Mario Alfaro Alvarado
A través de la historia las mujeres han brillado con resplandor propio, pues son muchas las que merecen un singular señalamiento. El mérito de esta celebración está en el reconocimiento a todas las mujeres del mundo por su participación cotidiana en el esfuerzo por la superación del sexo femenino.
En esto de la superación femenina se ha avanzado bastante pero no lo suficiente. Es indudable que no es con leyes ni decretos que ahora se reconocen más los derechos de la mujer. Esto se ha logrado poco a poco, especialmente con la incorporación de las mujeres a la producción y a la creación de riqueza.
Está de moda hablar de igualdad. Preguntémonos sinceramente si todos los seres humanos son iguales, si todos los hombres son iguales, si todas las mujeres son iguales a todos los hombres. Se ha logrado una igualdad que algunas veces no pasa del texto inexpresivo de la Constitución y las leyes.
¿Cuáles son los parámetros o el parámetro, si no existe más que uno, para medir la igualdad de hombres y mujeres? Decir taxativamente que sí o que no existe esa igualdad tan apreciada sería dejarse atrapar por el absoluto. Y el absoluto no ayuda a resolver, ni siquiera a comprender, las complejidades de la vida.
La modelo voluptuosa e insinuante de los anuncios comerciales, dista mucho de la pálida Dama de las Camelias afiebrada de amor y devorada por el bacilo de Koch. La diferencia que media entre estos dos extremos es la misma que prima entre el existencialismo utilitario que ha convertido la belleza, las virtudes y las pasiones femeninas en objetos de comercio; y la inspiración romántica de novelistas y poetas que expresan a través de la mujer lo más generoso, inspirado y sublime de las virtudes humanas. Por un lado la mujer convertida en tentación provocadora, por el otro lado la mujer convertida en musa por los poetas y en sentencia catequizadora por los ascetas.
En este microcosmo de desvergüenza, oportunismo, abyección y cinismo en que la política corrupta ha convertido la vida en sociedad, no hay sorpresa en que si las mujeres no pueden transmitir sus virtudes a los hombres, éstos sí han podido transmitir sus vicios a las mujeres. De entre algunas tesis o teorías “liberacionistas”, que bien elaboradas ocultan más de lo que expresan, ha salido la propuesta de repartir en cuotas los cargos públicos. Se pretende que los dueños de los partidos, fijen a las mujeres una cuota en la repartición del botín político y que escojan a las afortunadas que percibirán un megasalario y otras prebendas.
Imponer por leyes o decretos cuotas de poder es negar la limpieza y la valoración del voto. ¿Para qué, entonces, servirán las votaciones? Hay modelos que no pueden copiarse, porque no pueden funcionar en todas partes sin producir desajustes institucionales.
Cuando la dictadura liberal somocista, para darse un tinte de democrática concedió a las mujeres el derecho a votar, nombró a unas cuantas (muy pocas) mujeres en el Congreso Nacional, con el fin de atraerse el voto femenino. No olvidemos el rol destacado de las mujeres en la lucha por derrotar a la dictadura dinástica.
Al reconocerle el derecho a elegir, las mujeres también adquirieron el derecho a ser elegidas. Por fariseísmo político los partidos prebendarios en vez de propiciar la sana participación de las mujeres en los procesos electorales, las atraen con prebendas al igual que los hombres; y en esto sí hay igualdad en el procedimiento para elegir con el dedo a hombres y mujeres.
La Ley Electoral, sin manejos políticos de los dueños de los partidos, debe dar igual oportunidad a hombres y mujeres para escalar hacia los cargos por elección, con el voto limpio, voluntario y consciente concedido a los candidatos de su preferencia, sean éstos de un sexo o del otro. Ésta es la democracia por la que debemos luchar y entonces avanzará hacia la igualdad entre los dos sexos.
El autor es periodista.