Mensajero de paz y modelo de amor

María Auxiliadora Rayo

Roman, Times, serif»>
Mensajero de paz y modelo de amor


María Auxiliadora Rayo




El Santo Padre Juan Pablo II se fue físicamente para encontrarse con el Padre celestial durante las fiestas de la Divina Misericordia, misericordia que estamos seguros el Señor tuvo con él, acompañándolo hasta el último momento de su vida.

Qué hermoso regalo fue para la Iglesia Universal. Partió a la Casa del Padre, pero sus enseñanzas, su ejemplo, sus energías y esperanzas se mantendrán vivas en el corazón de la Iglesia peregrina por el mundo. Así lo manifiestan las 14 Encíclicas que escribió, entre ellas: Redemptor Hominis, Laborem Exercens, Redemptoris Mater, Ecclesia de Eucharistia, Redemptoris Missio y Slavorum Apostoli, que es una Epístola Encíclica, así como otros documentos de reflexión y de gran valor para la Iglesia que exaltaron la dignidad de la mujer.

Cuando estaba pequeña empecé a escuchar sobre el Santo Padre, su misión, sus mensajes, sus viajes, sus encíclicas. Al pasar el tiempo, me interesé por conocer la historia de ese Papa tan querido, de sus esfuerzos, de su afán de promover la unidad y el bien común para la humanidad, con una catequesis centrada en Cristo y ayudada por la Santísima Virgen María. Aprendí a amar al Papa, al que vi rápidamente a cierta distancia durante su segunda visita a Nicaragua; pero lo sentía muy cerca de mí, cerca de todos los nicaragüenses, de los pueblos del mundo.

El Papa fue un hombre especial, modelo de nuestro tiempo que supo hablar a hombres de hoy con los medios de hoy. Fue un hombre lleno de Dios, del Espíritu Santo, con una vida que la hizo oración; amante de la familia, de la vida, de los jóvenes. En los diversos lugares que visitó el Papa Juan Pablo II durante sus 26 años de Pontificado, su presencia nunca pasó inadvertida en la Iglesia local. Su paso por cada tierra marcaba y marcó la historia de cada cristiano que se agrupaba, que se desvelaba y sacrificaba por conocer al Papa; y si no por lo menos, se conformaba con la esperanza de verlo de largo, de verlo pasar. Su mirada, qué mirada tan profunda, tan penetrante y santificadora que renovó nuestra fe, nos fortaleció como cristianos y animó a seguir nuestra lucha de cada día. Era la presencia de Cristo realmente. Nos dejó perfumados con el buen olor de Cristo resucitado, humano, solidario. Eso fue Juan Pablo II, el vivo testimonio de Jesús, que acoge, perdona y ama, ejemplo que hoy y siempre nos invita a seguir.

Vimos a un Santo Padre que en cada visita a los países se dejó amar por la gente. En cada visita que recibió en el Vaticano brindó a tiempo un abrazo, un beso, un apretón de manos, una muestra de cariño. Entregaba una hermosa sonrisa, una tierna acogida a cada peregrino ansioso de dejarse amar y de impregnarse de su paz y de su amor. El rosario fue símbolo del amor que profesaba a la Virgen María, entregándolo a cada visitante, a cada persona que se le acercaba, llevándose con ello una misión: la misión de propagar el amor y devoción al Santo Rosario, así como el símbolo del amor del Papa a los laicos.

Cuanto recuerdo tengo del seguimiento que di por TV a las visitas de Su Santidad por el mundo. Cuantos discursos que emanaron grandes enseñanzas que nos hicieron reflexionar sobre nuestra misión como cristianos comprometidos con nuestra fe; cuanta cercanía y cariño a la gente que lo amó y lo seguirá amando. Con la fuerza de Dios pudo mover al mundo entero para encontrarse con Él, para encontrarse con Dios, con un corazón nuevo, renovado, transformado. Una sociedad que pudo cambiar sin tranques, ni aviones, ni bombas, sino con la Palabra de Dios y su testimonio. El Papa pudo sembrar en el corazón de cada persona una nueva esperanza; nos hizo ver que vale la pena vivir, aún en un mundo dividido, individualista, consumista y materialista. Pudo con su sencillez y humildad conocer cada cultura, identificándose con ellas, aprendiéndolas a respetar y amar, compartiendo sus alegrías y tristezas, acompañándonos en cada momento de nuestra historia con la oración.

En su último viaje a México se despidió como si estaba ya seguro de los designios del Señor: “Me voy, pero también me quedo, porque aunque me ausento, de corazón me quedo”.

Juan Pablo II desbordó como un río a toda la humanidad, . Que todos sigamos su ejemplo, para que su corazón de Padre, de amigo, de hermano, permanezca por siempre en nuestros corazones, en nuestra mente, en nuestra Iglesia que necesita tanto de Dios y nos ayude a ser mejores hijos, mejores cristianos, amigos y ciudadanos. Que su recuerdo nos acerque cada día más a Jesús.

La autora es periodista.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí