Angulares y apagón

Cornelio Hopmann

A veces una sola acción aislada alcanza una dimensión metafórica para todo un momento crucial en la historia. El apagón causado por el robo de los angulares de las torres de transmisión de energía es esta parábola real sobre la Nicaragua del momento y sobre los nicaragüenses.

Un puñado de personas quita a estructuras públicas sus angulares para remediar sus problemas personales. Nadie protege los angulares. No se puede poner a un policía o a un soldado en cada torre, ni mucho menos volver a minarlos como en los tiempos de guerra. Los aledaños conocen perfectamente a los malhechores. Pero las torres son propiedad ajena y por tanto ellos no toman carta en el asunto. No hay colapso en el acto mismo del robo. Todos quedan tranquilos. ¡No va a pasar nada! Viene un poco de viento… y casi un millón de personas se queda sin energía.

Nicaragua entera vive de los flujos externos, en forma de remesas, de cooperación externa, de inversión y de visitas de turistas. En estos meses decenas de misiones visitan al país recobrando la información necesaria para definir sus líneas de acción para el segundo quinquenio de la primera década del siglo XXI. Los últimos tres flujos dependen de la confianza, y en particular de la confianza en el Gobierno de usar adecuadamente los fondos, de garantizar condiciones estables para las inversiones y procurar la seguridad más elemental para los visitantes.

El gobierno Bolaños logró crear esta confianza en el exterior como gobierno emblemático contra la corrupción con capacidad demostrada de administrar en forma eficiente y transparente el erario, llegando al punto de culminación de la condonación de la deuda. Por esta confianza, las agencias de cooperación acordaron entregar a partir del 2006 el grueso de los fondos para su inclusión en el presupuesto y no atados a proyectos específicos como en todos los años anteriores. Por esta confianza hay inversionistas y empresas especializadas elaborando carpetas de oportunidades en el contexto del Cafta. Las cúpulas de los dos partidos, que dominan la Asamblea, no gozan de ninguna confianza de nadie en el exterior. ¿Quién va confiar en personas, quiénes hicieron fortunas personales desangrando al erario y después cubrieron o intentan cubrir sus acciones bajo mantas de amnistías? Pero precisamente este puñado de personas anda quitando los angulares de la estabilidad.

Como primer angular se quita la disciplina fiscal, aprobando un presupuesto violatorio a lo acordado con el FMI. El FMI pone su programa en espera. La torre aún no se cayó, observa triunfante el diputado Arce. Como segundo angular se intenta quitarle al Presidente su control exclusivo sobre sus ministros, los mismos quienes van a manejar los fondos de cooperación integrados en el presupuesto. Las agencias multilaterales congelan la transferencia de fondos al presupuesto. Aún no veamos efectos inmediatos, anotan tranquilos los diputados. Como tercer angular se pretende sustituir a los funcionarios nombrados por el Presidente en los entes reguladores por personas de confianza de las cúpulas partidarias. La Unión Europea entera señala que sin confianza en la estabilidad no habrá transferencia de fondos. Los desmontadores responden, que lo suyo no tiene nada que ver. Como próximo angular, se quiere quitarle al Ejecutivo lo relacionado a la propiedad, para que los ricos nuevos mismos legalicen lo robado por medio del Instituto de la Propiedad. La Embajada de los EE.UU. advierte: ¡No pasará sin consecuencias! En cristiano bajo estas circunstancias no habrá Waiver del año con todo lo que esto implicaría no solamente para la cooperación bilateral como la cuenta del milenio, sino también para las operaciones del Banco Mundial y del BID en Nicaragua. A pocos al parecer les importa el aviso del corte inminente.

Hay conatos de tempestad en las calles. No falta mucho para que la torre se caiga. ¿Los nicaragüenses lo notarán antes de estar en la oscuridad como Estelí, Somoto y Ocotal? Quisiera verlo pero lo dudo. Sólo que entonces no habrá una Entresa para componerlo ni en cinco años.

El autor es especialista en informática

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