idea de que “resistencia” es un término neutro, como insurgencia o insurrección, que debe usarse cuando en un país una parte de la población resiste armada al ocupante extranjero, aunque lo que hagan los insurgentes no nos guste, o incluso cuando en el movimiento guerrillero se introducen grupos abiertamente terroristas.
Les revelo, también, que las quejas más apasionadas por la afrenta que se haría a la gloriosa resistencia italiana proceden, entre otras cosas, de los mismos que están intentando demostrar en otros ámbitos que nuestra resistencia fue obra de bandidos y de asesinos. Pero esto es otra historia.
A continuación, me toca aclarar (otra curiosa debilidad semántica) que muchas personas se rasgan las vestiduras cuando se habla de régimen a propósito de Berlusconi porque piensan que ha habido un único régimen, el régimen fascista, y no necesitan mucha ciencia para demostrar que Berlusconi no les está poniendo la camisa negra a los niños italianos ni está intentando conquistar Etiopía (cosa que ni siquiera un ultraderechista como Francesco Storace, creo, sigue pensando hacer).
Ahora bien, la palabra régimen significa forma de gobierno, tanto es así que se habla de régimen democrático, régimen monárquico, régimen republicano, etcétera. La que Berlusconi está instaurando es una forma de gobierno inédita, distinta de la que sanciona nuestra Constitución, y se trata, precisamente, del populismo mediático del que hablaba, hasta tal punto que, para perfeccionarlo, Berlusconi está intentando modificar la Constitución.
Con el pasar de los días, las preguntas se fueron multiplicando, sobre todo cuando, tras las severas reprimendas de Bush y Blair, Berlusconi dijo que nunca había dicho que retiraría las tropas de Irak. Pero cómo es posible que se contradiga de esta forma, me preguntaban mis interlocutores, y yo les explicaba que ésta es la bondad del populismo mediático.
Si vas al Parlamento a decir una cosa, te la registran en el acta enseguida, y después no puedes decir que no la has dicho. En cambio, al decirla en la tele, Berlusconi obtuvo el resultado que se proponía (ganar una cierta popularidad con finalidades electorales); y después, cuando afirmó que no lo había dicho, por un lado, tranquilizó a Bush y, por el otro, no perdió mucho del consenso que había ganado, puesto que es virtud de los medios de masas que quien los sigue (y no lee los periódicos) se olvide al día siguiente de lo que se había dicho exactamente el día antes, y a lo sumo conserva la impresión de que Berlusconi había dicho algo simpático.
Este proceder es típico, por ejemplo, de la televenta: los que venden una loción para el pelo pueden enseñar a las ocho y media dos fotos de un cliente que estaba completamente calvo y que luego recupera una tupida cabellera, para decir poco más tarde, a las diez y media, que naturalmente su producto es serio, no permite que crezca el pelo perdido, pero lo que sí hace es detener la caída del pelo que todavía resiste.
Mientras tanto, los telespectadores han cambiado o, si son los mismos, se han olvidado de lo que se había dicho dos horas antes, y conservan sólo la impresión de que el vendedor vende cosas documentadas y no falsas esperanzas.
Pero bueno, observaban mis interlocutores, ¿es que los italianos no se dan cuenta de que haciendo lo que hace Berlusconi e Italia con él pierden credibilidad no sólo ante Chirac o Schroeder sino también ante Blair y Bush?
No. Pueden darse cuenta los italianos que leen los periódicos, pero son una minoría con respecto a los que reciben noticias sólo de la televisión, y la televisión da sólo las noticias que le gustan a Berlusconi.
Que es, precisamente, el régimen de Populismo Mediático.
*El autor es escritor italiano, autor de las novelas Baudolino, El nombre de la rosa y El péndulo de Foucault.